Thursday, July 4, 2013

ALEGRÍA: El circo del sol

El año 94 marcaba ya el comienzo de una recuperación económica a nivel global, con una de esas crisis que los expertos en capitalismo dibujan con una línea circular ascendente, quizás similar a la de este año 2013, ojalá, y al escribir ojalá recuerdo que las manifestaciones antisistema de estos  días, como las recientes en Brasil, no son realmente antisistema, que lo que buscan en realidad es restablecer el orden anterior, y ése es el error. Si la máquina estuviera andando, quizás nadie protestaría. Si hay algo que cambiar en el reparto de la riqueza, habrá que seguir pidiéndolo cuando las cosas vayan mejor, si es que algún día realmente lo hacen.
En España, un tal Roldán ocupaba telediarios, perforando e hiriendo de muerte el felipismo de tantos años. Este año, el ladrón se ha cambiado de nombre y se llama Bárcenas, y me resulta triste que la sociedad se haya acostumbrado a la corrupción y las consecuencias políticas ya no sean las mismas. Me huelo que el barbitas pronto se autoproclamará como luz que nos ha sacado del túnel, y que nuestro primitivo sistema democrático lo volverá a llevar al poder a pesar de las mentiras, la manipulación, y el haberse cargado y mantenido en jaque a nuestro malogrado estado de bienestar.
La Europa económica, nunca real, se agrandaba con quince países, mientras que la Gran Bretaña que siempre nos mira con ese aire de indiferencia y desconfianza, se acercaba un poquito más por obra y gracia del Eurotúnel.
En Oriente Medio, Yasir Arafat continuaba con su lucha por el reconocimiento del pueblo palestino, y algunos lo alentaban con un Nóbel,  mientras la guerra fría empezaba a formar parte ya de los libros de historia, pues se retiraron ya los últimos soldados "soviéticos" del Berlín oriental, y la aparente nueva amistad entre los gigantes norteamericano y ruso se escenificaba con un astronauta ruso subiéndose en una nave americana.
La importancia de llamarse Ernesto era evidente en países como México, Colombia o Panamá, pues unos tocayos de apellidos Zedillo, Samper y Pérez, respectivamente, se hacían con el poder.
Y como siempre, teníamos que mirar de reojo a donde casi nunca miramos, pues bofetadas de mala conciencia nos llegaban desde Ruanda, donde uno de los peores genocidios del siglo se producía mientras el mundo miraba de brazos cruzados. ¿De verdad hemos cambiado?
Conocíamos algunos a los que con el tiempo se convertirían en favoritos: Ricardo Arjona o Laura Pausini (qué conmoción al saber que el padre de Marco se lo llevó lejos sin contar con él), y Kurt Cobain se unía a esa larga lista de mitos que se van jóvenes, o mejor, esa larga lista de jóvenes que se van jóvenes y se hacen mitos.
Estoy hoy aquí para recordar una de las mejores canciones de finales de siglo, y para mí, la mejor de 1994: Alegría, del Circo del Sol, una canción escrita en italiano, español e inglés, apostando desde su base por la universalidad, y que hace referencia al que es quizás el sentimiento más deseado, suponiendo que la felicidad nunca es completa y por tanto utópica. ALEGRÍA.
 
                  
 Aunque la canción está escrita en tres idiomas, esta vez no lo vamos a tener demasiado complicado, pues la letra en español es una traducción literal del italiano, y es el párrafo en inglés el que varía ligeramente.

Alegría
Come un lampo di vita
Alegría
Come un pazzo gridar
Alegría
Del delittuoso grido
Bella ruggente pena, seren
come la rabbia di amar
Alegría
Come un assalto di gioia
Alegría
I see a spark of life shining (veo un chispazo de vida que brilla)
Alegría
I hear a young minstrel sing ( escucho un joven juglar cantar)
Alegría
Beautiful roaring scream of joy and sorrow (un grito clamoroso y bello de felicidad y dolor)
Alegría
so extreme, (tan intenso)
There is a love in me raging (hay amor en mi rabia)
Alegría
A joyous magical feeling (un sentimiento mágico de gozo)
Alegría
(ITALIANO)
Como la luz de la vida
Alegría
Como un payaso que grita
Alegría
del estupendo grito,
de la tristeza loca, serena,
como la rabia de amar,
Alegría,
como un asalto de felicidad.
(INGLÉS)
La alegría. Y cada uno de nosotros la encuentra de vez en cuando, algunos con más frecuencia que otros. La encontramos de manera pública o privada, manifiesta u oculta, individual o colectivamente, como cuando España o cualquier país se une celebrar victorias deportivas que son las hazañas épicas de nuestros días.
 En el año 94, todo un país veía  atónito cómo Luis Enrique sangraba después de que un jugador italiano le propinara un codazo ante los ojos ciegos de un árbitro húngaro, y España se quedaba de nuevo en cuartos de final en un mundial. La alegría se producía entonces, y muchas otras veces, de un sentimiento en común con muchas otras personas, de una rabia compartida, de una épica colectiva, por frustrante que resultara.

                                     
  La alegría a veces es tan íntima e intransferible que resulta indecible. Uno se alegra por el simple hecho de abrir unos ojos adormilados y saber que el día promete, con la seguridad de que las posibilidades de que el día se estropee, rondan un escaso 0.1%, y que aún así, de cumplirse el 0.1%, nuestro escudo de alegría absorberá esa decimilla con herramientas como el relativismo, las ganas de resolución, y la euforia que todo lo irradia.

La alegría de los niños corriendo unos tras otros, apenas frenados por una risa que duele en el vientre, que les encoge el torso y termina paralizando sus piernas, más alegres aún cuando pierden en el corre que te pillo.
                                       


La alegría de la organización colectiva, de la euforia de que se está construyendo algo nuevo: una reunión, un viaje en común, una cena de muchos, un brindis al aire, una cena de nochevieja, el vértigo de mirar al nuevo año con miedo por su extensión pero con todos nuestros propósitos en mente, sin saber que el día dos de enero se explotarán en la rutina, como una pompa de jabón que sale espléndida y que termina muriendo sin aparente motivo antes de alejarse unos centímetros de nuestros labios.

      MECANO      Un año más
 
    La alegría llega sin avisar: se te instala en el alma como un invitado que no sabes cuándo se irá, pues la visita es tan intensa que lo abrazas sin plantearte si el momento tiene un fin.                                                                                                                                                                                          
 
 A Silvia, aferrada al amor de Cristian y al momento en que cada viernes regresara de su trabajo en Londres, la alegría le llegaba a través de corazones en el whatsapp (busca Little Talks en este blog), y en poco tiempo, cansada de alegrías mentirosas, la alegría se disfrazó de unas irreprimibles ganas de aniquilación. La nada, la transparencia del vacío se convirtió en alegría.
Enrique, cansado de buscar los besos de Vanesa por el pueblo, sintió una alegría jamás vivida cuando la expulsó de casa de su madre y al día siguiente despertó solo en la cama. Le sobraba espacio y sus piernas se movían por todos los rincones de la cama, y gozaban ante la sensación de encontrarse la una con la otra, sin prisas porque desde entonces ya no tendría que vestirse y calzarse a toda prisa en busca de un beso perdido. Busca Impossible en este blog.
Rocío conoció una íntima alegría a los cincuenta largos. Al reemprender sus quehaceres en un nuevo pueblo donde nadie la conocía, lejos del recuerdo del único hombre que la desvistió, bebía la alegría de compartir la comida que prepararía cada día con  su vecina Mimi, que decían por ahí que había sido puta, pero ella no creía esa historia, pues Rocío aprendió a decidir lo que era verdad y lo que no, y pensaba que sus tres hijos eran felices, que Carlos era un enamorado que pronto encontraría alguien mejor que María, una muchacha más sencilla, que saliera menos y que fuese más leal con su hijo, que era un portento. Que Toni, su amanerado hijo, necesitaba un par de años más para hacerse hombre, que pronto la voz se le masculinizaría, que quizás cuando encontrara novia su cuerpo se agrandaría a base de deseos sexuales. Que Barto pronto crecería y se parecería más a su amigo Mike, que se estaba quedando muy niño y muy gordo, pero que el tiempo y la paciencia eran la mejor medicina. Todo lo resuelve el tiempo se decía la señora. Alegría.
Mimi gozaba en su cocina. Michael se la cedió con gusto. Padre e hijo le daban toda la mañana para idear una nueva receta. Se grababa a Arguiñano cada mañana y sonreía al pensar que si los manjares de hoy eran una exquisitez, con los de mañana sus hombres Michael y Mike rebañarían los platos, y a ella se le caerían las bragas en ese orgasmo gastronómico diario.
Carlos conoció la alegría en multitud de ocasiones: cuando una americana generosa le aprobó su tesis doctoral, cuando le regaló una casa en la playa, cuando conoció a su amigo Michael, propietario de una casa también donada por la americana generosa. Pero su mayor alegría  la conoció en un curso sobre Platón en la facultad de Granada. María, la bella dama sin piedad, se sentó frente a él con las piernas cruzadas a lo Sharon Stone, pero con bragas de color rojo, y le sonrió para bajar con él la cuesta de la facultad, y llegar rodando hasta su mismísima cama de estudiante soltero y virgen.
Jaime, con una niña en brazos y una mujer impedida  en la cama, recuperó la alegría cuando llamó a un camión de mudanzas y metieron muebles, recuerdos y libros bajo sus órdenes. Llegó al pueblo de la costa, y nunca más dejó de oler a mar, y sus vecinos los recibieron con los brazos abiertos. Obtuvo un nuevo mejor amigo llamado Michael, a pesar de las reticencias de Carlos, que nunca demostró demasiadas simpatías hacia el pobre Jaime, que se esforzaba por gustar a todos sus vecinos. Fue una alegría intensa y persistente, producida por la asimilación de que la triple paga que le venía del estado por enfermo de narcolepsia, por la ley de dependencia, y por el hecho de que su mujer fuera víctima de terrorismo le habían solucionado la vida, y que nunca más pondría pilas a los relojes, porque nunca más se despertaría de manera artificial.
Cristina conoció la alegría al descubrir los muchos y sorprendentes espacios de placer que su cuerpo guardaba, y que Almudena se encargó de destaparle. Busca Please don't say you love me en este blog.
Y tú me das la alegría cada vez que te asomas a mis ojos, y te colocas la careta de payaso, te toco la nariz y me mojas la cara, te abro las manos y de ella salen corazones saltarines que me como con los ojos, abres tu boca y vas sacando papelitos de colores que repiten que me quieres, y los corto para leerlos con mis oídos, me pones las manos en tu peluca de colores y me conduces a la caja donde el cuerpo se me corta en pedazos, me clavas espadas de amor y no me matas, disparas dardos alrededor de mi cuerpo y yo permanezco erguido y sin miedo a que me mates, me conduces por una cuerda fina y estrecha de la que nunca caigo. Eres un elefante que me pisa y no me aplasta. Sabes que de niño les tenía miedo a circos y payasos. Sabes que tengo las entradas compradas, esperando que nos acompañes por fin, que no hay miedo ni tristezas con tu alegría.
 
          
                                                       
                                 






 
 
 

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