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Sunday, January 20, 2013

ONE DAY: Asaf Avidan

No entiendo cómo una joya como ésta ha tardado tanto en llegar a nuestros oídos:


La canción original, si no he leído mal, nació en Israel en 2008 (hace cinco años!!!!); se escuchó sólo en Israel, y saltó al resto del mundo el año pasado cuando un DJ alemán llamado Wankelmut hizo la versión remix que todos estamos escuchando ahora, y que se ha convertido en un auténtico gusanillo musical para muchos... El ritmo increscendo de la canción me parece fascinante; visualizar el vídeo es quizás menos agradable, porque uno tiene la sensación de que los personajes, entregados hasta el fin a la máxima del carpe diem, deciden exprimir tanto sus posibilidades, que terminan rondando la tragedia, a menos que la chica haya tenido una experiencia ascética, versión siglo XXI...


Los chicos que persiguen a la diva, me parece que no se encuentran, que se tienen pero no se bastan, y la diva, que los tiene a los dos, se siente la reina de ninguno, de manera que buscan y buscan por las calles de cualquier ciudad, buscando las historias que sí contarán cuando envejezcan, o no, porque quizás no lleguen, de tanta prisa que tienen por encontrar lo que no buscan. Y es que a veces no es necesario forzar el paso del tiempo, que ya llega sólo, sí.
                                          

    EL HADA DEL TIEMPO
Érase una vez un hada pequeñita e irritable por razones vitales: era muy pequeñita, porque nadie podía verla, pues las hadas, para que sigan siéndolo, necesitan que el ser humano no pruebe nunca su existencia; y era muy irritable, porque estaba cansada de escuchar a los humanos, frases como: "¿que has visto un hada???? tú flipas" y casi nadie creía ya en ellas. Amea, que así se llamaba nuestra hada, tenía aún menos posibilidades de que la gente especulara con su existencia, pues entrado ya el siglo XXI, vivía en un mundo en que la etapa vital más adorada era la de la juventud; los niños querían ser jóvenes, los adolescentes eran jóvenes, y los jóvenes intentaban serlo hasta casi el final de sus vidas, de manera que la única etapa de la vida que estaba bien vista era ésta: la de la juventud. Y es que el trabajo de Amea consistía precisamente en defender la infancia de los niños hasta que les llegara la hora de madurar, y cada día Amea, tristemente, tenía menos trabajo. Para que Amea se apareciera, se necesitaba un hechizo muy  sencillo: un recuerdo nostálgico en un cerebro inmaduro, unas cuantas lágrimas y mocos en la almohada, y una mirada perdida en el infinito de la pared.
 Y así estaba Barto en su cama el día en que Amea se apareció. Con mucho trabajo, se había dejado la Play, el puzzle de 2000 piezas con el que llevaba más de dos semanas, y la Fanta de Naranja, para apuntarse a la fiesta de Mike, su mejor amigo. Durante la fiesta no quiso llamar la atención; las chicas le parecían moscas alrededor de su amigo, y los chicos, pequeños ciervos que charlaban amistosamente, pero con los cuernos preparados por si la situación cambiaba. No hables más de la cuenta. Simplemente estás. No pienses, se decía Barto sin pensar que pensaba y sin saber que no pensaba. Mañana volveremos a la vida de siempre.
La fiesta fue subiendo de tono. No río y no lloro. Sólo estoy. Cualquier cosa que digas será utilizada en contra de tu obesidad. Barto es invitado a bailar varias veces. Barto baila; alguien lo agarra de la cintura; I don´t laugh I don´t cry; y mientras baila, casi no reconoce a su buen amigo Mike, que ha crecido, en forma de beso a una de esas chicas-mosca; no-ríe-no-llora-sólo baila; Barto no quiere crecer; quiere que su madre lo siga besando cada noche. La música deja de oírse. A sus oídos sólo llegan las carcajadas de todos los chicos de la fiesta, que señalan sus calzoncillos de Spiderman; Barto se da la vuelta y ve a Mike tras la hazaña de la bajada de pantalones; Barto crece con  fuerza endiablada y agarra a Mike de su camisa estúpida; se ve a sí mismo en las carnes de su padre, y no quiere, no quiere esto; con una fuerza descomunal, casi levanta los pies de Mike a un palmo del suelo, y amenaza a su amigo con un puño; pero no quiere, no quiere, no quiere ser mayor, y no quiere ser como su padre. Suelta a Mike. Se sube los pantalones y se marcha. Ya no oye risas ni música.
Su madre le abre la puerta. Siempre termina enterándose de todo. Se sube a su cuarto y empieza a llorar como el niño que es y quiere seguir siendo. Un hada llamada Amea se le presenta y se  le posa en su narizota. Intenta cogerla con las manos pero Amea vuela sin miedo. Hola Barto. Hola precioso. Si quieres seguir habitando el reino de los niños, sólo tienes que cerrar los ojos, y respirar las estrellitas amarillas que te voy a lanzar; mañana, todo seguirá igual. Sigue viviendo sin prisa. Y Barto cerró los ojos, respiró profundo, y cuando los volvió a abrir, Amea ya no estaba allí. Se sonó los mocos y el fijo empezó a sonar. Era Mike. Lo invitaba mañana a probar el call of duty en su casa. Y antes de llegar al colorín colorado, diremos que sí, que Amea, el hada pequeñita e irritable por la cama de Barto se ha pasado, y que su hechizo ha funcionado. Y ahora sí, colorín, colorado, este cuento ya se ha acabado.

Si quieres conocer otra versión de la fiesta de cumpleaños de Mike, pulsa: mi fiesta de cumplaños

El tiempo, tan controlado, pero tan imparable.



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