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Saturday, April 13, 2013

VIS A VIS: Leiva

Leiva, considerado uno de los mejores cantautores en español y media naranja del grupo Pereza, nos sorprendía a finales de  2012, con su álbum Diciembre. De todas sus canciones, me quedo con ésta, Vis a Vis, porque tú y yo mañana tenemos una cita donde le roban tiempo al amor, volaremos sin movernos y donde haya que firmar, me haré una pequeña herida con sangre que abarca el mar, para dejar por escrito que no voy a abandonar, aunque en cierta forma ya lo estoy haciendo, llevado por este agujero negro en el tiempo donde tú y yo no podemos más que amar sin poder amar (y ponerle sangre al grito de los que aman sin poder amar)
La libertad no se aprecia hasta que no te la quitan. No es un tópico. Es una verdad como un templo. En pleno siglo XXI, la libertad te la quitan los que te meten en la cárcel, los que te echan de tu casa, los que te acusan sin pruebas, los medios de comunicación, las redes sociales que te juzgan, los gobiernos ciegos que han dejado de estar con el pueblo, la burocracia ciega, torpe y sordo-muda, la globalización que ha vestido el mundo de papeles y ha olvidado dibujar un corazón.
Quiero una alternativa para los dos. Quiero un sí. No quiero que un señor en su silla de funcionario me diga lo que voy a hacer mañana. Ayúdame tú a ponerme de pie, mirando adelante como llevo haciéndolo desde el momento en que apareciste. Levántame, que me he caído, y no sé cómo uno ha de ponerse de pie cuando lucha contra sombras que no conoce. Ayúdame que he perdido el rumbo porque me han quitado la libertad. Ayúdame porque hoy ya no soy yo quien decide qué voy a hacer mañana.
 
 
 
 
 
 
             
 
 
 
JAIME: ¿QUÉ VAS A HACER MAÑANA?
 
Jaime no sabía que la señora Rocío había cogido el autobús a Motril porque los lunes en el puerto el pescado está fresquito, no como en el supermercado, donde lo conservan desde el viernes. Jaime no sabía que Carlos se estaba bañando en la planta de arriba, ni sabía que María se había marchado de casa anoche. Otra vez. Jaime no sabía de la cita secreta de Toni con Jean. Jaime sólo quería que la señora Rocío le prestase un poquito de crema Adventan, que Ana tenía la piel de las ingles levantada, de soltar tantas lágrimas por su vagina. Jaime sólo quería un poquito de crema y volvería al número 7 de la calle Cuesta. Jaime estaba contento de tener una vecina tan generosa, que siempre estaba ahí para echarle una mano. Jaime abrió la puerta de la casa 4 de la calle Cuesta, y encontró una nota de la señora Rocío: me voy a Motril al puerto, como la lola. Vuelvo en el autobús de las doce y media.
Así que Jaime, ni corto ni perezoso, decidió buscar el Adventan en el cuarto de baño que daba a la calle, revolviendo los cajones de plástico, el armarito donde Rocío colocaba los cepillos de dientes y las decenas de perfumes que apenas estrenaba. Aquí está, ya te tengo cremita linda, sé que no eres buena porque tienes excesiva cortisona, pero una vez al año no hace daño... y escuchó de repente el espantoso ruido de un cuerpo humano rodando y perdiendo vida de manera inevitable. Jaime se asomó a contemplar tan triste espectáculo, y a medida que comprendía que alguien moría ante sus ojos, fue perdiendo la vigilia, para entrar directamente en REM. Era un síntoma inequívoco de la enfermedad que había roto la rutina de su matrimonio hacía más de diez años: la narcolepsia.
Nadie puede saber cuánto tiempo pasó desde que Jaime se quedó durmiendo en el suelo, y dejando laxos sus conductos urinarios hasta que la escandalosa Rosío lo empezara a despertar con sus gritos de ahogo.
¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho yo para merecer tanta desgracia?!! ¡¡Contesta, Dios!! ¡Contesta!!!! ¿Por qué no contestas????!!!!! y como su interlocutor se hacía el longuis, terminó hablando con la policía, que le confirmó que lo de su hijo Carlos había sido suicidio. La cámara que él mismo había colocado en la bañera exculpaba a cualquier sospechoso. Lo extraño era lo de la americana, a la que alguien había golpeado con un objeto contundente y cayó escaleras abajo. O al menos ésa era la impresión.
El tumulto que se organizó en torno al número 4 de la calle Cuesta vivió momentos de verdadera confusión; en un principio, se dijo que había tres muertos, pues todo el pueblo escuchó la narración en directo de Rosío.
Michael, con la grandeza de quien sabe poner  orden en el caos, salió del número 7, acompañado de su hijo Mike, y de Barto, hijo menor de Rosío, y hermano de Carlos-muerto-en-la-bañera-de-chocolate. Fue haciéndose el camino entre la multitud que se arremolinaba en torno al número 4 y advirtiendo que Barto lo seguía, le dijo que esperase en la puerta, que su madre ya salía, acompañada de un policía.
Barto, que siempre obedecía, obedeció a Michael preparándose para decirle algo coherente a su madre, pero no supo qué hacer. Hacía unos minutos, Barto había estado luchando contra un grano que se empeñaba en no explotar, y ahora se encontraba abducido por los lamentos de su madre, qué vergüenza, en mitad de la calle, con el viento azotando su nuca y haciendo un ruido como de pesadilla, dotando de irrealidad a aquella terrible realidad. Mami, mami, le decía sin resultado alguno, pues Rosío ni lo veía ni lo oía. Ya antes la había escuchado lamentarse, gritar, retorcerse de dolor por lo canalla que fue su padre. Y siempre reaccionaba igual: Barto lagrimeaba tembloroso, avergonzado, deseando que la tierra se lo tragara, porque, muy a su pesar, Barto siempre se avergonzaba de su madre, y de su hermano Toni por marica, y de su hermano Carlos por friki, y de él mismo por obeso, pero sobre todo, sobre todo, se avergonzaba de su madre, que nada tenía que ver con la madre de su amigo Mike: Mary O'Donson, que estaba tan buena ella que había protagonizado sus primeras pelis onanistas en la cama, y Barto empezó a agitarse la frente, como si de allí fuera a borrar esos pensamientos impuros, niñito malo, no pienses más en el culo de la madre de tu amigo, que es tu amigo, y además está muerta, muerta, muerta, como tu hermano Carlos, tu hermano Carlos, que no es un muerto más, que es tu hermano, por muy friki que fuera.
Al entrar en la casa de sus vecinos, Michael vio a su ex-mujer tirada en el suelo, debía de haberse caído por las escaleras, pensó?, pero aquel morado en el cuello, extendido hacia los hombros como tinta de calamar, delataba que algo más había acontecido. Tremendo golpe le habían dado antes de caer por las escaleras, o mejor dicho, tremendo golpe le habían dado para que se cayera por las escaleras.
Con absoluta precisión médica, comprobó que a Mary no le quedaba ni una gota de vida, por mucho que su sangre se empeñase en embellecer las baldosas. Repitió operación con Jaime, y comprobó esta vez que la sangre de Jaime corría enérgicamente por su cuerpo, y terminó de despertarlo con unas palmaditas en las mejillas. Subió al cuarto de baño donde Carlos seguía en su escena romántica, y comprobó que sí, que estaba muerto, pobre chico, su amigo Carlos, se había quitado la vida, none of your bussiness, qué importa eso ahora, es momento de sobrevivir, si la policía no aclara este embrollo, vas a tener problemas, se dijo Michael, puede que te culpen del asesinato de tu ex, maldita Mary, ni siquiera muerta me vas a dejar en paz.
Los policías, entregados a su labor de psicólogos con Rosío, olvidaron sus demás quehaceres, hasta que escucharon el ohhhhhh de la multitud que vio como Jaime salía por la puerta de la casa 4, con los pantalones manchados de pis, y resucitado a los tres minutos del crimen. Todavía aturdido, Jaime notó como los dos polis se le acercaban por detrás, y lo esposaban, recordando que alguna vez había hablado con el policía gordo, del que se burló para hacer reír a Carmen, su hijita, si es que Jaime sólo quería reír, reír, y reír, para tapar con un dedo las ganas de LLORAR de Ana. Y allá en casa se dejaba Jaime a sus niñas: Ana, su niña grande, con su sonrisa de Mona Lisa tumbada en la cama, y su niñita Carmen, tan rica, su hija, de tu quejido y el mío, en vis a vis quincenal, para dejar por escrito que yo no voy a abandonar. Ahora Jaime pasaría nueve años de su vida en la cárcel, culpado de homicidio, con atenuantes por enajenación mental transitoria, si es que la narcolepsia podemos incluirla en ese amplio abanico del atenuante.
                               Rosana, Si tú no estás aquí
 
¿Y nosotros? ¿Qué vamos a hacer tú y yo si no nos dejan querernos?, qué bonito mirar las sombra que hacen las rejas, mientras meto las orejas en el centro de tu andar. Qué voy a hacer mañana, si ya no sé cuándo te podré abrazar.

 
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