Ayer domingo por la mañana, a medida que avanzaban las horas, noté que mis contactos zetas del whatsapp y otros medios virtuales, volvían a tener rostros, por fin. Y es que durante unas horas (entre 48 y 72) sus perfiles los dibujaba un lacito rosa para celebrar el día mundial del cáncer, y ojo que no me río de los gestos, pues con gestos avanza este nuestro mundo, ni en realidad me río de nada. Hoy no. Pero sí que pretendo con esto que escribo es patalear un poco CONTRA la semántica del lenguaje fácil. Primero: no hay nada que celebrar, sino más bien, enfrentar. Segundo: no es un día del cáncer, sino que yo diría contra el cáncer, por los mismos motivos, pero no es de él, insisto, faltaría más, sino CONTRA ÉL. Y tercero, esto la mayoría lo sabía, pero algunos de mis contactos no, no era el día contra el cáncer; era el día contra el cáncer de mama. Sin embargo, sí que estoy seguro de que todas ellas, hicieron sus deberes sin caer en el miedo patológico. Como ellas:
Mimi. Ella se ha quedado a vivir de manera indefinida con el que pudo haber sido su segundo cuadro de vida, Michael, y con el hijo de él, Mike. Como tiene la suerte de tener dos cuartos de baño, nadie la molesta al explorarse, lo que normalmente le lleva menos de un minuto, pero suele dedicarle más tiempo una semana después de haber tenido el período.
Vanessa. Ella no está demasiado contenta en Nueva York, pues en su aventura yanqui ha descubierto que los jamones son sólo de York, y que no hay demasiada marcha allí, por los horarios, más bien. Y como las tardes en casa se le hacen demasiado largas, sabe detenerse en sus pechos, no sólo mirándolos, sino también sintiéndoselos.
María. Ella se ha convertido en un ser casi anónimo en Granada. Ha conseguido trabajo en el Alcampo, y está la mar de contenta. Sabe mirarse al espejo y también con el pecho descubierto sin que aparezcan brujas malas. Sabe que no hay ningún hoyuelo en toda la mama, ni sus pezones han cambiado de color, ni hay manchas por ningún sitio.
Sonsoles. Ella tiene unas tetas enormes. Le encanta hablar con ellas y hacerles fotos que sólo ve ella, pero que prepara para sorprender a un amante futuro. Las mima, las acaricia y levanta los brazos para observarlas desde todos los ángulos.
Lucía. De repente ha sentido que no las quiere, que le gustaría que se esfumaran de su cuerpo, o que se cayeran de él como dos frutas del árbol. Pero como de momento no es posible, ella sabe utilizar las tres yemas de los dedos medios, mientras está tumbada en la cama, con el hombro derecho apoyado en una almohada, para tocársela sin perderse ni un centímetro, la derecha primero, y la izquierda después, cambiando entonces la almohada al hombro izquierdo.
Ana. Nunca ha dejado su coquetería de lado, y menos ahora que ya mueve las manos, el cuello y le salen sus segundas primeras sílabas. Por eso sabe subírselas, bajárselas, tocarse las axilas con alegría, y volver de nuevo a reír porque la vida sigue para ella.
Lourdes. Ella pasa demasiado tiempo esperando para poder hablar con su cibernovio, Raúl, y demasiadas horas colgada al teléfono. Pero como sabe hacer más de una cosa a la vez, sabe asegurarse de que no hay nada extraño en su cuerpo, y siempre le comenta a su amiga Sonsoles que si ella encontrara algún bulto, se iría sin prisa pero sin pausa al médico, que si el médico no le manda una mamografía, que ella misma se la paga, que si tiene que estar una semana sin hablar con Raúl, por aquello del ahorro, que lo hace, y que si insisten en que no es nada importante, ella exigirá que se lo quiten, que no quiere extraños en su cuerpo.
Rocío. Ella viste de luto riguroso desde que perdió a su hijo Carlos. De noche, cuando nadie la ve, sabe mirarse porque lo ha hecho desde que el doctor se lo dijera una vez perdió el período. Sabe que si algo aparece no hay que desesperarse, ni obsesionarse, sólo actuar.
Linda. Después de lamerse las patitas, y untarse sus cremas, que para eso las paga ella, se mira sus tetitas pequeñas pero hermosas, para eso le pusieron ese nombre, y se queja de que la Comunidad de Madrid ha retrasado las mamografías con ese afán privatizador del gobierno. No hay mucho que celebrar, se dice, de manera institucional, pero sí de manera personal, pues cada vez que te cuidas, que te miras y te mimas, estás cuidando de ti, de papá, de mamá, y de todos los que te sonríen al cruzarse contigo, que celebras el olor a otoño, las pelis, la música, el despertar, la siesta, un plato de comida bien hecho, el tirarse en el sofá a no hacer nada, la normalidad, la normalidad, ese placebo para nosotros los cobardes.
Y así, con todos esos cuidados, ellas pueden estar contentas de una sola cosa: que el único de mis mundos que está a salvo de esa puta enfermedad, es el suyo, el de la ficción.
Lourdes. Ella pasa demasiado tiempo esperando para poder hablar con su cibernovio, Raúl, y demasiadas horas colgada al teléfono. Pero como sabe hacer más de una cosa a la vez, sabe asegurarse de que no hay nada extraño en su cuerpo, y siempre le comenta a su amiga Sonsoles que si ella encontrara algún bulto, se iría sin prisa pero sin pausa al médico, que si el médico no le manda una mamografía, que ella misma se la paga, que si tiene que estar una semana sin hablar con Raúl, por aquello del ahorro, que lo hace, y que si insisten en que no es nada importante, ella exigirá que se lo quiten, que no quiere extraños en su cuerpo.
Rocío. Ella viste de luto riguroso desde que perdió a su hijo Carlos. De noche, cuando nadie la ve, sabe mirarse porque lo ha hecho desde que el doctor se lo dijera una vez perdió el período. Sabe que si algo aparece no hay que desesperarse, ni obsesionarse, sólo actuar.
Linda. Después de lamerse las patitas, y untarse sus cremas, que para eso las paga ella, se mira sus tetitas pequeñas pero hermosas, para eso le pusieron ese nombre, y se queja de que la Comunidad de Madrid ha retrasado las mamografías con ese afán privatizador del gobierno. No hay mucho que celebrar, se dice, de manera institucional, pero sí de manera personal, pues cada vez que te cuidas, que te miras y te mimas, estás cuidando de ti, de papá, de mamá, y de todos los que te sonríen al cruzarse contigo, que celebras el olor a otoño, las pelis, la música, el despertar, la siesta, un plato de comida bien hecho, el tirarse en el sofá a no hacer nada, la normalidad, la normalidad, ese placebo para nosotros los cobardes.
Y así, con todos esos cuidados, ellas pueden estar contentas de una sola cosa: que el único de mis mundos que está a salvo de esa puta enfermedad, es el suyo, el de la ficción.
Ella tuvo una rápida lucha. Es Kylie Minogue: In your Eyes (2002)
Y a ti quién te lo iba a decir, que te daban pánico las inyecciones, y te acostumbraste a abrir dignamente los brazos y dejar que te perforaran una y otra vez a pesar de tu recurrente y titilante cuatrisílabo pa-ra-na-da. A ti por tu maternidad interrumpida, a mí porque me rodean moscas por la cabeza cuando dudo si escribir sobre ti, que eras mucho más para ser recordada que el motivo por el que no estás, a ti porque deberías estar sin causa ni consecuencia, a mí por mis sís, esto se mueve, sí podemos, a ti por tus nos, esto no anda, no hay quien lo arregle, a ti porque abandonaste las sensaciones para no saber más de dolor, a mí por empeñarme en batir record de lo absurdo, a ti las mutilaciones en balde, a mí por tapar cuatro soles con las pestañas, a ti por la injusticia vital, a mí por volverme cristiano suplicando favores de mentira, y a ti por la soledad de tu bucle.
Y a ti quién te lo iba a decir, que te daban pánico las inyecciones, y te acostumbraste a abrir dignamente los brazos y dejar que te perforaran una y otra vez a pesar de tu recurrente y titilante cuatrisílabo pa-ra-na-da. A ti por tu maternidad interrumpida, a mí porque me rodean moscas por la cabeza cuando dudo si escribir sobre ti, que eras mucho más para ser recordada que el motivo por el que no estás, a ti porque deberías estar sin causa ni consecuencia, a mí por mis sís, esto se mueve, sí podemos, a ti por tus nos, esto no anda, no hay quien lo arregle, a ti porque abandonaste las sensaciones para no saber más de dolor, a mí por empeñarme en batir record de lo absurdo, a ti las mutilaciones en balde, a mí por tapar cuatro soles con las pestañas, a ti por la injusticia vital, a mí por volverme cristiano suplicando favores de mentira, y a ti por la soledad de tu bucle.
Por todas aquellos pinchazos sin ton ni son. Por los caminos andados. Por esperar paciente en el coche y aguantar posturas incómodas a tus vértebras heridas. Por las dificultades para aparcar. Porque nadie nos ayudó. Porque cuando lo surrealista predominaba sobre cualquier posibilidad de normalidad, hasta apareció aquella ¿actriz? ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Ana Obregón, ¿te acuerdas? Tú te retorcías de dolor en el coche y yo me planté en mitad del aparcamiento exigiendo un sitio especial para ti. Ella salió de su coche con chófer y levantó sus manos en señal de protesta, y yo sentí el desprecio de todo un mundo encarnado en esa mujer de plástico. A ti eso ya te daba igual, porque estabas en otras.
Su último disco, Almas Gemelas, es de este mismo año 2013, y la vida, para ellas continúa, sí, claro que sí, sí.
Pero cuando entrábamos a aquella especie de purgatorio, oncología, en el sótano dos, no había clases sociales bajo el criterio del dinero. Allí sólo había dos clases: el que guardaba esperanzas, y el que no. Se os notaba en la mirada firme pero alborotada. Lo decía vuestra piel cansada. Lo decían los silencios de los familiares que acompañábamos; lo decían nuestras miradas acostumbradas a la mentira, lo decían los ritmos, las pausas y los tiempos huérfanos de planes. Lo decían nuestros presentes que no sabían mirar adelante, y lo decían vuestras preguntas desinfladas de respuestas, por-qué-yo-por-qué-yo-por-qué-yo.
A ti, porque sigo sin encontrar respuesta.




