DEJARTE IR: 1996
Comprendo a los pobres bonsáis. Me dan pena porque es como si se retorcieran en sí mismos, como si buscaran más espacio del que tienen. Las raíces y el tronco se confunden y se estremecen de dolor, buscando la libertad que no tienen... perdona, es todo culpa de Brahms. Mary calló ante las palabras de su hermana Jules, y se limitó a seguirla hacia la sala de estar, donde Jules se esforzó por rápidamente apagar la música.
Y vuelven a repetir movimientos. Jules vuelve a salir a la terraza, y Mary la sigue. Ya no se oye la música de Brahms. Tan sólo los ronquidos del Pacífico durmiendo en calma. Mary señaló la estrella que más brillaba en el cielo.
- ¿Sabes cuál es?
- Ni idea.
-Es triste ver a alguien todas las noches y ni siquiera saber su nombre.
- Tú también la ves, la misma que yo veo, en Albany, donde demonios vivas.
- Ponle un nombre.
- Un nombre...
- Sí, un nombre, a ver si supera al mío.
- ¿Cómo la llamas tú?
- Yo la llamo Eternidad.
- ¿Por qué?
- Porque siempre es igual, nunca envejece, y a mí me ayuda a no envejecer.
- Vaya, qué profunda, hermanita.
- ¿Tú crees?
- Sí, ja.ja, pero ¿sabes? las estrellas también envejecen; pierden energía, incluso hay algunas que ya están muertas, aunque su luz aún llegue a ti.
- A Eternidad nunca le ocurrirá eso.
No hubo más diálogo. Podría ser que Mary fuera realmente una interesada y que su único objetivo en querer que se casara con Michael fuese disfrutar de su dúplex con vistas al mar. Una interesada eterna, inmune al tiempo, protegida por Eternidad de los dolores de cabeza, los constipados y las patas de gallo. Jules la miró de reojo. Su hermana mayor estaba más joven, más vital, menos cansada, más mujer que ella misma. Intentó no mirar a Eternidad, pero allí estaba, asomada a su sala de estar, y sintió unos celos enormes de la relación entre Eternidad y su hermana Mary. Se fue a dormir junto al cuerpo de Michael, donde por primera vez vio el reflejo del deseo de un ente ajeno a ella. Y no sintió celos.
A la mañana siguiente, lo primero que vio Jules al abrir los ojos fue el cuerpo de su hermana en biquini, sentada al borde de la cama, intentando desperezarla, mientras que en la otra orilla, Michael se incorporaba en calzoncillos, como si no le importara que Mary estuviera allí en su habitación. Este idiota pasa de todo, nunca le ha importado nada en exceso, ni siquiera se da cuenta de que lo nuestro no existe ya, y míralo, si hasta parece divertido, como si este menage à trois lo estimulase. Si hasta parece más guapo. ¿Habrá dormido con Eternidad?
- Hermana, buenos días, ¿se te ha quitado el dolor de olivo? No podemos desaprovechar el día de hoy. Nos vamos los tres a la playita. Y tú también Miki ... ¿Miki? ¿Miki? Uffff, esto es demasiado.
- Vale- contestó Michael (ahora miki)
- Sí, no vaya a ser que mañana llueva.
- It never rains in southern California (Albert Hammond)
Así que los tres se fueron a la playa bajo un sol de justicia. Michael y Mary se pasaron el día en el agua jugando como niños. Jugaban a hacerse ahogadillas, a desafiar las olas, a hacer carreras en las que Mary se dejaba alcanzar, y Michael se afanaba en ganar, haciendo en fin los típicos juegos de dos adolescentes que acabarían haciendo el amor antes de que se acabara el verano. Repitieron acción quince días más. Volvían a comer a casa. Michael dormía de tres a cuatro mientras ellas recogían la mesa y metían los platos en el lavavajillas. Cuando Michael se despertaba, Mary ya tenía el pareo colocado. Se bañaban con más calma, Jules leía algún libro y renunciaba a los juegos vespertinos. Volvían al dúplex y se duchaban por turnos, con el ritual de niños de campamento. Jules era la que más tiempo empleaba al aseo: desde la ducha podía oír los gritos de Mary perseguida, los suspiros de Mary atrapada, y el placer de Mary deseada. Jules silbaba para no oírla, pero el pitido de su hermana era tan potente que perforaba la mampara, y los dedos de Jules quedaban señalados en el vaho, como efímeras huellas de intentos de mantener la dignidad. Hasta que llegó la indiferencia. Y los suspiros y placeres sonoros de Mary deseada, atrapada y perseguida se confundían con la arena que a Jules le salía del culo, y terminaron yéndose por el desagüe.
Let her go. Jules empezó a quedarse por las mañanas para preparar la comida, y por las tardes para preparar la cena. Let her go.
Let her go. Le encantaba complacer a su hermana mayor. Let her go.
Let her go. La felicidad efímera de Mary es más triste que su propia desgracia. Let her go.
Let her go. Parece que esta noche será la gran noche. Sabe leerlo en la sonrisa de Mary. Let her go.
Let her go. También sabe leerlo en el comportamiento de Michael, que se comporta como si tuviera quince años.
Let her go. Jules se viste de blanco. Let her go.
Let her go. Jules se dirige en silencio al Pacífico. Let her go.
Let her go. Está dispuesta a entregarse a él. Let her go.
Ya no se escuchan las risas de Mary. En el orgasmo de Michael todo es silencio. El agua es templada. Jules se sumerge lenta pero irremediablemente en ella. Puede ya notar la falta de oxígeno en los pulmones, el estruendo en su oído, la hinchazón en su vulva, as she drifts off into the dark river. Virginia Wolf.
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| Virginia Wolf |
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