Se nos echa la Navidad encima y yo con estos pelos. No te agobies; estas fiestas no están hechas para inconformistas como tú y yo, pero con una buena sonrisa, seguro que eres capaz de sobrellevarlas o incluso dejar que ellas te lleven a ti. El caso es que le he echado un vistazo al calendario, y al caer en la cuenta de que ya es día uno, he pensado... ¿las Navidades también tienen canción propia cada año? Pues quizás sí, luego lo veremos. En todo caso, son la única época vacacional que sí repite canción una y otra vez. A quién de vosotros no os han hecho aprender un villancico en esta escuela tan laica que tenemos (jojo, no soy Santa). Aunque quizás como esto de las canciones me viene de lejos, a mí me gustaba escuchar eso de que la virgen se está peinando entre cortina y cortina, y la imaginaba (a la virgen, lo siento) toda sensual, escondida para que nadie acertase a conocer sus secretos de belleza... mientras otros intentaban distraerme con aquello de pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben y vuelven a beber, y uno pensando, que me dejéis ver a la Virgen, hombre, que sus cabellos son de oro, y alguna otra cosa más que tenía de plata fina, si es que estos dioses, nunca van a aprender a ser humildes. Pero lo que peor llevaba es imaginarme la figura del pobre San José. Un pobre hombre aguantando estoicamente en el Portal de Belén, a que naciera un hijo que él no había engendrado, y la virgen, peina que te peina, los reyes magos de camino, y olé, olé y Holanda... qué le traerían los reyes a Jesús, me preguntaba, si por mi casa nunca pasaban, cómo a Él acudieron tan pronto. Envidia cochina. Sin embargo, el villancico que realmente me perturbaba era aquel que decía "dime niño, de quién eres, todo vestido de blanco", pues me imaginaba al pobre niño Jesús perdido por Belén, no me preguntéis de dónde saqué la desaparición, hablando con cualquier mujer que bien pudiera ser mi madre, yo de la mano de ella, y el niño, todo vestido de blanco, repito... todo vestido de blanco... y respondiendo soy de la Virgen María, y del espíritu santo, esa figura extraña que nunca he alcanzado a comprender. Menos mal que pronto llegó Wham, o en sustitución George Michael para olvidarme de aquellas extrañezas y tener una canción para cada Navidad.
Pero diciembre es mucho más que la Navidad, nuestra vida es mucho más que unas cuantas Navidades inolvidables. Yo en realidad quería escribir esta noche para compartiros las que creo serán las diez mejores de diciembre, si es que algo nuevo no me sorprende de aquí a final de año, seguro que sí, pero como tendremos enero, y la posibilidad de editar la entrada que me ofrece Blogger, pues asunto resuelto. Creo que sobra decirlo, que la vida también es mucho más que una canción, que no te sirva de circo si es que ya tienes pan, no te dejes el espíritu crítico en el bolsillo y usa las canciones para lo que quieras menos para olvidar, que no se nos olvide que acaban de meternos por los bigotes la "ley mordaza" con la que nos quitan parte de nuestro derecho a protestar, a salir a la calle y gritar por nuestros derechos, que es lo único que nos queda cuando nos lo quitan todo. Sueña, pero no te duermas, ni te dejes hipnotizar por la mentira.
Así que paso ya a contaros, que no cantaros, las canciones que a mi juicio, serán más sonadas en diferentes ambientes durante este mes de diciembre.
11- Counting Stars, de One Republic. Si sientes que últimamente has estado contando cosas que no te hacen bien, dedícate a contar estrellas desde el balcón. Es un ejercicio muy sano para sentirte pequeñito y grande en nuestro universo. Vaya temazo el de One Republic, con distintos ritmos dentro de la canción, como la que está en el número uno de esta lista. De aquí a unos años la seguirán radiando y se habrá convertido en todo un clásico de Kiss FM, espero.
10- Sólo tú, de Carlos Rivera, un derroche de romanticismo y agradecimiento por si quieres sorprender a tu pareja en una cena a la luz de las velas. Sólo quiero devolver un poco de lo que me has dado. Si no tenías suficiente con Alejandro Fernández, no te preocupes, ahora también tienes a Carlos Rivera.
9- Hard out here, de Lily Allen. Seguro que tienes alguna amiga o prima cultureta a la que ves cada Navidad, que se niega a bailar cualquiera de las canciones que yo pongo aquí, porque ya sabes, ella/os tienen otros rollos, y no van a cometer el pecado de ponerse a bailar lo que todo el mundo baila, porque insisto: es un baile, una canción, no hay que darle mayor trascendencia... y la prima cultureta seguro que con Lily Allen mueve las piernas, se deja llevar, ya sabes, es otro estilo... la británica ya pasó por este blog junto a Pink, y ahora viene sola, con guiños por partes iguales a Miley Cyrus (fíjate en el perreo) y a Thicke (recuerda que si Thicke tenía una gran dick, Lilly tiene un baggy pussy. Momento ideal: cuando te apetezca entablar conversación con tu prima cultureta.
8- Avicii no va a ser mejor que en Wake Me Up por algún tiempo, pero como está en racha, You Make Me es su canción para este mes. El vídeo es una pelea de gallitos con héroe y antihéroe por cuestiones de guión, y poco más. Ah, sí: patines. Momento ideal: tres a.m. disco o similar, cuando la euforia ha dejado de ser contenida.
7- ¿Por qué no vuelves amor? , de Luz Casal, primer single de Almas Gemelas, un disco grabado en cuatro idiomas, con el que Luz se hace más universal si cabe. Esta canción te le reservas para momentos en la intimidad o para escucharla con la luz apagada. Advertencia al consumidor: puede que la canción se te haga adictiva y necesites hacerte con el disco completo.
6- Radioactive, de Imagine Dragons, un poquito de rock para escuchar en el coche, sin que esto supongo pisar el acelerador. Si la canción te gusta por sí misma, no es aconsejable que mires el vídeo. A mí es que lo de los muñecos de peluche no me convence, y menos para contar historias tan épicas...
5- The Monster, cuarta colaboración de Eminem y Rihanna, un buen intento para los que añoramos el éxito de Love the Way You Lie. Eminem corre mucho, y Rihanna canta sufrida; la fórmula es parecida para los que necesitan de oscuridad y emoción a flor de piel. Pero cuidado: se os acabará la emoción de tanto usarla...
4- Summertime Sadness, de Lana del Rey. Quizás no sea el momento más adecuado, aunque la canción lo vale, más si tenemos en cuenta que en el hemisferio sur ya huele a verano, aunque espero no sea de tristeza, pero sí del ritmo trepidante. ¿Recuerdas cuando me quejé de que Lana parecía estar fumada al cantar? Ahora parece que vocaliza más ¿no crees? ¿o serán cosas mías? Será. Es la versión dance; si la eliminan, pondré el oficial, y si es así, ve abriendo las ventanas...
3- Go Gentle, de Robbie Williams, que merece entrada aparte y tarde o temprano la tendrá. ¿Por qué? Porque pocos como él saben expresar con música, palabras, voz (y ahora silbidos) una sensación bien definida; en este caso, soy subjetivo, la del conformismo (de la oyente), y la condescendencia (de él). Resérvala para despedidas de amigos que sabes son inevitables y aceptas porque la vida es así, aunque una lágrima está llamando a tu párpado, toc-toc.
2- Talk Dirty, de Jason Derulo, que se supera con su baile, su música y su háblame sucio, talk dirty to me, una divertida manera de poner a tono las hormonas en los días más fríos. Me encanta la chica que se hace la sueca... I don't understand!!
1- Para ir cerrando asuntos, te respondo ahora a la pregunta que lanzaba al principio: sí existe canción de Navidad, como existe canción del verano. ¿Qué apostamos a que ésta será la canción más bailada para recibir el 2014? ¿Te acuerdas del Gangnam Style del año pasado por estas fechas? Pues ya tenemos sustituto, y a mi parecer, tiene mucho más estilo: The Fox, más conocido como What does the fox say? ó ¿Qué dice el zorro?, una canción cantada por dos hermanos noruegos que se hacen llamar Ylvis.
Tienen un programa en Noruega, que esta temporada han promocionado con esta chorradilla de canción que hace furor en Internet. Pero el éxito no es tan casual como ocurre otras veces: primero, porque combinan momentos ochenteros (ésos donde los hermanos cantan desesperados preguntándose cuál es el misterio), con otros eurodance, y con un estribillo de lo más enloquecedor; y segundo: porque han contado con la colaboración de quien sabe lo que hace; Stargate: responsables de los Diamonds de Rihanna o el Firework de Katy Perry.
Si te fijas, el vídeo oficial tiene subtítulos, lo que la hace ideal tanto para disco como para karaoke. No esperes saber qué dice el zorro; puede que el misterio de la dicción del zorro sea tan difícil de resolver como ese alma de 21 gramos que algunos afirman tenemos: a-hee-aheeha-hee! Happy Christmas! Bon Nadal! Feliz Navidad!
Nos asomamos a un pueblo blanco intenso, de esos de los que Andalucía presume tanto. Hemos viajado recorriendo olivares, montañas altivas, Granada mora y cristiana, saltos de agua que corren a buscar el mar hasta que por fin llegamos a ese pueblo de cuyo nombre nadie quiere acordarse. Allí está. Sobre la última elevación de la tierra antes de besar el mar. El sol acaricia el blanco. Entramos dentro. Las calles estrechas de la zona alta contrastan con el feroz pero ordenado urbanismo de la zona costera. Ahí está el mar. La roca, la roca mágica. La roca tiene un sendero hacia poniente, caminas y cuando se acaba te desnudas y te lanzas al agua. Tras el impacto, te ves entrando en una cueva silenciosa donde el agua es misteriosamente dulce. El mar parece lejano y estás en él. Sales de la cueva porque te asustan sus dimensiones. Una pequeña escalada y vuelves al punto de partida. La roca tiene otro sendero hacia levante, más espacioso y arenoso. También se acaba. Te lanzas, y ahí está, otra vez la cueva. Dos entradas que parecen dos senderos de historias diferentes pero que llegan al mismo punto. ¿Cómo es posible? No lo sé. No me lo preguntes a mí.
El caso es que una historia no es más que una parte de otra historia, y ésta de otra, y así se va tejiendo una descomunal tela de araña, fascinante pero inexpugnable e inabarcable, y menos para un servidor que se entretiene escuchando el cantar de un grillo escondido en un ladrillo, incapaz quizás de comprender el porqué de las acciones de sus personajes, realizando el difícil ejercicio de la objetividad, incapaz de convertir a uno en protagonista y dejar al resto como secundarios, porque todos y cada uno de nosotros somos protagonistas de nuestra propia vida, y decidimos sobre ella, y la llevamos hacia acá o hacia allá, o hacia donde nos dejan los demás y el destino, qué sé yo. Los demás, el resto, los que conviven con nosotros o los que miramos de reojo en la cola del autobús, forman parte de nuestra vida, pero son todos hijos de esa tela de araña inexpugnable, inabarcable en todas sus perspectivas. Por eso ahí va una historia, querido Derrida, que forma parte de otra, y de otra, y de otra, y todas a la vez salen de mí como una sola.
Entra en la cueva. Hay dos entradas y una sola salida. Si es que te apetece salir.
PRIMERA ENTRADA EN LA CUEVA: EN BRAZOS DE MORFEO.
Conseguir que Morfeo te abrace requiere un variado repertorio de condiciones; la primera, y más importante es el deseo de la persona de ser abrazado, es decir, el deseo y las ganas de dormir.
La segunda, menos importante, y más difícil, es el poder de las neuronas, de las células antes inquietas y rebeldes para ponerse a disposición del dios Morfeo, saberse acurrucar en sus brazos y no escurrirse, no resbalar por sus escarpados músculos hasta que la luz del día te transporte de nuevo a la vigilia.
La tercera... la tercera exigencia la compone el complicado enlace entre los sentidos y el lugar donde uno duerme. Los oídos son quizás la puerta de entrada y salida más concurrida entre el sueño y la vigilia. De hecho, para salir definitivamente de aquél, los humanos utilizamos un instrumento sonoro llamado despertador, rodeado el pobre de mucha leyenda negra, muy a su pesar, pues cumple su trabajo a rajatabla y sin rechistar, y sin embargo, es quizás el obrero que sufre mayor acoso laboral, o mejor dicho, maltrato laboral, pues son incontables las denuncias de golpes varios y caídas de la mesita de noche precisamente por hacer bien su trabajo. -Yo soné puntualmente a las siete de la mañana de aquel maldito lunes y en segundos me vi estrellado contra la pared de la habitación de mi jefe-decía uno en una relojería, donde lo habían mandado reparar con una baja de tan sólo tres días. -Se quejan de nuestros tonos de voz, a pesar de que cada vez hacemos más cursos de perfeccionamiento para resultar más agradables, y por si fuera poco el intrusismo laboral de los móviles nos va a dejar a todos sin trabajo -se lamentaba un agudo reloj, coqueto y presumido, pues fue de los primeros en tener agujas que se iluminaban en la oscuridad.
Si atendemos a las quejas de la patronal, sin embargo, encontraremos opiniones bien distintas: desde el cuidadoso soñador que acaricia el off de la alarma, agradecido a la fiel labor del reloj, pasando por el hastiado trabajador que desespera cada vez que lo oye gritar y hasta el dichoso aquel que va a su bola y que no ve en el reloj despertador más que un aliado de la sociedad capitalista, el botón starter que nos introduce en la vorágine de la rutina, del trabajo que hiciste ayer, que haces hoy y que harás mañana, pero que afortunadamente no harás pasado mañana, para eso es sábado, y la semana que viene por fin es puente, el esperado puente del primero de mayo, aunque el pobre despertador de Jaime no descansará, pues lo ayudará esta vez a adelantarse a la multitud de madrileños que huirán despavoridos por todas las aes. Jaime no ha sustituido el despertador por el móvil, sino que ha aumentado la plantilla, y ahora son dos artefactos los que lo sacan de las garras de Morfeo.
Jaime odia los alaridos del despertador, tan frío, tan repetitivo, y tan inexpresivo. Por eso decidió recurrir al móvil que incluye en su currículum una amplia gama de tonos y politonos y por supuesto la posibilidad de bajarse en cualquier momento la última canción de moda. Pero Jaime es un supersticioso. No puede evitarlo. Aunque con razón. Sufre narcolepsia. Por ello, porque es un supersticioso, y porque un día puso su antiguo reloj despertador a las siete menos diez de la mañana y la alarma del móvil a las seis cincuenta y nueve con el politono La quería de Andy y Lucas ( a pesar de la insistencia de Ana, su mujer, en su evidente horteridad) y pudo despertarse enseguida, ahora siempre que prepara un despertar lo hace así: el despertador a las x menos diez y el móvil a las x y cincuenta y nueve. La habitación es un estruendo absoluto. En mitad de la oscuridad, un ignorado despertador vocea pi-pi-pi-pi... descanso... pi-pi-pi-pi, y entre descanso y descanso se pregunta por qué carajo duran tanto las pilas alcalina. -A ver si despierta ya el mo...vil de mierda y me ayuda a despertar a este trasto de dueño -suspira el despertador, malhumorado por tener que compartir mesita con un mo...vil de mierda. 6:57. Entre los cuatro pis iniciales, ya no hay descanso, pero Jaime sigue ahí dentro, plácidamente recostado sobre los muslos de Morfeo, a pesar de que éste intenta desembarazarse de él dando patadas al aire, como si tuviera encima una mosca cojonera. De repente, la habitación se ilumina a intervalos: es el móvil dispuesto a ofrecernos su serenata matutina. -¡Suena ya, suena ya, maldito mo...vil! -exclama el despertador, hastiado tras nueve minutos de alaridos. Y, por fin...empieza la música, acompañada de guiños de colores y de golpes en la pared -el vecino se sirve de la eficiente plantilla de trabajadores de Jaime y no utiliza nada para él. -¡Apaga ya eso!¡Cómo duerme el tío! - Sigue la música y el pi; el móvil permanece tumbado sin parecer cansado, mientras el despertador, aliviado, los mira de reojo, escondiendo su enfado con el mundo, por tener un jefe tan dormilón y un compañero de curro más eficiente que él. Pero ya sabemos que la eficiencia en este trabajo está mal vista y mal pagada, así que cuando Jaime por fin abre los ojos, sólo tiene un objetivo: lanzarse a aporrear el pobre móvil, pues sepa Dios dónde hay que apretar para que se calle ese bicho, y eso que aquella horrible canción fue su favorita algún día. Ahora la odia. Dividimos el estruendo en dos. El móvil ya no suena y vuelve a oscurecer. Jaime ya se distancia de Morfeo y es capaz de apagar el reloj con más tiento, con lo que éste sufre menos. Descansa ya tranquilo, pensando que la furia va dirigida siempre contra el móvil y no contra él. Poca solidaridad laboral. Al enemigo ni agua.-Y es que, a no ser que se me acaben las pilas, yo nunca le fallo. Soy capaz de aguantar horas y horas sin dejar de cantar, pero ése, ése ... a la media hora oscurece y dice alarma ignorada; ignorada, ignorada, ignorado deberías estar tú.- continúa refunfuñando el reloj.
Visiones diferentes pues las de obreros y patronal. En una encuesta realizada recientemente, un 98% de los que pretenden salir del sueño preferirían formas no sonoras para conseguirlas tales como masajes o caricias.- En realidad es una maldita contradicción, porque queremos que nos despierten aunque deseamos seguir durmiendo.- decía uno de los encuestados. El 99% de los encuestados fruncía el ceño ante la pregunta atrevida del encuestador/a: ¿No será que no quiere usted despertarse porque no le gusta el tipo de vida que lleva? Una pregunta, sin duda, fuera de lugar, por hiriente, malintencionada y juiciosa. -Te equivocas chica- respondió Jaime a esta pregunta -Yo QUIERO despertarme. Y es que el pobre Jaime sufría narcolepsia, y se pasaba la vida amenazado por las garras de Morfeo.
Hoy, lunes ocho de abril de 2013, Morfeo se la ha jugado. No recuerda nada de este día. Sólo que se lo han llevado preso, como en las películas, acusado de homicidio. Pobre Jaime, incapaz de matar a nadie excepto a su teléfono móvil, homicidio involuntario, con atenuantes por enajenación mental transitoria, si es que a la narcolepsia podemos incluirla en ese amplio abanico. Ancha es Castilla.
Hablábamos sin embargo de conseguir que Morfeo te abrace, no de deshacernos de él. Habíamos incluido en la receta tres ingredientes principales: ganas, terminaciones nerviosas relajadas, y los sentidos del cuerpo ajenos a ruidos, luces, olores, asperezas y amarguras, por tanto: un buen sabor de boca antes de ir a la cama.
1-Se recomienda un buen vaso de leche caliente, sola o con Cola-cao.
2- Un colchón que no sea muy blando; sobre todo si duermes en pareja, pues Jaime, de unos cien quilos de peso, cuando dormía con Ana y le sobrevenía el sueño atroz, obligaba a ésta a precipitarse por el valle como si fuera un canto rodado, aunque a veces Ana luchaba por permanecer en lo más alto del precipicio sujeta al pico del colchón y a las sábanas defendiéndose con uñas y dientes de su destino nocturno final. Después de un tiempo atrincherándose en lo más alto de la cama con la ayuda de su pierna derecha y levantándose con imaginables dolores de espaldas, decidieron comprar un colchón duro, durísimo, el más duro que hubiera en la tienda. Pero El libro del Buen dormir aconseja un colchón que no sea ni muy blando ni muy duro. La primera noche de colchón duro Jaime y Ana, el gordo y la flaca, los cantos rodados, se convirtieron en inamovibles rocas, con los cuerpos paralizados, y se miraban a sí mismos de cabeza a pies, no sin dificultad, como seres extraños que habían ido allí a parar, estampados contra la cama, plantados como las lentejas al nacer, de pies y de cabeza. En el duermevela, sin lograr dormirse del todo, Ana golpeaba el colchón con la vana esperanza de que éste sucumbiera y por fin se ablandara. Todo fue inútil. A la mañana siguiente, dos cuerpos inflexibles y robotizados se levantaron como autómatas buscando el sofá para poder arquearse.
3- Se recomienda también un olor neutro, ese olor que huele a nada, como en los anuncios de compresas, aunque el olor siempre huele, a casa, a hogar, al espesor que se respiraba después de que los cuerpos de Jaime y Ana se entrelazaran en la medianoche.
4- La habitación igualmente deberá estar a oscuras o a la luz tenue de una persiana no bajada del todo, como le gustaba a Ana, que temía la completa oscuridad.-¿Qué es lo que tanto temes? -le preguntaba Jaime, con media sonrisa y con cara de malo. -A ti-respondía ella. -¿A mí?- le respondía él con fingida sorpresa al tiempo que le pasaba la mano por el cuello simulando tener una navaja. Era un juego de pareja. Jugaban al malo y a la buena. Antes de que Ana se fuera a la cama, Jaime escondía entre las sábanas a Pipo, el osito de peluche favorito de Ana, y cuando ella estaba acostada, Jaime lo acercaba sigilosamente a los pies de su mujer. Tremendos sustos se llevaba la pobre al sentir ese objeto peludo en mitad de la noche. - ¿Ves? - hasta tus mejores amigos pueden traicionarte - advertía Jaime a Ana, imitando la voz de malo malísimo de telenovela barata. - No seas malo - gimoteaba Ana, poniéndose pava, y esto a Jaime le encantaba; ese pavo supremo de niña de doce años lo extasiaba de tal forma que a veces caía directamente en el más profundo de los sueños. Y allí se quedaba la pobre Ana: despierta, sola, simulando ser una niña con miedo, con Pipo cosquilleándole los pies, y sobre todo y ante todo, despierta.
5- Quinto componente del tercer ingrediente: el silencio. No, esto no es un anuncio de aire acondicionado. Hablamos del silencio, del supremo silencio, tan difícil de conseguir en una ciudad como Madrid que no duerme nunca. -¿Qué es el silencio?- le preguntaba Jaime a Ana. -¿Y tú me lo preguntas? Ya no me acuerdo. -contestaba ella resignada. Coches que frenan o aceleran, alarmas que se disparan y que nadie parece oír aunque todo el mundo las maldice, borrachos que cantan sus penas con infinita alegría, el camión de la basura que tritura nuestros desechos, el vecino del tercero que ha tenido un mal día y descarga su frustración en la cara de su mujer (todo el mundo lo llama hijo de puta, pero nadie llama a la policía), la vecina de arriba que practica las artes amatorias enriqueciendo el idioma de Cervantes (así me gusta, babeante y viscosa, voy a restregarla por todo mi cuerpo, pero prométeme, prométeme churri, que no vas a dejar de ostentar esa voracidad virgen, insatisfecha, mendicante e intrépida hasta que la introduzca en lo más profundo de mí, ooooooooooooh, sí, ¡Dios!), las disputas de bandas rivales que pelean a sus anchas bajo la exclusiva vigilancia de la luna llena, y quizás la ambulancia o la sirena de los maderos veinte minutos después, el bar de enfrente que abre a las cinco, el panadero que canta sus alegrías con infinita tristeza, los pájaros en su concierto de las seis de la mañana.... Silencio, y esto no es un anuncio de aire acondicionado.
Cuando Ana vivía en su pueblo con su hermana y su madre, la afición de ésta por las macetas estuvo a punto de quebrar la salud mental de ambas hermanas: de las macetas salían o entraban salamanquesas silenciosas, mosquitos que se les metían en los orificios nasales y allí se embarraban en los mocos, saliendo cabreados y con un ligero pitido al aproximarse al oído poco antes de saborear la sabrosa sangre de Judith o de su hermana Ana, provocando una hinchazón que gustaba de ser rascada una y otra vez, y cuanto más se rascaban, más picaban las picaduras, hasta que las afiladas uñas de las hermanas provocaban una pequeña herida en la piel, más visible que la picadura pero menos molesta. Y los grillos no pican pero chillan. Las macetas servían de refugio a los grillos según Judith. Su madre insistía en que las macetas no tenían nada que ver, en un desesperado intento por indultarlas, ya que, si a Judith y Ana se les ponía en las narices acabar con los colios, los lirios y demás, la pobre madre no tendría nada que hacer contra las coléricas decisiones de sus coléricas hijas. Una noche, apareció el más gritón de todos los grillos, el rey de los grillos por su canto de soprano y por su valor para no callarse aun sabiendo que estaba en busca y captura. Hacía una noche de espantoso calor, de manera que su canto sería aún más frecuente: a más temperatura, más cantos por minuto.
Una noche apareció en casa el más gritón de todos los grillos, el rey de los grillos por su canto de soprano y por su valor por no callarse aun sabiendo que estaba en busca y captura. Hacía una noche de espantoso calor, de manera que su canto aumentaba en decibelios y en frecuencia.
-Viene de aquella maceta.
-Cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri-cri.
- Apaga la luz.
Ana se dirigió descalza hasta el cóleo de hojas rosadas, lo levantó pero no vio nada, y para más inri, el grillo seguía con su concierto, ajeno al hecho de que en cualquier momento podría ser detenido y condenado a muerte. Ana, con el cóleo en la mano, notó como una especie de Scotch-Brite se paseaba por su empeine. Fue una sensación que Ana calificaría de inenarrable. El Scotch-Brite resultó ser una salamanquesa que de repente se vio sorprendida bajo un pie humano a punto de triturarla, y que sólo se salvó gracias al arco tan hermoso que formaba el pie derecho de Ana, y que Jaime gustaba de moldear. La lagartija no sabía si permanecer impertérrita como solía hacer ante cualquier peligro o salir corriendo al cóleo de al lado, y finalmente quedó electrocutada tras recibir las vibraciones que los gritos de Ana trasladaron hasta su empeine.
Ana se fue rauda al cuarto de baño a meter el pie en agua, mientras su madre se levantaba ojerosa preguntando qué pasa, qué gritos son éstos. Una lagartija, una lagartija. Y mientras lo decía, Ana se volvía loca, se retorcía de dolor sin dolerle nada, se estremecía de asco. Nunca, nunca en su vida había experimentado un tacto tan desagradable. Tuvo el pie en remojo una hora. Una hora entera.
Mientras Ana se sacaba el ADN de la lagartija, Judith prosiguió con la búsqueda del gran culpable: el grillo. Se llevó un flexo al patio con la ayuda de una alargadera. Sacó el insecticida hasta que se cargaron media capa de ozono de una vez. Puso las macetas en fila para preparar disparos de chancla. Ana salió de resucitar su pie con una bombilla encendida en su cabellera. Lo tengo. Ya sé dónde está. Está en el ladrillo. En una ladrillo pegado al suelo con cemento cuya funcionalidad todo el mundo desconocía. ¡Está aquí! ¡Está aquí! Tras la euforia inicial que no permitía pensar, Ana tuvo una segunda iluminación: echarían un cubo de lejía por los oscuros túneles del ladrillo. El grillo tendría que salir despavorido del ladrillo, y Judith tendría en su mano, unos zapatos bien firmes para destrozar al grillo. Los nervios de la expectación no permitieron que el plan se llevara a cabo en su totalidad, pues Judith no acertó con el zapato. El grillo, más blanco que la sal, huyó despavorido, amenazando con volver cuando vomitara toda la lejía y resurgiendo de tanta limpieza, como el ave fénix.
Por fin se hizo el silencio. Agotadas, se fueron a la cama. Al día siguiente, Jaime le preguntó a su reina cómo había pasado la noche, y seguidamente se dispusieron a hacer el amor
con más ganas que nunca, con casi tantas ganas como las que tenían de hacerlo en el pisito de Madrid.
Alternativa independiente.
De todas formas, si se nos hace difícil ejecutar toda la receta, podemos recurrir a las pastillas para dormir, ese nombre genérico que engloba las naturales, las no naturales, con receta, sin receta, infusiones, cápsulas, sobres, efervescentes, rosas, blancas, amarillas, de una en una, de dos en dos, de tres en tres, efectivas, inservibles, sin y con efectos secundarios. En fin, en la variedad está el gusto.
Salimos a la superficie para renovar el aire que respiramos. Esta historia aturde, marea. Hemos sabido que el ocho de mayo de 2013, un individuo llamado Jaime, pareja de una tal Ana, y enfermo de narcolepsia, ha sido acusado de un crimen. Entremos por el otro lado de la cueva; al parecer, son dos caminos para llegar a la misma historia: dos inicios para una historia, dos comienzos para esta historia.
SEGUNDA ENTRADA EN LA CUEVA: EN BRAZOS DEL CAOS
Lunes, ocho de abril de 2013.
Jaime no sabía que la señora Rocío había cogido el autobús a Motril porque los lunes en el puerto el pescado está fresquito, no como en el supermercado, donde lo conservan desde el viernes. Jaime no sabía que Carlos se estaba bañando en la planta de arriba, ni sabía que María se había marchado de casa anoche. Otra vez. Jaime no sabía de la cita secreta de Toni con Monir. Jaime sólo quería que la señora Rocío le prestase un poquito de crema Adventan, que Ana tenía la piel de las ingles levantada, de soltar tantas lágrimas por su vagina. Jaime sólo quería un poquito de crema y volvería al número 7 de la calle Cuesta. Jaime estaba contento de tener una vecina tan generosa, que siempre estaba ahí para echarle una mano. Jaime abrió la puerta de la casa 4 de la calle Cuesta, y encontró una nota de la señora Rocío: me voy a Motril al puerto, como la lola. Vuelvo en el autobús de las doce y media.
Así que Jaime, ni corto ni perezoso, decidió buscar el Adventan en el cuarto de baño que daba a la calle, revolviendo los cajones de plástico, el armarito donde Rocío colocaba los cepillos de dientes y las decenas de perfumes que apenas estrenaba. Aquí está, ya te tengo cremita linda, sé que no eres buena porque tienes excesiva cortisona, pero una vez al año no hace daño... y escuchó de repente el espantoso ruido de un cuerpo humano rodando y perdiendo vida de manera inevitable. Jaime se asomó a contemplar tan triste espectáculo, y a medida que comprendía que alguien moría ante sus ojos, fue perdiendo la vigilia, para entrar directamente en REM. Era un síntoma inequívoco de la enfermedad que había roto la rutina de su matrimonio hacía más de diez años: la narcolepsia.
Nadie puede saber cuánto tiempo pasó desde que Jaime se quedó durmiendo en el suelo, y dejando laxos sus conductos urinarios hasta que la escandalosa Rocío lo empezara a despertar con sus gritos de ahogo.
¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho yo para merecer tanta desgracia?!! ¡¡Contesta, Dios!! ¡Contesta!!!! ¿Por qué no contestas????!!!!! y como su interlocutor se hacía el longuis, terminó hablando con la policía, que le confirmó que lo de su hijo Carlos había sido suicidio. La cámara que él mismo había colocado en la bañera exculpaba a cualquier sospechoso. Lo extraño era lo de la americana, a la que alguien había golpeado con un objeto contundente y cayó escaleras abajo. O al menos ésa era la impresión.
El tumulto que se organizó en torno al número 4 de la calle Cuesta vivió momentos de verdadera confusión; en un principio, se dijo que había tres muertos, pues todo el pueblo escuchó la narración en directo de Rocío.
Michael, con la grandeza de quien sabe poner orden en el caos, salió del número 7, acompañado de su hijo Mike, y de Barto, hijo menor de Rocío, y hermano de Carlos-muerto-en-la-bañera-de-chocolate. Fue haciéndose el camino entre la multitud que se arremolinaba en torno al número 4 y advirtiendo que Barto lo seguía, le dijo que esperase en la puerta, que su madre ya salía, acompañada de un policía.
Barto, que siempre obedecía, obedeció a Michael preparándose para decirle algo coherente a su madre, pero no supo qué hacer. Hacía unos minutos, Barto había estado luchando contra un grano que se empeñaba en no explotar, y ahora se encontraba abducido por los lamentos de su madre, qué vergüenza, en mitad de la calle, con el viento azotando su nuca y haciendo un ruido como de pesadilla, dotando de irrealidad a aquella terrible realidad. Mami, mami, le decía sin resultado alguno, pues Rosío ni lo veía ni lo oía. Ya antes la había escuchado lamentarse, gritar, retorcerse de dolor por lo canalla que fue su padre. Y siempre reaccionaba igual: Barto lagrimeaba tembloroso, avergonzado, deseando que la tierra se lo tragara, porque, muy a su pesar, Barto siempre se avergonzaba de su madre, y de su hermano Toni por marica, y de su hermano Carlos por friki, y de él mismo por obeso, pero sobre todo, sobre todo, se avergonzaba de su madre, que nada tenía que ver con la madre de su amigo Mike: Mary O'Donson, que estaba tan buena ella que había protagonizado sus primeras pelis onanistas en la cama, y Barto empezó a agitarse la frente, como si de allí fuera a borrar esos pensamientos impuros, niñito malo, no pienses más en el culo de la madre de tu amigo, que es tu amigo, y además está muerta, muerta, muerta, como tu hermano Carlos, tu hermano Carlos, que no es un muerto más, que es tu hermano, por muy friki que fuera.
Al entrar en la casa de sus vecinos, Michael vio a su ex-mujer tirada en el suelo, debía de haberse caído por las escaleras, pensó?, pero aquel morado en el cuello, extendido hacia los hombros como tinta de calamar, delataba que algo más había acontecido. Tremendo golpe le habían dado antes de caer por las escaleras, o mejor dicho, tremendo golpe le habían dado para que se cayera por las escaleras.
Con absoluta precisión médica, comprobó que a Mary no le quedaba ni una gota de vida, por mucho que su sangre se empeñase en embellecer las baldosas. Repitió operación con Jaime, y comprobó esta vez que la sangre de Jaime corría enérgicamente por su cuerpo, y terminó de despertarlo con unas palmaditas en las mejillas. Subió al cuarto de baño donde Carlos seguía en su escena romántica, y comprobó que sí, que estaba muerto, pobre chico, su amigo Carlos, se había quitado la vida, none of your bussiness, qué importa eso ahora, es momento de sobrevivir, si la policía no aclara este embrollo, vas a tener problemas, se dijo Michael, puede que te culpen del asesinato de tu ex, maldita Mary, ni siquiera muerta me vas a dejar en paz.
Los policías, entregados a su labor de psicólogos con Rocío, olvidaron sus demás quehaceres, hasta que escucharon el ohhhhhh de la multitud que vio como Jaime salía por la puerta de la casa 4, con los pantalones manchados de pis, y resucitado a los tres minutos del crimen. Todavía aturdido, Jaime notó como los dos polis se le acercaban por detrás, y lo esposaban, recordando que alguna vez había hablado con el policía gordo, del que se burló para hacer reír a Carmen, su hijita, si es que Jaime sólo quería reír, reír, y reír, para tapar con un dedo las ganas de llorar de Ana. Y allá en casa se dejaba Jaime a sus niñas: Ana, su niña grande, con su sonrisa de Mona Lisa tumbada en la cama, y su niñita Carmen, tan rica, su hija, de tu quejido y el mío, en vis a vis quincenal, para dejar por escrito que yo no voy a abandonar. Ahora Jaime pasaría nueve años de su vida en la cárcel, culpado de homicidio, con atenuantes por enajenación mental transitoria, si es que la narcolepsia podemos incluirla en ese amplio abanico del atenuante. Ancha es Castilla.
Volvemos a la superficie. El agua de la cueva aturde.
SEGUNDO: PRISIONEROS DE DENTRO Y DE FUERA
Estos forasteros... con lo tranquilos que estábamos antes en el pueblo... pero salte de los guiris nene y métete con los de las pateras... ¿qué prefieres? por lo menos los guiris se matan entre ellos, pero ésos vienen a matarnos a nosotros... ¿qué dices? el tío que ha matado a la americana no era extranjero, era de Madrid, de M-A-D-R-I-D...
pobre niña, la hija del que está en la cárcel, tan guapa como es (menos mal que no era fea), la han dejado sola... la madre sin poder levantarse de la cama, y el padre en la cárcel, si es que yo no comprendo qué clase de vida es ésta...
Pues yo no creo que ese hombre la haya matao, yoooo desde luego, no me lo creo... ese hombre está mal, tenía algo en la cabeza que le hacía desmayarse... ahí hay más de lo que dicen...
Los rumores se extendieron en aquel pueblo como si de una bruma espesa se tratase, y cuanto más te acercabas a ella, menos veías... se supo entonces que Michael Duckworth había estado casado con la hermana de Mary O'Donson, que el hijo que ambos compartían era fruto de un descuido, y que quizás ningún vivo había matado a Mary, sino que había sido su hermana Jules, que de vez en cuando salía del mar, sirena inquieta, sirena vengativa.
Jaime, entre las rejas, sabía que no, que Jules no había sido, no por la razón más obvia del mundo (los muertos no matan), sino por la razón más extraña (este mar no es un río, un río que va y que viene, le...vante!!! ponien...te!!!) que Jaime le cantaba a su hija cuando paseaban por la playa, y la giraba apuntando hacia Almería o hacia la cala de Nerja, según girara el viento...
Así que teniendo en cuenta que los argumentos de Jaime el madrileño no eran muy convincentes, fijémonos en los hechos factibles... los hechos factibles nos dicen que había un culpable del asesinato de Mary O'Donson: Jaime Frutos (indoor prisoner), santificado por la opinión pública tras saberse que su mujer había sido víctima del 11-M, y que desde entonces, él se había ocupado de ella y de su hija a pesar de sufrir aquella extraña enfermedad llamada narcolepsia.
Así que, necesitada de outdoor prisoners, la opinión pública, la policía y la prensa carnicera se pusieron de acuerdo en encontrar cuatro sospechosos alternativos:
SOSPECHOSO Nº1: MICHAEL DUCKWORTH
EDAD: 52
NACIONALIDAD: estadounidense
ESTADO CIVIL: divorciado
PROFESIÓN: se desconoce (tiene su propia ONG para ayudar a inmigrantes)
MÓVIL: la víctima pretendía llevarse al hijo en común a EEUU.
COARTADA: su hijo y Bartolomé Cortés aseguran que el sospechoso pasó toda la mañana con ellos.
SOSPECHOSO Nº2: MARIA DE LOS ÁNGELES GARCÍA BAÑOS (MIMI)
EDAD: 34
NACIONALIDAD: Española
PROFESIÓN: s/d (prostitución)
MÓVIL: sentía celos de la víctima, convencida de que sospecho nº1 y víctima reanudarían su relación.
COARTADA: fue detenida en la estación de autobuses de Granada; había comprado un billete de autobús a Linares, por lo que es posible que no estuviera allí a la hora del homicidio.
SOSPECHOSO Nº3: ANTONIO CORTÉS DELGADO (TONI)
EDAD: 25
NACIONALIDAD: Español.
PROFESIÓN: Camarero.
MÓVIL: fue descubierto por la víctima en actitud amorosa con Monir Abdahal.
COARTADA: no hay huellas en el bate de béisbol. Contó rápidamente a la policía todo lo sucedido, a pesar de lo cual podría ingresar en prisión de forma inmediata.
SOSPECHOSO Nº4: MONIR ABDAHAL
EDAD: 24¿?
NACIONALIDAD: Marroquí
MÓVIL: Ídem sospechoso nº3
OBSERVACIONES: paradero desconocido (en orden de busca y captura)
No hubo forma de inculpar a ninguno de los cuatro sospechosos, ensuciados todos por la leyenda negra que las lenguas viperinas habían construido a base de rumores y malas intenciones, o buenas (según se mire), porque Jaime se había convertido en un mártir al que todos deseaban ver fuera de las rejas. Los malvados sospechosos tuvieron que exiliarse lejos del Mediterráneo, ese río que viene y va, pero los medios los siguieron vigilando, encerrándolos en su propia sospecha (outdoor prisoners), privándolos de la libertad del anonimato, y obligándoles a mantener el fuego de su inocencia, utilizando detalles de su vida que eran suyos, sólo suyos, y que les arrebataron para siempre. El más empeñado en defender su honor fue Michael Duckworth, quizás porque tenía un hijo, quizás porque los demás sospechosos sintieron que su honor se había mancillado, sin que su inocencia sirviera para devolverles la sensación haber actuado bien en esta vida del señor.
CARTA DE MICHAEL DUCKWORTH AL DIRECTOR DEL DIARIO EL SUR DEL SUR
Ante las muchas especulaciones que su diario se están vertiendo sobre mi persona y sobre la señorita María de los Ángeles García Baños, he decidido responder con unas breves explicaciones para acabar con todos los dimes y diretes que causan enormes perjuicios a mí y a mi hijo, advirtiéndoles de que es la última vez que hago una declaración en un medio público, y pidiendo al mismo tiempo, disculpas por mi más que posible mal uso del castellano.
Primero: que es cierto que antes de estar casado con Mary O'Donson, estuve casado con Jules O'Donson, hermana de aquella, muerta por razones ajenas a nosotros en mi California natal. No creo que sea yo la primera persona en casarse con la hermana de su esposa fallecida. Las acusaciones no contrastadas de que Mary y yo provocamos el suicidio de su hermana son hirientes, y nos están causando enormes inconvenientes en España, y además manchan el buen nombre de la familia O'Donson al igual que el de las fallecidas, que no pueden defenderse.
Segundo: yo no tenía motivo alguno para acabar con la vida de mi exmujer. Es cierto que Mary pretendía llevarse a mi hijo a Estados Unidos, y aunque esa idea no era de mi agrado, yo estaba evaluando las ventajas e inconvenientes de una posible estancia de mi hijo en su país natal. Yo era y soy su único representante legal, ya que la fallecida había renunciado a la custodia del niño cuando éste tenía pocos años. Por tanto, la decisión de llevárselo a EEUU no dependía de ella, sino de mí. De otra parte, la relación con Mary era bastante cordial, y también es incierto que ésta pretendiera reanudar su relación conmigo.
Tercero: en cuanto a la señorita María de los Ángeles, quiero expresarles mi más profunda indignación ante la publicación del pasado 25 de abril, en la que sacaban a la luz el pasado de mi amiga y compañera. Sólo diré que todo lo que cuentan me parece malintencionado y revestido de un puritanismo sensacionalista, impropio de un periódico serio y de calidad. Allá ustedes con su credibilidad, pero tengan siempre en cuenta que hablan de personas con familias que sufren por su imagen y dignidad.
Michael Duckworth, 27 de abril de 2013.
TERCERO: IMPRESIÓN, UNA VISIÓN LIGERAMENTE DIFERENTE
Quién iba a decirle a Mary que moriría un ocho de abril, justo diecisiete años después, igual que Ella, con el mar como testigo mudo, casi cómplice, quizás ejecutor. Quién le iba a decir que diecisiete años después moriría justo el mismo día que su hermana. Diecisiete años y un océano separaban ambos óbitos; diecisiete años y una historia de infertilidad. Qué caprichoso es el destino. Quién le iba a decir que moriría en un país que diecisiete años atrás sólo conocía por Hemingway y por Julio Iglesias.
Aquel ocho de abril de 2013, había temporal de levante en el pueblo, como tantas otras mañanas hechas de caramelo azul y blanco. Era la una del mediodía cuando el cuerpo inerte de Mary O´Donson fue encontrado junto a los jazmines de la Señora Rocío. De sus hermosos labios emanaba una hilera de sangre cual manantial atrapado durante años y que en la consecución de su libertad sale en desbandada, ordenado primero, caótico después, confuso ante la impresionante y extraña libertad. Se trata de eso, de impresión. Se podría decir que al líquido y rojo elemento de Mary O´Donson, la libertad le quedaba grande. Así pues, la hilera colorada abandonaba para siempre el cuerpo que habitó durante cuarenta y siete años y caía goteando incesante sobre los azulados baldosines, pulcros como el mar que se agitaba en el exterior. Impresión. Orden primero y caos después; un caos ordenado y silencioso, sangre que se enfilaba, sangre que se unía a otra en charcos crecientes, o sangre que salpicaba y se quedaba aislada en algún hueco recóndito del baldosín. Los glóbulos blancos y rojos parecían haber ensayado tiempo atrás una salida de emergencia y todo salió a la perfección. Sin prisas y sin aspavientos. Discretos en fin hasta el último momento. Bastante más discretos que la persona que los había cultivado en sus cuarenta y siete años con poca sal, poco azúcar y nada de colesterol, todo a base de gimnasio y buena alimentación para aliviar su disimulada afición al güisqui. Y si la discreción es en parte dignidad, se puede decir que su muerte fue digna. Belleza, dignidad y discreción. Así podemos calificar la muerte de Mary O´Donson. O al menos ésa es la impresión.
Es curioso que su último pensamiento fuera "Spanish are nuts" que viene a decir algo así como que los españoles están locos. No le faltaba razón a la pobre americana visto lo visto. El novio de su nueva-supersexy-mejor-amiga metido en la bañera con una toalla en la cabeza y en vez de agua, el loco se bañaba en chocolate. Y en la esquina entre el pasillo y las escaleras, vio a Toni, hermano de Carlos, el chico del chocolate. Toni estaba desnudo junto a uno de los moros del invernadero, con sendos esparadrapos en la boca, y parece que no les hizo mucha gracia ser vistos por la americana, que ya callará para siempre.
De la bañera emanaba un exquisito olor a chocolate como un río que no escapa, sino que atrapa e invade, seguro ya de su libertad. Sobre la bañera, sentada en una rinconera, una cámara filmaba la patética imagen de una obra de David, pintor francés, adelanto del romanticismo en el siglo XVIII. Pero esto no es arte; esto es la vida real. Y la imagen de un joven muerto, metido en una bañera llena de chocolate no produce arte; desazón sí, pero sobre todo patetismo. Juventud perdida, desazón y patetismo. Éstas son las palabras que describen el óbito de Carlos. O al menos ésa es la impresión.
Indescriptible es la impresión que se llevó la madre de Carlos, Rocío, o Rosío, porque nunca nadie la había llamado Rocío, y uno no es uno mismo sino quien los demás dicen que eres. O al menos eso decía Jaime, tercer cuerpo yaciente en la escena, no visto por Mary, y que por otra parte constituía la excepción que confirma la regla, pues, en las pocas veces que se había dirigido a Rosío, la había llamado Rocío.En los ojos de Rosío, tres cuerpos yacientes: su hijo Carlos, su pobre hijo mayor, el más listo de todos, su lucero del alba, el más apañado, el que menos la besaba, porque todos sus besos se los guardaba para la sinvergüenza esa de María; Mary, la americana, allá por las escaleras; y Jaime, dentro del cuarto de baño, justo frente a Rosío, muerto también a sus ojos y obstáculo para llegar a su hijo que se bañaba en chocolate. En el cerebro de Rosío, un solo muerto: su hijo, su hijo y su hijo. Su hombrecito, su vida nueva, hijo de su sangre, to lo que su marío no fue, su hijo en la flor de la vida, su lucero del alba, su vida, con to lo que había tenío que pasar con su padre. Segundos, qué digo segundos, milésimas de segundo después, un cuerpo inerte obstaculiza su encuentro con su hijo muerto: es el de Jaime, el madrileño, al que tiene que saltar, notando como su ojo de gallo estrellado contra el suelo purga efímeramente su dolor de alma. Segundos después ya lo tiene en brazos; grita y grita como una loba, pero no derrama lágrimas, pues el nuevo elemento perturbador (el chocolate) la acerca peligrosamente a la locura, o al colapso. Mi hijo muerto -su padre- -Jaime en el suelo- -el ojo de gallo- -chocolate-chocolate??? Demasiada impresión. El cerebro no puede más, no da más de sí, pero antes de colapsarse se centra y focaliza: mi hijo, mi hijo, mi hijo. ¿Por qué? ¿Por qué? Vuelve a haber espacio para más: LA CULPABLE. Al menos a ojos de Rosío: María, la novia sinvergüensa de su hijo. ¡Víbora! ¡Sabía que lo matarías! ¡Mira lo que se ha hecho! Y mientras decía esto, ella misma se daba cuenta de que su hijo se había quitado la vida en la bañera, pues más corrieron sus palabras que sus neuronas.
¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho yo para que me mandes tanta desgracia?!! ¡¡Contesta, Dios!!
Como su interlocutor se hacía el longuis, terminó hablando con la policía que le confirmó que lo de su hijo había sido suicidio. La cámara que él mismo había colocado en la bañera exculpaba a cualquier sospechoso. Lo extraño era lo de la americana, a la que alguien golpeó con un objeto contundente y cayó escaleras abajo. O al menos ésa era la impresión.
-Vente con nosotros, que creo que tus vacaciones se van a prolongar... pero en la cárcel- le dijo un policía bigotudo, mofletudo y poco convincente al pobre Jaime, que a tenor de lo contado, parecía la cabeza de turco que pagaría por el artístico asesinato de Mary O´Donson. O al menos ésa es la impresión.
Jaime había caído en los brazos de Morfeo tras la impresión que le produjo el silencio acristalado de aquella casa donde había entrado para ver a Carlos; había entrado sin llamar, pues el levante había abierto todas las puertas de par en par; Morfeo se había colado en él tras la impresión que le produjo aquel olor que el levante había extendido rápidamente por toda la casa, un olor marrón y rojo, olor a muerte, a vida y a venganza; olor a sangre , a chocolate y a colonia de niño recién duchado mezclados todos con el poderoso olor del mar, olor a pescado, a atunes que no existen, atunes que vuelven ya; Morfeo se había colado en él tras la impresión de ver a su amigo Carlos muerto en una bañera llena de chocolate, y de Mary, tan guapa, tan elegantemente muerta con sus ojos verdes albahaca abiertos. Verde como el trigo verde/verde como... la albahaca.
El tumulto que se organizó en torno a la casa del crimen vivió momentos de verdadera confusión; en un principio, se dijo que había tres muertos, pues Rosío salió despavorida de la casa pidiendo auxilio y venganza al mismo tiempo, y balbuceando que aparte de su hijo, su hijo, su hijo, había dos más. Michael, exmarido de Mary O´Donson, que escuchó los gritos desde el chalé de enfrente cuando charlaba con su hijo Mike y con Barto, hijo menor de Rosío y hermano de Carlos-muerto-en-la-bañera-de-chocolate se levantó con una entereza poco andaluza (impresión), como sabiendo lo que se iba a encontrar (impresión), atendió en la calle los gritos de Rosío y entró rápidamente en la casa de los muertos, seguido por Barto, con la cara blanca, como si hubiera visto ya a los muertos, porque los gritos de Rosío eran capaces de instalar en la mente de cualquiera el más terrible de los déjà vus. El pequeño Mike, un chico rubio, delgado y más alto de lo normal para su edad, se había quedado rezagado, como sabiendo que la escena de la casa de enfrente era para mayores de dieciocho años. Michael, un hombre a todas luces razonable, advirtió que Barto lo seguía, se detuvo, lo miró y le dijo: ve con tu madre. Y Barto obedeció tembloroso, sin saber muy bien qué hacer: ¿abrazaba a su madre? ¿ la besaba? ¿ llamaba a la policía?
Hacía unos minutos, Barto luchaba contra un grano que se empeñaba en no explotar, y ahora se encontraba abducido por los lamentos de su madre, con su hermano mayor muerto, y él sin saber qué hacer, entre una casa y la otra, en mitad de la calle, con el viento azotando su nuca y haciendo un ruido como de pesadilla, dotando de irrealidad a aquella terrible realidad. -Mami, mami- le decía sin resultado alguno, pues Rosío ni lo oía ni lo veía. Ya antes la había escuchado lamentarse, gritar, retorcerse de dolor por lo canalla que era su padre, por la mala vida que le había dado a ella y a sus hijos. Y siempre acontecía lo mismo: Barto lagrimeaba tembloroso, avergonzado, deseoso de que la tierra se lo tragara, porque, muy a su pesar, Barto, se avergonzaba de su madre. A veces deseaba tener una madre como la de su amigo Mike , que estaba tan buena, para presumir de madre en el insti, pero se frotaba rápidamente la frente, como si allí habitara ese pensamiento impuro y lo borrara con sus manos, igual que las adolescentes escriben en la pizarra el nombre de sus efímeros amados y lo borran rápidamente, para que nadie pueda verlo, o sí. Niñito malo, no pienses en la madre de tu amigo, que es tu amigo, y además está muerta, y eso es pecado, un pecado muy gordo.
Al entrar en la casa de sus vecinos, Michael vio a su exmujer en el suelo, debía de haberse caído por las escaleras, pensó, pero aquel morado de su cuello, extendido hacia los hombros y la espalda como un río de tinta de calamar, delataba que algo más había acontecido. Tremendo golpe le habían dado antes de caer por las escaleras, y para ser más preciso, tremendo golpe le habían dado para que se cayera por las escaleras.
Con absoluta precisión médica, comprobó que su corazón no latía y que el único movimiento de su sangre era debido a algún agujero interior que encontró salida por la boca, de la que salía el rojo elemento sin pausa pero sin prisa. Se dirigió al cuarto de baño, oteando el aire chocolate; ¿Qué hace éste aquí? se preguntó al ver a Jaime en el suelo. Repitió la operación anterior y comprobó esta vez que la sangre de Jaime corría enérgicamente por su cuerpo, le dio unas palmaditas para que terminase de despertar, pero no se detuvo, y corrió a repetir operación con Carlos, pobre chico, muerto en una bañera, se había quitado la vida, tanto sufría, una cámara, ¿se ha grabado? None of your bussiness, se decía -pensaba en inglés cuando se ponía nervioso, a pesar de llevar diecisiete años en España -qué importa eso ahora .Vas a tener problemas si la policía no aclara ya este embrollo.
Escuchó como dos policías entraban en la casa y se echaban las manos a la cabeza al ver a Mary, tan hermosa y... tan muerta. Al ver a Michael, el policía más joven y delgado le pidió que saliera de la casa sin mucha convicción, mirando a su obeso compañero, como esperando su aprobación. Michael obedeció y salió, percatándose de que Jaime ya no estaba tirado en el suelo, que debía de haber huido mientras él contemplaba el sucio cadáver de Carlos, huido, huido, huido, ésa es la palabra, porque Michael necesitaba un culpable, consciente de que lo culparían a él de la muerte de su exmujer si no encontraban rápidamente un culpable. O al menos ésa era su impresión.
-Hay tres- dijo al salir de la casa. Hay tres muertos - repetía como el eco la multitud. Craso error de dicción, pues cuando los muertos ya tenían nombre para la opinión pública, Jaime asomaba por la puerta como si fuera un resucitado, todavía con legañas en los ojos, aterrados ojos que vieron cómo una multitud lo vio primero como un resucitado y después como el presunto asesino. Al oír más revuelo, los dos policías corrieron hacia la puerta de salida, viendo cómo Jaime acababa de salir del escenario del crimen sin que ellos se dieran cuenta. - ¿Este estaba dentro? - le preguntó el policía bigotudo a su compañero joven. -Sí, ¿no?
-Vamos a detenerlo chiquillo que esto se nos va de las manos.
Y es que los pobres policías, absolutos amateurs en asuntos de muerte, no vieron que la luz del cuarto de baño auxiliar estaba encendida, que allí había ido Jaime, quien, al ser despertado por Michael, se dirigió allí, justo en la entrada de la casa, donde sólo había un inodoro y un lavabo, a echarse agua en los pantalones, pues se había hecho pis antes de caer dormido. Algo terrible debió de haber visto, o al menos ésa era su impresión, pero no recordaba nada.
Todavía aturdido, Jaime vio a los policías acercándose a su espalda, y el más viejo, cuya cara le era familiar, le escupía al oído: vente con nosotros, que creo que tus vacaciones se van a prolongar... pero en la cárcel. Jaime recordó entonces que una vez se burló de ese policía mofletudo y bigotudo. Moflete-moflete-tírate un pedete-bigote-bigote-quítate el moquete -y recordó las carcajadas de su hija Carmen, quién iba a cuidar de ella ahora que lo mandaban a la cárcel, quién cuidaría de ellas, de Ana, su vida, su cielo, y de Carmen, esa niña tan guapa que todavía no se creía que pudiera ser su hija, tan bella era. Porque Jaime, aunque siempre estuviera somnoliento, no tenía ni un pelo de tonto, y no tardó en comprender que lo estaban acusando de haber matado a Mary, la americana, y a Carlos, error. Que no lo mató nadie. Se mató él. Menos mal. Menos cargos. Y así es cómo Jaime pasaría nueve años de su vida en prisión, que luego se redujeron a dos. Ancha es Castilla.
CUARTO: EL GRITO (DE MÜNCH)
Después de aquel día terrible, nadie sintió pena por la víctima ni por una de las sospechosas. Se lo habían ganado. Por no decir buenos días al entrar en la panadería. Por llegar a casa a deshoras. Por mirar sin sonreír. Por no mirar al sonreír. Mary O'Donson y María Soler habían sido poco humildes como para beneficiarse después del perdón colectivo. Salían solas y juntas a la discoteca.Escondían bajo el maquillaje y el ejercicio los años de más que acarreaban a la espalda. Ocupaban el centro de la pista, y cuando algún hombre las reclamaba, se miraban sin decirse nada para dar el visto bueno. Y pocas veces lo hacían. Eran demasiado exigentes. Pero siempre repetían. Había días en que la costa las aburría, y se marchaban a Granada. Otros días incluso se decidían por Madrid. Allí se lo pasaban mejor. Mary no quería a nadie, y María no sabía si estaba o no estaba con Carlos. Y esto enfurecía a Mary, que no sabía muy bien hasta donde conducirla.
El día de los hechos habían quedado para viajar a Granada. Mary salió a comprar al mercadillo y María todavía no le había dicho si estaba lista o no. Ni contestaba sus mensajes ni respondía sus llamadas. María estaba totalmente out. Esta chica es una informal. Quedamos a las doce y todavía no ha dado señales de vida. Me arreglo y me seco el pelo para nada, porque este lugar se empeña en dejármelo húmedo. Y el viento es insoportable. Seguro que esta tía se ha vuelto a quedar con Carlos y se ha olvidado de nuestros planes. Si la puerta está abierta, me planto en la habitación de Carlos; me da igual lo que estén haciendo. Menuda informal.
Así que Mary decidió entrar en la siempre abierta casa de Carlos, que orientada al este, recibía el levante con los ojos y los brazos abiertos, casi sin importar cuál fuera su intensidad. Y el levante no era flojo aquella mañana. Carlos nunca le habría abierto la puerta a Mary. Era persona nongrata pero obligada. Desde que había venido de los Estados Unidos, María estaba más fría aún con él. Se pasaban el día y la noche juntas sin hacer nada provechoso, más que comprar, comprar y comprar, dilapidando la fortuna de sus padres, la americana, y la suya propia, la española. Mary y María. María y Mary. Las dos femmes fatales a las que nadie ponía trabas. Las dos mujeres que provocaban aluviones de testosterona a su alrededor, como si una estela de deseos carnales las siguiera allá por donde pasaran, siguiendo el rastro de sus perfumes caros. Obreros, conductores, bañistas, comerciantes, lesbianas, pintores, vagabundos, guiris, casados, solteros, el cura del pueblo, algún que otro perro fisgón, el poniente y el levante, la arena, la bruma, y el sol, todos, sentían el poder de sus bellezas al pasar. All eyes on us. Pero sobre todo, y ante todo, lo que más atraía de ellas, es el hecho de que fueran juntas; dos brujas en reunión hablando en una lengua que la mayoría no entendía, intentando diferenciarse de la gente que habitaba el pueblo todo el año. A los oídos de Carlos llegaron rumores nunca probados de que las dos se habían ido a casa de algún alemán a montar un menage-à-trois, pero María siempre lo negaba con rotundidad. Para todos, hasta para Carlos, las dos mujeres estaban buenas, pero si iban juntas estaban impresionantemente buenas. Qué cosas tiene la percepción humana. Y es que uno se quedaba sin palabras para describir la intensidad sexual de sus visiones, esa extraña magia que te llena de rencor cuando ante semejante visión-percepción, notas una actitud desafiante de la persona que miras, que te dice, jejeje, sé lo que estás pensando, jejeje, y no lo vas a conseguir, jejeje, y hasta los labios de Carlos llegaba un insulto primitivo: P-U-T-A, pero el amor de Carlos por María, y su conciencia de que estaba siendo injusto y aparentemente machista, reducía el insulto a un vano intento de explosión bilabial. Otros, cobardes desconocidos, escondiéndose entre la multitud o bajo los efectos del alcohol, una vez convencidos de que no se acostarían con ellas más que en sus imaginaciones onanistas, lo soltaban en un desesperado y horrendo GRITO: PUTAS. Shout.
Pero Mary y María seguían caminando ajenas a los gritos, sin ni siquiera perder el hilo de su conversación, acompañada siempre de frecuentes gestos manuales. Mary y María. Ya nunca más volvieron a caminar juntas. Scream.
QUINTO: 1996
Una mañana cualquiera, diecisiete años antes, Jules O'Donson mostraba a su hermana Mary la casa que compartía con Michael. Mary, una niña ansiosa de mar, abrió la puerta de la terraza con descuido, a lo que Jules reaccionó con un salto veloz a proteger el bonsái olivo que ocupaba un lugar privilegiado en aquel balcón.
Desde fuera, se podía escuchar la música de Brahms que Jules había puesto a todo volumen para no escuchar las estridencias de Mary, su hermanita pequeña.
Jules nunca había tomado la iniciativa en nada, a pesar de ser la mayor. Se casó con Michael porque Mary fantaseó con el dinero y la casa de su potencial cuñado; estudió para bibliotecaria, porque su madre no la quería fuera del estado siendo tan poquita cosa; se casó con Michael porque su madre aceptó que se mudara a la lejana California, porque su potencial yerno la protegería con montones de dólares; y quiso mucho a Michael, porque durante años no conoció a otro hombre, ni otras formas de amar, y allí se pasó los últimos añosde su vida, en una casa a orillas del Pacífico, alejada del mundo, de los hombres, y de otros amores. Y lo quiso, lo quiso tanto que compartió sus rituales de sexo cada sábado, sus rituales de droga cada domingo, y sus rituales de ausencia entre semana. Jules se convirtió en una verdadera experta en bonsáis, asombrada por cómo se eternizaban en un espacio tan ajustado.
Cada vez que he visto que te desperezabas, me he escurrido de la cama, y he ido a la cocina como una gatita obediente, para que tuvieras el café calentito, para que no te doliera la cabeza, para que no te acordaras todo lo que te habías metido por el cuerpo la noche anterior...
y ya me ves aquí tumbada en la cama, sin prisas, no tengo nada que hacer, porque me he quedado vacía, y no, no, ya no espero nada, no sé cuándo empezó todo esto, y no te creas que esto tiene solución, que lo arreglamos hablando, no, no soy yo, no soy la chica de Albany, no soy quien te esperaba cada noche, no veo el futuro porque no me interesa, de verdad, ni se te ocurra intentarlo, que no quiero, de aquí no me saca nadie, que prefiero vivir sin vivir que vivir muriendo...
con tus planes, con tus lunes políticos, tus martes de amigos, tus miércoles de escritor, tus jueves deportivos, tus viernes solitarios, tus sábados de cine, de copas y drogas, tus domingos de resaca, que yo no estoy ya esperándote, que me he cansado de tus olvidos, que no soy caprichosa si te has olvidado de mi cumpleaños, que no soy cansona si te pregunto si me quieres, que no me invento nada, que no es un show, que no, que no hay vuelta atrás, que ya no estoy, no me busques, no hay retorno...
Algo ha de cambiar para siempre, y sé que otros piensan que soy valiente, o que estoy loca, no es locura, es un adiós prematuro, decidido por mí en el cómo, en el cuándo, en el porqué, y en el dónde...
y así me he vuelto, muy valiente por muy cobarde que tú digas que sea, muy diferente por muy la misma que tú digas que soy, y no, no es tristeza, es que no estoy, hace tiempo que me fui, sólo hace falta preparar mi cuerpo para que se vaya lo que queda de la Jules de Albany, que no soy yo, que no, no hay retorno, ya no...
En 1996 las vidas de las hermanas Jules y Mary cambiaron para siempre. Mary tuvo un regalo llamado Mike que nunca creyó que fuera suyo; Jules se retiró para siempre, y Michael, poseído por Tiresias, el Dios de la infertilidad huyó a España con su tía, un saco de billetes a su espalda, y en el regazo a Mike, su hijo.
SEXTO: DEJARLA IR
Comprendo a los pobres bonsáis. Me dan pena porque es como si se retorcieran en sí mismos, como si buscaran más espacio del que tienen. Las raíces y el tronco se confunden y se estremecen de dolor, buscando la libertad que no tienen... perdona, es todo culpa de Brahms. Mary calló ante las palabras de su hermana Jules, y se limitó a seguirla hacia la sala de estar, donde Jules se esforzó por rápidamente apagar la música.
Y vuelven a repetir movimientos. Jules vuelve a salir a la terraza, y Mary la sigue. Ya no se oye la música de Brahms. Tan sólo los ronquidos del Pacífico durmiendo en calma. Mary señaló la estrella que más brillaba en el cielo.
- ¿Sabes cuál es?
- Ni idea.
-Es triste ver a alguien todas las noches y ni siquiera saber su nombre.
- Tú también la ves, la misma que yo veo, en Albany, donde demonios vivas.
- Ponle un nombre.
- Un nombre...
- Sí, un nombre, a ver si supera al mío.
- ¿Cómo la llamas tú?
- Yo la llamo Eternidad.
- ¿Por qué?
- Porque siempre es igual, nunca envejece, y a mí me ayuda a no envejecer.
- Vaya, qué profunda, hermanita.
- ¿Tú crees?
- Sí, ja.ja, pero ¿sabes? las estrellas también envejecen; pierden energía, incluso hay algunas que ya están muertas, aunque su luz aún llegue a ti.
- A Eternidad nunca le ocurrirá eso.
No hubo más diálogo. Podría ser que Mary fuera realmente una interesada y que su único objetivo en querer que se casara con Michael fuese disfrutar de su dúplex con vistas al mar. Una interesada eterna, inmune al tiempo, protegida por Eternidad de los dolores de cabeza, los constipados y las patas de gallo. Jules la miró de reojo. Su hermana mayor estaba más joven, más vital, menos cansada, más mujer que ella misma. Intentó no mirar a Eternidad, pero allí estaba, asomada a su sala de estar, y sintió unos celos enormes de la relación entre Eternidad y su hermana Mary. Se fue a dormir junto al cuerpo de Michael, donde por primera vez vio el reflejo del deseo de un ente ajeno a ella. Y no sintió celos.
A la mañana siguiente, lo primero que vio Jules al abrir los ojos fue el cuerpo de su hermana en biquini, sentada al borde de la cama, intentando desperezarla, mientras que en la otra orilla, Michael se incorporaba en calzoncillos, como si no le importara que Mary estuviera allí en su habitación. Este idiota pasa de todo, nunca le ha importado nada en exceso, ni siquiera se da cuenta de que lo nuestro no existe ya, y míralo, si hasta parece divertido, como si este menage à trois lo estimulase. Si hasta parece más guapo. ¿Habrá dormido con Eternidad?
- Hermana, buenos días, ¿se te ha quitado el dolor de olivo? No podemos desaprovechar el día de hoy. Nos vamos los tres a la playita. Y tú también Miki ... ¿Miki? ¿Miki? Uffff, esto es demasiado.
- Vale- contestó Michael (ahora miki)
- Sí, no vaya a ser que mañana llueva.
- It never rains in southern California.
Así que los tres se fueron a la playa bajo un sol de justicia. Michael y Mary se pasaron el día en el agua jugando como niños. Jugaban a hacerse ahogadillas, a desafiar las olas, a hacer carreras en las que Mary se dejaba alcanzar, y Michael se afanaba en ganar, haciendo en fin los típicos juegos de dos adolescentes que acabarían haciendo el amor antes de que se acabara el verano. Repitieron acción quince días más. Volvían a comer a casa. Michael dormía de tres a cuatro mientras ellas recogían la mesa y metían los platos en el lavavajillas. Cuando Michael se despertaba, Mary ya tenía el pareo colocado. Se bañaban con más calma, Jules leía algún libro y renunciaba a los juegos vespertinos. Volvían al dúplex y se duchaban por turnos, con el ritual de niños de campamento. Jules era la que más tiempo empleaba al aseo: desde la ducha podía oír los gritos de Mary perseguida, los suspiros de Mary atrapada, y el placer de Mary deseada. Jules silbaba para no oírla, pero el pitido de su hermana era tan potente que perforaba la mampara, y los dedos de Jules quedaban señalados en el vaho, como efímeras huellas de intentos de mantener la dignidad. Hasta que llegó la indiferencia. Y los suspiros y placeres sonoros de Mary deseada, atrapada y perseguida se confundían con la arena que a Jules le salía del culo, y terminaron yéndose por el desagüe.
Let her go. Jules empezó a quedarse por las mañanas para preparar la comida, y por las tardes para preparar la cena. Let her go.
Let her go. Le encantaba complacer a su hermana mayor. Let her go.
Let her go. La felicidad efímera de Mary es más triste que su propia desgracia. Let her go.
Let her go. Parece que esta noche será la gran noche. Sabe leerlo en la sonrisa de Mary. Let her go.
Let her go. También sabe leerlo en el comportamiento de Michael, que se comporta como si tuviera quince años.
Let her go. Jules se viste de blanco. Let her go.
Let her go. Jules se dirige en silencio al Pacífico. Let her go.
Let her go. Está dispuesta a entregarse a él. Let her go.
Ya no se escuchan las risas de Mary. En el orgasmo de Michael todo es silencio. El agua es templada. Jules se sumerge lenta pero irremediablemente en ella. Puede ya notar la falta de oxígeno en los pulmones, el estruendo en su oído, la hinchazón en su vulva, as she drifts off into the dark river. Virginia Woolf.
SÉPTIMO: EL BIGOTE CURIOSO
El policía del bigote fue uno de tantos seres arrastrados por aquella ola de misterio que invadió como un tsunami la costa tropical andaluza. Bigote fue el primero en acusar a Jaime de la muerte de la americana y, conforme iban pasando los días, creció en su interior un sentimiento de culpabilidad que él mismo quería arrancarse antes de que se le enquistara. Antes del día del asesinato, se había acostumbrado a ver a Jaime el madrileño merodeando por la playa a horas intempestivas, acompañado de una niña pequeña que jugaba a esquivar las olas, y de una mujer en silla de ruedas que no hacía más que mirar el infinito. La imagen de estos tres seres sin nada que hacer más que mirar el Mediterráneo, había pasado de la curiosidad al apego, un profundo apego a seres alegres que corrían por la arena, a una niña preciosa vestida de blanco que sonreía alardeando de sus dientes caídos, orgullosa e impaciente ante la inminente llegada del ratoncito Pérez. ¿Por qué sentir pena si se les ve tan felices? Hasta la mujer de la silla de ruedas parecía feliz con su mirada perdida en las sales marinas.
En las mañanas de frío poniente, nadie aparecía por la playa del Cergal excepto aquellos tres seres felices que parecían reírse del tiempo y del destino. Bigote no le comentaba a su escuálido compañero la ternura que le despertaban los dos personajes que parecían recién salidos de un cuento de hadas, que demostraban la más absoluta complicidad, cantando, corriendo, esquivando las olas y compartiendo con la mujer de la silla la mirada al infinito marino. Entre los policías nacía un ruidoso silencio, cargado de pensamientos que se oían crujir, que rebotaban en el interior del coche patrulla y que finalmente salían despedidos por el acantilado que había más allá del Cergal, un bastión de rocas que se adentraban en el mar y que servía de escudo a la playa del Cergal cuando recibían las embestidas del poniente.¿Quiénes son? ¿No trabaja ese hombre? ¿Qué educación recibe la niña linda? ¿Él se encarga de las dos? ¿Qué le habrá pasado a la mujer? Estos sonoros interrogantes aparecían cada mañana, iban y venían a merced del viento, pero se quedaban huérfanos de respuesta, como los barcos abandonados de septiembre a junio, varados en el puerto, enmohecidos pero bellos, altaneros y radiantes en los claros días en que el aire se colaba por las montañas del norte y dejaba el cielo impoluto.
Un día, el escuálido policía, a menudo aquejado de vientre impaciente, le pidió a Bigote que parara el coche allí mismo, que necesitaba imperiosamente hacer de vientre en los acantilados del Cergal. Bigote vio el cielo abierto sabiendo que podría disfrutar durante un rato de la visión de aquellos tres seres maravillosos que se habían convertido en un elemento paisajístico más de la playa del Cergal. Le gustaba hacerlo en soledad, como un romántico en pleno éxtasis comunicativo con la naturaleza. Así, mientras el flaco salió como una exhalación del coche patrulla, con una mano sujetándose el trasero, Bigote terminó de aparcar al borde de una senda que separa las rocas de la urbanización, dejó encendidas las luces de emergencia y salió del coche con mirada de felina preñada, cerrándolo con el mando a distancia sin mirar atrás. Subió por una pequeña vereda pedregosa a la roca más alta, desde donde los veraneantes se lanzaban al mar, a unos veinte metros más abajo y desde allí volvió a verlos.
Aquella mañana de sol radiante en que el poniente llegaba húmedo, la arena de la playa estaba mojada y el mar aún resacoso, nadie asomaría por el Cergal hasta bien entrado el día. Pero allí estaban ellos. Una toalla enorme de Shinchan servía de lecho a la niña, que dormía plácidamente, arropada por una manta de color azul marino, de manera que Bigote sólo pudo vislumbrar el dorado de los cabellos de aquella niña de aspecto nórdico. Jaime el madrileño llevaba unos vaqueros con los bajos ensuciados por la arena pegajosa y un enorme rebecón azulado con la cremallera rota, de manera que si se giraba a mirar las rocas, el poniente dejaba al aire la camiseta interior de algodón que la humedad del día le había obligado a ponerse. La mujer de la silla de ruedas, en cambio, iba en pantalón corto y tirantes, toda vestida de blanco. Bigote se compadeció de ella preguntándose casi en voz alta si su piel no andaría erizada en protesta ante semejante negligencia. ¿Sentiría frío?
De todas formas, los movimientos extrañamente cautelosos de Jaime le hicieron olvidarse de su pregunta, pues un súbito calor le fue subiendo desde los michelines por toda la espalda, notando como debajo de su camisa azul los poros de su piel desprendían minúsculas gotas de un sudor muy frío, impacientes por apagar ese fuego súbito que se había iniciado casi sin avisar. El madrileño parecía inquieto, se movía como un péndulo entre su hija en la arena y la mujer de la silla de ruedas. De la silla dedujo que estaría oxidada, pues la mujer fue colocada justo en el rompeolas, expuesta al envite de las olas, y el hierro no podría resistir a semejantes ataques de aguas y sales si la negligencia de Jaime era diaria. El madrileño miraba hacia atrás, hacia los lados, desinquieto y con tanta zozobra que Bigote dejó de percibir aquella contemplación bucólica de la felicidad y adelantó que el muy cabrón se disponía a introducir la silla de ruedas en el agua, con la mujer sentada en ella y atada a ella. Aquella silla habría sido su acompañante en vida y en muerte.
Pero Bigote podía impedirlo con sólo gritar desde allí en lo alto, como si fuera el Dios que lo ve todo. Bastaba con una exclamación: ¡Eh, tú! ¡Que te estoy viendo!, pero llegó el flaco por atrás jadeando, deseoso de alcanzarlo.-Gracias jefe, ya me he quedao nuevo. ¿Alguna novedad? -Sí, mira ése, obsérvalo ¿crees que quiere tirarla? -Por Dios jefe, no diga eso. -La tiene atá, ha mirao pa to sitios, y,y,y... -Bigote estaba muy nervioso; sus gotitas de sudor se habían convertido en una especie de lengua volcánica que dio un tono más oscuro al azul de su camisa .-Mira, mira, ¿está empujando la silla?. Fue entonces, viendo que Bigote no reaccionaba, cuando el flaco decidió actuar y gritó: ¡oiga, deténgase!A Bigote, muy dentro de sí, le hubiera gustado continuar mirando, dar a Jaime la verdadera libertad que un Dios de verdad le hubiera dado. Un Dios omnipresente pero pasivo.
A continuación, Jaime levantó su cabeza buscando la procedencia de aquel grito que le pareció una llamada al Juicio Final. El eco de aquel grito bien parecía las trompetas de los arcángeles, contra las que él se rebeló, corriendo hacia la toalla con tanta premura, que Bigote terminó de convencerse de que Jaime no ideaba nada bueno. Jaime despertó a su hija, destapándola y acariciándole el pelo dorado y la nariz albina. Cuando hubo despertado, Jaime señaló sonriente a los policías y la niña los miró desperezándose.
El paso lento de Bigote obligaba al flaco a desacelerar su ritmo, ya que siempre dejaba que su superior tomara la iniciativa. Una vez en la llanura de la playa, reunidos los cinco seres, Bigote dirigió su mirada a la niña, que parecía divertida por algo que su padre le había dicho.
-Buenos días - pronunció Bigote con un tono ligeramente autoritario, ese tono que precede al soy policía y tienes la obligación de contestar mis preguntas.
-Buenos días - respondieron el padre y la hija a la vez, como si lo hubieran ensayado en coro.
-¿Qué hacen aquí?
-Mire usted señor policía - respondió Jaime adoptando un tono infantil -somos unos náufragos. Hemos estado meses en Alborán pescando sardinas. Sabe usted que en primavera, las sardinas buscan estas aguas templadas del Mare Nostrum para poner los huevos. Pues bien, hace unas pocas lunas, nos acercamos a un banco con tantos huevos, que nuestra embarcación se vino a pique y tuvimos que llegar nadando los tres. Estamos extasiados.
Bigote, atónito, tanto por la historia, como por el chasquido de risa que parecía haber escupido la mujer de la silla de ruedas, algo imposible, pues la mujer carecía de movilidad, le preguntó por qué tenía a su mujer en la orilla, lo que el flaco interpretó como un permiso para sacar a la mujer de la orilla, no sin esfuerzo, pues las ruedas habían hecho un surco en la arena empapada.
-Oiga, tenga cuidado con mami- espetó la niña.
Bigote no podía creer la sonrisa dulce que afloraba de la boca de la mujer, divertida, intuía, por las travesuras de padre e hija.
-¿Es su mujer?- preguntó Bigote, rascándose el bigote.
-Es más que eso señor. Es mi vida, es mi cielo, mi luna, mi barco, todo señor. ¿No le parece guapa?
Silencio. Las olas rompen suavemente en la orilla.
-Si tanto significa para usted, debería ponerle más ropa y no acercarla al agua que está muy fría.
Silencio.
-Usted cree, señor, que después de nadar tantas millas, ¿mi mujer puede tener frío?
-Oiga, vamos a dejar el cachondeo, que no está el horno pa bollos.
-¿Se encuentra triste señor?
-No, no es eso - Bigote de pronto se dio cuenta de que estaba entrando en el absurdo diálogo de aquel tarado y exclamó: ¡Aquí el que pregunta soy yo!¡Entiende?!!
-Usted vive aquí desde hace tiempo ¿no?- siguió preguntando Bigote.
-Sí señor. Mi mujer y yo hemos pedido vacaciones largas, pero queremos alargarlas aún más, por eso aprovecho a ver si usted pudiera mediar...
-¿Está usted loco?
Silencio.
-No señor.
Otro chasquido de risa se escuchó desde la silla de ruedas, seguido de las carcajadas de la niña rubia.
-Cariño, no me hagas reír tanto que me duermo - le suplicó Jaime a su hija recolocándose la mandíbula con las manos.
-¿No habrá usted bebido?- susurró el policía en tono amenazante-mire que me pongo en contacto con servicios sociales y...
-No señor, hágame usted la prueba de alcoholemia si quiere.¿Cuánto tiempo lleva cultivando ese bigote, señor?
Entonces, el flaco, que había permanecido en silencio todo el tiempo, se sintió ofendido porque su jefe era un buen hombre y no merecía semejante tomadura de pelo, y decidió defenderlo: oiga imbécil, una gilipollez más y nos lo llevamos a comisaría.
- Creo que mi familia y yo no le hemos faltado el respeto en ningún momento señor -protestó Jaime, pretendidamente ofendido.
-Vámonos- dijo Bigote al flaco, haciéndole ademán de marcharse moviendo su cabeza exageradamente.
Mientras se alejaban cabizbajos se oía al desvergonzado de Jaime cantar una ridícula canción: moflete-moflete-tírate un pedete, bigote-bigote-quítate el moquete. Bigote suplicó en silencio que el flaco no comentase nada, que se hicieran los sordos como si lo que estaban escuchando eran simples alucinaciones, confundidas con el sonido del mar, las carcajadas desvergonzadas de la niña albina yel increíble chasquido de risa que parecía florecer de la mujer de la silla de ruedas. Las súplicas de Bigote dieron sus frutos, y el flaco no dijo nada. Si los detenían, pensó, qué iban a decir en comisaría, con una niña menor de edad, una mujer en silla de ruedas, y un hombre diciendo incoherencias.
En las mañanas siguientes, los siguieron encontrando solos en la playa. Después debieron de hacer amistades con el de la ONG, el americano ése que perdía su tiempo y su dinero dando cobijo a los inmigrantes hasta que los repatriaban, con el escritor triste y con su hermano el mariquita, con la exmujer del americano, que estaba tan
buena que daba miedo y con la mala hostia de la otra escritora, tan chula y tan arrogante, ni que la hubieran tallado de la pata del Cid, que era novia del escritor triste, pero que todos aseguraban que le ponía los cuernos la muy zorra. Nunca jamás hablaron de la mañana de poniente en que sintieron un remolino de sentimientos producido por aquellos tres seres que nunca dejaron de considerar mágicos: sintieron la humillación, la burla, pero también la gracia y la inocencia, la alegría de oír (o imaginar) a una mujer inmóvil riéndose.
Bigote quedó hechizado por las palabras de Jaime y la risa de sus acompañantes. Hubo noches febriles en que soñó con ellos. Hubo noches en que Bigote visionó a la mujer de la silla, levantándose de ella con esfuerzo, mientras la niña, vestida de comunión, reía y le aplaudía.
Hasta que aquel día de abril decidió que por ser el único ocupante vivo de la casa en que murió Mary O´Donson, Jaime debía ser encarcelado. Esto lo decidió el juez, pero Bigote se sintió juez supremo debido a aquel sentimiento de deidad que lo acompañaba desde su visión en lo alto de la roca. Bigote se encargó de llevar a la niña a servicios sociales. Apenas se atrevía a mirarla hasta que la niña rompió el silencio: ha cumplido usted su amenaza, señor. Tome las llaves de mi casa. Ya no las necesito. Bigote obedeció como un niño asustado y tendió la mano para aceptar las llaves que la niña albina le ofrecía. Y aquella noche, después de pedir la baja por depresión, con cuarenta de fiebre, la niña volvió a aparecer en sus sueños diciéndole: aquí tienes las llaves que te conducirán a nuestro mundo. Nuestro mundo era perfecto hasta que tú viniste a destruirlo. Ve, entra y compruébalo.
Y así lo hizo, consciente de que estaba cometiendo un delito, se encaminó a la calle de la Cuesta, abrió la puerta del pareado sin que nadie lo viese y entró en casa de aquellos tres seres maravillosos que quizás ya no viera más. La estructura de la casa era exactamente igual que la casa de al lado, donde apareció muerta Mary O´Donson. Un cuarto de baño auxiliar justo a la izquierda del pasillo. A la derecha, una cocina inmaculada, con un reloj de pared con ojos de Mickey Mouse; más adelante, una habitación habitada por tres estanterías sin libros, dos sillas de ruedas y tres relojes encima de una mesa de ordenador sin ordenador. El comedor estaba completamente vacío si exceptuamos dos relojes con péndulos ruidosos que se habían quedado suspendidos en la pared y dos jarrones enormes que un día dieron de beber a toda clase de flores allí dispuestas. Bigote subió por las escaleras ciertamente decepcionado, pues del mundo perfecto prometido por la niña, poco podía él ver. Arriba ,en lo que supuso fue la habitación de la niña, había una cama con innumerables ositos de peluche de todos los tamaños y todos los colores, incluso uno de ellos, marcaba la hora. En el cuarto de baño, destacaba un mecanismo junto a la bañera que habría servido para meter a la mujer en la ducha. Bigote Curioso se acercó a él, pulsó un botón rojo, y el mecanismo se puso en marcha, causando más ruido de lo que había previsto, por lo que lo apagó nervioso. En la habitación de matrimonio, aparte de cinco relojes y un radio-reloj había un oso de peluche que colgaba del techo y que se abalanzaba sobre el que abriese la puerta, como si alguien lo hubiese puesto allí para dar un susto al que entrara. No había nada en los cajones de las mesitas de noche, excepto en uno de ellos. Un libro bocabajo con la foto de una señora mayor, de pelo cano y una especie de boina coquetamente colocada sobre la cabeza. Bajo la foto se leía algo así como que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, es muy raro. Bigote, que no acostumbraba a leer, no sabía quién era, ni tampoco se lo preguntó, pues ni siquiera le dio la vuelta para ver quién era la autora. Como un autómata, cogió el cuaderno de pasta amarilla que había debajo del libro y que tenía el título de "Excrecencias". Se levantó, se dirigió a la puerta, cerró con llave y se marchó a su casa con paso seguro, pues algo le decía que aquel mundo maravilloso prometido por la niña albina sólo podría encontrarlo en ese cuaderno titulado "Excrecencias".
Al llegar a casa, leyó, leyó como un condenado más tiempo que todo lo que había leído en su vida. He aquí las palabras que Jaime dedicaba a su esposa inválida, en el cuaderno amarillo:
Todavía recuerdo cuando solamente éramos amigos. Siempre llevabas tu monedero y tu paquete de tabaco en la mano. No los soltabas para nada. Bailabas, bebías y fumabas siempre con ellos en la mano. Nunca me pregunto dónde llevan sus cosas las mujeres, si vosotras apenas lleváis bolsillos; hoy, en cambio, al recordarte, me pregunto si no te sería incómodo. Cuando bailábamos juntos alguna canción, yo te despojaba de aquellos dos objetos tan clásicos en tu imagen, me los metía en el bolsillo de atrás para no mezclarlos con mi paquete, mi dinero y mis llaves, y te cogía de las manos para bailar pegados. Al terminar la canción, toqueteabas por atrás disimulando cierta ansiedad, como si la Gioconda intentase recuperar la sonrisa, o la Olympia de Manet saltase de su cama para recuperar el gato negro que la acompañaba para siempre después de que un malvado falsificador hubiera intentado quitarles semejantes señas de identidad. Tú ,mi vida, eres igual que ellas: una imagen eterna y acompañada por un minúsculo monedero y un paquete de tabaco.
Creo que nunca te gustó demasiado que yo cantara mientras bailábamos, pero ya me conoces, y sabes que si no canto, no vivo las canciones. La desgracia de mi vida consiste -consistía- en que siempre pretendo vivir y sentir más de lo que en el mundo real se puede sentir y vivir. Las personas normales, como tú y yo, somos conscientes tan sólo de una pequeñísima parte de lo que es la existencia, en tanto que ésta no sólo se compone de los objetos o abstracciones que percibimos. La vida no es reducida en sí, sino que es nuestra conciencia la que la reduce. Si nos empeñamos en rebuscar más allá de la tela metálica de nuestro ego, encontraremos objetos, enseres y claroscuros que desordenan nuestra conciencia y a nosotros mismos. De pronto, un buen día, nos quitamos la chistera y empezamos a descubrir al público innumerables pañuelos de colores, pájaros y conejos que son potencialmente capaces de destruir el escenario ordenado y limpio que previamente habíamos presentado al respetable, respetable compuesto principalmente por nosotros mismos.
Desde pequeño he tenido por afición revolver los cajones recónditos de mi casa e incluso de casas ajenas. En la que fue mi casa y ahora llamo la casa de mi madre, siempre encontraba una foto, un papel, una cita, un lápiz, qué sé yo, cualquier objeto inútil y fascinante que me recordaban lo que un día fui y de la noche a la mañana dejé de ser, así por arte magia, un cambio insustancial que lleva a otro que ya no lo es tanto, y así a otro cambio, y otro, y entre mis innumerables sueños, me despierto y ya no soy ése, aquél que fui, ubi sunt? que no me encuentro. Pero esa foto, o ese papel que guardé para descubrir después, me ayudan en mi particular flashback o me ayudan a cambiar ese pasado que no reconozco por gris, anodino y sin relieve, y lo transformo, lo adorno de aventuras épicas en las que siempre salgo victorioso, y es que al fin y al cabo, en mi vida no he hecho otra cosa más que buscar la exaltación de mi ego. En casas ajenas, busco el caos que se esconde tras ese aparente orden, deseoso de encontrar en ese cajón ese objeto tan fascinante que, intuyo, está en el mío, pero no soy capaz de encontrarlo.
En definitiva, bailar una canción para ti era sólo eso: bailar. Yo bailaba, cantaba, rebuscaba en los rincones de mi inconsciencia, seguía con las mías el recorrido de tus pupilas, y terminaba aturdiéndote. Cuando la canción aún no había acabado, te despegabas de mí con suavidad y me decías: quiero un cigarro, en dulce tono y voz melosa. Otra vez la Olympia en busca de su gato. En realidad, no deseabas fumar: tan sólo querías volver a tu posición inicial, con tu monedero y tu paquete de tabaco en la mano izquierda, como si ellos fueran tus escudos, o tu barrera, o una señal de stop puesta a ti misma y por ti misma, por miedo a penetrar demasiado en mi mundo, por temor a perderte en mi laberinto, construido por mi ego voluntaria y afanosamente para no hacer de mi vida una más, sometida a la tiranía de horizontes acabables y simplemente descriptibles...
-Ahora mi vida es más ruin, pero imprevisible. Me duermo en cualquier esquina, corro el riesgo de dormirme en el volante y no despertar jamás. Por eso, señorita, uso móvil y despertador, para que me mantengan despierto. Odio a Morfeo. -le decía Jaime a aquella joven guapa, que muy amablemente preguntó al soñador si sería tan amable de contestarle unas preguntas sobre hábitos de sueño para la empresa Su descanso, nuestra obligación.
Bigote Curioso siguió leyendo apenas sin entender nada. Bigote buscaba hechos y no argumentos oblicuos, oscuros y enrevesados que lo liasen o lo apartasen de la realidad. Hay personas, como Jaime, a las que les duele el alma, y a otras a las que le duele el estómago; Jaime necesitaba al menos dos piezas de metáfora al día; una al despertar y otra por la tarde, al despertar de la siesta. Las engullía y a veces se atragantaba con ellas o las tenía que vomitar para purgarse y volver a la tierra. Bigote odiaba las metáforas, las dilogías y las perífrasis. No veía -ni quería ver- escudos donde sólo había una simple negativa. Después de haber levantado sus ojos flotantes, recordar lo que la mujer de las encuestas había declarado acerca de Jaime unos días antes del asesinato de Mary O´Donson y pensar en lo estéril de la metáfora, Bigote dejó "Excrecencias" sobre la mesita de noche, apagó la luz y pensó que esa noche dormiría bien, que quizás otro día seguiría leyendo, que los seres maravillosos sólo eran seres, que ya no soñaría más con ellos, que ya era hora de volver a trabajar, qué depresión ni hostias, ya está bien de tanta tontería, no busques más en ese cuadro, por si acaso tú también te pierdes. Aquella noche, Bigote soñó que debía empujar una enorme roca hasta lo más alto del Cergal. El pueblo lo animaba llamándolo Sísifo, Sísifo, Sísifo. Rocío lanzaba oles al viento cada vez que la pesada piedra se movía unos perceptibles centímetros, el pescadero comentaba alegremente con el flaco que su esfuerzo era inútil, hasta que se despertaba, dos o tres veces lo hizo, después de que, a punto de llegar a lo más alto, la roca se le venía abajo y todo el pueblo se desternillaba de risa. Otra vez se han colado en mi jardín los hierbajos del vecino -pensó Bigote- y se fue a vomitar al baño, con un agudo dolor de metáfora.
..."Excrecencias"...(continuación)...
Con el tiempo, y sólo con el tiempo, comprendí que yo no era más que un falsificador de cuadros, que yo sólo te amé aquella noche en Lavapiés mientras bailábamos, porque te imaginé otra y no tú. Te imaginé Gioconda riendo a carcajadas. Te imaginé Olimpia sin el gato. Y así te amé. Tú buscabas la horizontalidad del amor y yo quería perderme en las profundidades de la inconsciencia. No supe interpretar tu obstinado esfuerzo por recuperar tus llaves, tu monedero y tu paquete.
A medida que tú y yo fuimos intimando, me resultabas menos interesante de lo que me resultaste al principio. No sé ni por qué ni cómo ocurrió, pero sí tengo la certeza de que hubo un momento en que nada de tu vida concreta y tangible llamaba mi atención, ni siquiera tu sonrisa enigmática ni la mirada profunda de tu gato negro. Como no tenía motivos razonables para cortar nuestra relación, y porque te quería, y tú me amabas, o al menos eso creo, estuvimos juntos durante años, formamos una simbiosis perfecta de cara al exterior, mientras que nuestra unión alimentaba de forma paralela mi individualismo, acrecentado y ferozmente irrefrenable. A tal unicidad, contribuyó mi constante y perstinaz interés por buscar dentro de ti, ampliar tus horizontes y sentir el deicidio de contemplar lo que tú apenas eras capaz de intuir. Perdóname mi vida por haberte convertido en una herramienta humana, en un cerebro para alumnos de medicina en prácticas; yo no quería convertirme en Fausto, tan sólo aspiraba a vivir un poco más, y no respeté que a ti te bastaba la horizontalidad, que no querías cambiar el cuadro, que querías tu sonrisa y no las carcajadas, que querías estar acostada en tu cama, con tu gato negro, mirando a Manet eternamente. Malditos los horizontes que las diferentes generaciones han ido colocando a nuestro alrededor, que han ido amurallando el ser hasta asfixiarlo. Insatisfecho de ser una pareja más, te propuse indagar en ti buscando diferentes formas de placer a través del sexo o de cualquier otro medio, que bajaras a los infiernos de tu ser para alcanzar el cielo y que allí me encontrarías para estar en verdadera comunión conmigo. Yo trazaría el camino. Te dije que la vida era mucho más amplia que lo que nuestros sentidos podían percibir, sonreíste, y me respondiste con un insípido "qué le vamos a hacer". Tus dos pronombres y la perífrasis verbal que les siguió bastaron para que yo entendiera tres cosas: que no estabas dispuesta a indagar demasiado en ti, que conmigo pretendías encontrar la felicidad que siempre habías añorado, y que en realidad no te interesaba esa unión conmigo en el más allá. La primera proposición la fui comprobando con el paso ligero de estos últimos años; la segunda, era evidente con la felicidad que desprendías en tu camino y que dejaba a tu paso una alfombra de agradecimiento eterno, tanto que si hubieras tenido que ir dejando migajas de pan al pasar, te habrías convertido en la verdadera sucesora de Hamsel y Gretel; la tercera fue la que me resultó verdaderamente decepcionante, pues yo arrastraba demasiada ideología como para anexionarme yo a ti, y no al contrario.
Durante un tiempo, me acompañaste en mis travesuras: paseos nocturnos por la Casa de Campo, disfraces en el dormitorio antes de las relaciones, llamadas a la línea caliente, y ... ¡stop! ya no más. Tú eres mío y yo tuya, me decías. Ya no se podía buscar más de la vida. Comienzas a ser tú entonces el verdugo que me lanza a la frivolidad, a la rutina, a la vida estándar, el trabajo de ocho a dos y media, el almuerzo, la siesta, la lectura, la salida a comprar del lunes, el gimnasio martes y jueves, el cine del miércoles, la cena romántica del viernes, la visita a la familia del sábado y el domingo en chándal. La vida estándar que tanto aborrecía. Odié mi ciudad y quise huir al Mediterráneo para fundirme con el sol, la arena y el mar para dar por terminadas mis aventuras. Tú no quisiste dejar tu trabajo. No quisiste complacerme. Yo me quise volver loco. Y así lo hice. Cuando el médico me dijo que padecía de narcolepsia, y que con el tiempo podría acentuarse, deseé que su previsión se cumpliera para obtener la jubilación definitiva, y obligarte a ti a dejar de trabajar, irnos por fin al Mediterráneo, imaginar historias que me sacasen de aquí, y ser felices, ser feliz, mi vida, porque ahora comprendo que tú ya no lo eras, ni lo serías conmigo. Imaginar, imaginar, imaginar, desvirgar a Inspiración cada noche, porque lo de aquí, mi vida, ya no me interesaba. El sueño se apoderaba de mí y los reproches sobre nuestra inactiva vida sexual los ahogabas en el cuarto de baño; si el sábado por la noche no me quedaba dormido en el sofá, conseguíamos hacer el amor, tú entregada a mí y yo a ti como en una barca que se hunde y que intentábamos salvar egoístamente. Me despertaba ojeroso en una cama vacía. Me dirigía al cuarto de baño y me sentaba frente al enorme espejo que reflejaba la bañera. Allí, una mañana, sentí que me desplazaba sin moverme, como en un vagón de metro que no anda pero tu vista te engaña, porque el que se mueve es el vagón de enfrente en que has clavado la mirada. Fantasmas, mi vida, fantasmas. Noté cómo otro hombre se apoderaba del cuarto de baño, e imaginé que por fin habías encontrado un hombre que te hiciera feliz, y que podría hacerte el amor sin quedarse dormido, y fui feliz, hasta que mi vagón echó a andar, y me puse celoso; quería mataros, mi vida, a ti y a él, a él y a ti, mi vida. Porque me quiero tanto que te quiero a ti también.
Milagrosamente llegó Carmen. Te dije que alguna vez nos encontraríamos en el cielo, y el cielo era ella, sin necesidad de bajar a los infiernos. Pero Morfeo a veces ni me dejaba cogerla en brazos. Yo ya no era el papá perfecto ni el marido ni el amante perfecto. Lo sé mi vida. Y volvieron los fantasmas al espejo. Y conviví con ellos, contigo y con Carmen cuando Morfeo me dejaba, y tú con tu grillo en el ladrillo, un trabajo en Madrid que te negaste a abandonar, y una casa y una hija a cuestas. Físicamente, tú en vertical y yo en horizontal. Paradojas de la vida. Hasta el día en que unos cabrones decidieron dejarte en esta tu silla de ruedas, escuchando para siempre al grillo del ladrillo.
Estás sentada frente a mí. Tu mirada roza el infinito pero no me expresas nada. Intento llegar al lugar donde tú estás pero no lo consigo. Vuelvo hacia atrás, desandando un camino que me produce zozobra, a diferencia de ti, que pareces haber encontrado la paz allá en tu mundo nuevo. Carmen está recostada en la cama donde yo escribo. De pronto sospecho que sois felices por separado: ella en sus sueños y tú en tu nuevo mundo. Quiero unir las historias, pero tampoco lo consigo. Inspiración ya no viene a visitarme por las noches. Morfeo le cierra las puertas. Viajo hasta el bar de Lavapiés donde bailábamos pero allí no te encuentro. La habitación de Manet está vacía; sin cama, sin gato, tan sólo grillos escondidos en ladrillos; la Mona Lisa se ha escapado del cuadro, porque no quiere reír más; al silencio le pregunto por ti pero no me responde.
Háblanos, háblanos, mi vida. Sé que estás ahí, a un metro de mí, pero ya no eres tú. Háblanos, háblanos mi vida, aunque sólo sea una vez más. Déjanos construir una historia real, una de verdad, horizontal y con murallas alrededor, asfixiante si quieres, pero una historia de tres, mi vida. Vuelve, mi vida, vuelve, te quiero aquí, mi vida, aquí conmigo, y con tu hija, no me dejes cariño, quiero abrazarte, acariciarte los labios, escuchar tu voz y besarte mientras clavas tus pupilas en las mías, vuelve, vuelve.
Pero las historias no son más que eso: historias. Cada individuo posee su verdad, su historia, y la historia objetiva y global no es más que una entelequia. El tiempo hace que la memoria sea incierta, borrosa, y esta bruma ayuda a distorsionar la historia, es decir, a hacerla más real.Y lo que uno escucha no es más que la historia del otro, y la convertimos en nuestra propia historia, y así se va convirtiendo en una realidad irreal. Si Derrida fuera vendedor de enciclopedias y yo se las estuviera vendiendo ahora mismo, probablemente me habría despedido. Sí, realidad irreal, realidad irreal como la que notamos invade nuestro cerebro cuando buceamos debajo del agua. El agua dulce de la cueva puede confundir nuestras neuronas con sueños e imaginaciones varias. Pero hay que entrar en ella. Entra en ella.
¿Ya conoces el final? Bien.Yo te contaré que Jaime estuvo nueve años en prisión, acusado del asesinato de Mary O´Donson. Ana lo esperó en su silla de ruedas. Carmen creció y trató de no compartir sus historias con los que un día la trajeron al mundo. Nadie fue a ver a Ana durante aquellos nueve largos años de castigo. Su hermana prohibió que los que deberían estar en la cárcel en lugar de su cuñado la visitaran. En realidad, nadie tuvo la intención de hacerlo, tan sólo Michael el americano intentó verla durante una semana con sospechosa urgencia; pero las instrucciones de Judith, hermana de Ana, fueron claras: que ninguno de esos asesinos fuera tan hipócrita de ir a verla.
En 2015, Ana y Jaime se reencuentran en una fresca noche de mayo. Ante ellos, la luna; frente a ellos, el Mediterráneo, ese río que viene y va; entre ellos, el silencio quebrado por el grillo en el ladrillo. Los seres castigados por la injusticia. Ana utiliza sus piernas para andar y sus ojos para ver y sus oídos para oír. Se abrazan. Son felices. Ya no buscarán en vertical. La vida será estrecha pero apacible. Cri-cri-cri, cri-cri, cri, por fin silencio.