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Thursday, August 22, 2013

Veníamos de lejos mi hijo y yo. Creo que el termómetro marcaba cuarenta y dos grados, a los que había que sumarles al menos diez más en un coche negro a pleno sol y con el aire acondicionado estropeado. Así que la tarde era, cuanto menos, veraniega. Por eso casi no me planteé elegir entre Words don't come easy de F.R.David, y el Live it up de Jennifer López y Pitbull. Me decidí por la segunda porque el sopor, habría pensado, (que ya sabéis que últimamente no lo hago), me habría llevado al sueño escuchando al francés.
De repente, mi hijo, que pulula entre el despotismo, el victimismo, la arrogancia y la entrañable curiosidad, alzó su voz para decirme que dejara la de Kiss FM, que le parecía bonita, y quería saber qué decía el estribillo.
Adiós Jennifer... 
 
Porque claro, ante la curiosidad de mi hijo ganaba F.R. David...
 
    Le respondí que el estribillo decía WORDS DON'T COME EASY,  lo cual se puede traducir como LAS PALABRAS NO SALEN CON FACILIDAD, así que Javier se quedó cabizbajo porque parecía que la traducción la había hecho de inglés a no sé qué idioma. Lo comprendí y le expliqué que a veces las palabras no son suficientes para explicar un sentimiento o un estado de ánimo o lo que un evento o una relación nos produce. Es entonces cuando utilizamos el adjetivo inefable. También puede ocurrir que la persona que vaya a hablar tenga por dentro demasiada presión, o emoción como para poner derecha una sola palabra. Por eso decimos "no me sale". Es cuando el lenguaje adquiere esa dimensión de objeto que está dentro de ti y que has de expulsar como sea, pero la emoción, los nervios, la inseguridad, la timidez y muchos otros factores te impiden expresar con exactitud lo que sientes o deseas decir.  El arte o la expresión artística es otra forma de expulsar lo que ya se ha interiorizado y el ser humano, que de una manera u otra, necesita de la comunicación, ha de sacarlo fuera y ser visto, leído o escuchado para que su obra - mala o buena- empiece a ser eso: obra. Cuando uno habla o escribe no habla ni escribe para sí mismo. Lo hace para compartir su idea. Así que mentirosillos los que decís yo sólo escribo para mí, porque tus ideas, siempre, por ser comunicación, tienen un destinatario. Pero Javier, que alucinaba con la melodía de una canción que tiene más de treinta años (1982), quería saber cómo es eso de que no sabes qué decir. Le puse varios ejemplos, aunque creo que me lie con el típico ejemplo de que los esquimales tienen múltiples palabras para el blanco que nosotros no percibiríamos. Así que le conté la historia de Jaime y Ana cuando se separaron durante cuarenta y ocho horas. Ana y Jaime se construyeron un zulo en un pueblo de Madrid para disfrutarse mutuamente y despreciar lo que hubiera fuera de él. Se querían tanto que odiaban lo que no fuera ellos mismos. Se separaban al amanecer como si se fueran a la guerra. Sólo iban a trabajar. La tragedia del no saber estar el uno sin el otro se presentía desde la noche. Y pronto convirtieron sus días en una flecha dirigida al punto de la separación. Digamos que como si los que estamos vivos nos pasáramos tres cuartos de nuestra vida  pensando en el momento de la muerte, qué horror ¿no? Pues eso les pasaba a ellos. Sus vidas eran una tragedia constante. Y no digamos cuando Ana tuvo que marcharse al pueblo durante cuarenta largas  e inaguantables ocho horas. El dolor de la separación no los dejaba ni hablar.  Se angustiaban. Jaime se despertaba con ganas de ir al baño. Ana se quedaba con la mente en blanco. Jaime buscaba su mente en el baño. Ana no sabía hacer la maleta. Jaime metía sus calzoncillos en el congelador. Ana descontrolaba el período. Un verdadero desastre de silencios porque el lenguaje no les fluía  y nadie fue capaz de articular algo tan coherente como... sólo van a ser cuarenta y ocho horas. Sin embargo, de tan intenso desastre emocional recuerdo que en la despedida en Atocha les salió una de las escenas románticas más bonitas que recuerdo entre ellos. Escúchala. O léela.  
 
Ana, sentada en su silla de ruedas, tiene la habilidad de recordar el pasado con tanta exactitud, que parece proyectarlo en una pantalla interior, y quien la ve desde fuera, la imagina repantigada en el sillón comiendo palomitas y con unas gafas para ver cuatro dimensiones. La suya, la de Jaime, la suya y la suya. Recuerda que aquella era la primera vez que se separaban desde que se fueran a vivir juntos a Madrid. La suya era una relación de dependencia mutua, en la que era inconcebible que durmieran separados, comieran a distintas horas o hicieran el amor por separado una vez se dijeron te quiero, eres mi vida, no concibo mi vida sin ti, eres lo más bonito que hay y todas esas cursiladas que se clavan a fuego en la espalda de tal manera que si ocurriese lo contrario y uno no fuera lo más bonito, o uno no fuera la vida del otro, y así, pues se podría pensar que las cosas ocurrían contra natura.
Ana faltaría dos días de casa. Qué haría sin ella. Llegaron en silencio a Puerta de Atocha. Se miraron con dolor y se abrazaron como si la vida se les fuera a ir en cualquier momento, qué irónico, se dice Ana. Al fin y al cabo, llevaban razón. Pero fueron incapaces de decirse ni una sola palabra. Aquello, aquello era miedo. Sí, eso sí, miedo.
Anunciaron la próxima salida del tren, y Ana, siempre obediente, se subió con el congelador en una mano y el período en la otra. Cuando notaron que el tren estaba empezando a moverse lentamente, sólo entonces, empezaron a hablar y las palabras se les caían de sus bocas, y Ana recuerda como Jaime se subió al tren a abrazarla y ofrecerle una calada del cigarrillo que consumía, sí, nos queríamos sí, nos queríamos mucho, sí. Sí, y se acercó a mí, siempre tan sumamente sibilante, y sí, me abrazó, sí. Se subió al tren sí, llorando como el hijo sí, que aún no habíamos tenido, sí, y que tanto amaba ya, sí, porque sí, no lo conocía sí, pero sí existía para él, sí, vivían en tiempos diferentes sí, pero ellos reorganizarían el universo, sí, para verse y tocarse sí, las manos, sí, te quiero, sí, saladas sublimes lágrimas de desesperación sí, de inmadurez sí, la despedida sí sería por poco tiempo, sí, pero el niño que llevaba dentro salía a borbotones por los ojos, sí, vaya berrinche, sí, sí, el tren comenzó su marcha, sí, sí, sí, sí, hasta dentro de cuarenta y ocho horas sí, me dijo sí, te quiero, sí, pero las lágrimas sí, seguían inundando su rostro, sí, y regaban su barba sí de dos días sí. El tren se esfumó sí, y me quedó su aliento sí, saliva, sí, y su llamada, sí, su voz etérea sí, cásate conmigo, sí, te quiero, y le respondí, sí, por supuesto, sí, te amo mi vida, sí, de inmediato, sí cariño, claro que sí.
 
Cuando acabó esta historia mi hijo me preguntó: " ¿Y tú de qué conoces a Jaime y Ana?" y como las palabras a veces don't come easy , me excusé en una nueva canción que me encantó desde el segundo cero, pero tengo que prestarle atención, para empezar de nuevo, sí.
 
                              

 
 
     
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