... TRES POLILLAS QUE DE TANTO DAR CONTRA EL CRISTAL, SE HAN COLADO EN LA BOMBILLA: MECANO.
Parece que sí, que ese día que un día llegaría, llegó, y lo peor de esas llegadas es que uno no sabe cuándo ocurrió, y sólo se da cuenta de que ocurrió cuando mira hacia atrás, y parece que ya no hay remedio. Pero no penséis que voy a creer a pies juntillas todo lo que me digáis. Por vuestra culpa, me pasé toda la infancia pensando que las lesbianas son mujeres poco agraciadas que no gustan a los hombres, y que no tienen más remedio que relacionarse entre ellas. Son cosas de las épocas, no os voy a dejar de querer por eso, pero ahora sabréis bien que la homosexualidad no se elige por defecto, que es más bien algo natural, como tener los ojos azules, o las piernas largas. Hablo de aquella horrible frase "si no gusto, ya sé lo que hay que hacer".
Y de la misma manera que ya no me creo aquella frase, no me creo que seáis más que tres polillas que de tanto dar contra el cristal, os habéis colado en mi bombilla. No fue pronto, fue más bien tarde cuando no quedaba más cerilla y era el dedo lo que ardía. Pero tampoco os voy a creer en eso; el dedo no os ardió: apagasteis la cerilla. Hay cosas que suben y no tienen por qué descender, porque le pueden a la gravedad, y vosotros, polillas, sois de ésos. ¿Tanto miedo le daba la altura a esta cordada? ¿Qué os pasó? ¿No dejasteis de miraros los pies? La tortilla dio la vuelta y muchos más de tres se quedaron en cubierta, gritando que volvierais a coger el timón, el uno, el dos, el tres y el mil, y el millón, y a todos nosotros nos seguía interesando escuchar, que ni escondite inglés ni nada, al pilla pilla rumores que si volvéis que si reeditáis. La foto no os hace justicia porque no refleja cuántas historias nos dejasteis, de cuántas cosas hablasteis, ni sabe la foto de cómo el aceite de ese quinqué nunca se agota, porque no dabais contra el cristal, teníais el mejor de los poderes: el uno, la palabra, el dos, la música y el tres, la voz. Puede que sí, que os enciendan para que se os vea desde fuera, como la luz de la nevera. Es lo que me pasó a mí cuando hace unos días fui a la casa donde pasé parte de mi vida y entre mis antiguos CDs, os encontré. Tenéis que saber que a la nevera se va a beber y comer y que de vosotros aún me bebo de qué está hecho el aire, que si el invierno viene frío, quiero estar junto a ti, y lo bien que lo pasan los muertos en ese cementerio cuidado por doce apóstoles de verde, que Salvador Dalí debe de haberse reencarnado ya, que una de esas estrellas que en Madrid no se ven debe de ser Laika, que no llores más niña de piedra, que Miguel no va a volver, qué tirria le cogí al mar, y que probablemente puedo ser yo ese algo con tendencia a quedarse calvo de... tanto recordar, pero es que quince mil encantos son muchos encantos, que no hay manera de detener cien palomas al vuelo, que el Sida es el virus del amor, no el de la aberración, y ya hemos aprendido a ponernos el condón, y qué mierda con el caballo, cuánta gente se ha cargado y cuántas familias se han roto, y cómo se ha metamorfoseado en drogas de diseño, y no sé cómo va el tema, pero ya no se les ve en las calles, y no, aquí en España ya no se cuentan los muertos de Eta, y ojalá nunca volvamos a contarlos, porque nunca deberíamos decir qué más da, que sigamos celebrando el siete de septiembre, que sin ti la vida es un cero, aunque no hayas viajado a Venus en un barco, y te hayas levantado pensando que hay un maromo en tu cama y te has vuelto esterosexual, que todavía soy ese niño que la luna mece cuando mengua, que una rosa, no es más que una rosa, y que os voy a seguir mirando en la nevera desde fuera, con maquillaje o sin maquillaje, que si de este mal de amores yo me fuera pa la tumba, a mí no me manden flores, que como dice esta rumba, aquello de hoy no me puedo levantar no es ninguna chorrada, otra vez me queríais engañar...
Estaré atento por si volvéis al local, que no puedo remediar esa sensación de que se me empañe la mirada, con lágrimas de agua pasada, despintando la fachada.
Gracias Ana, Nacho y Jose, por ser la bombilla que espantaba mis polillas, por ser un quinqué que nunca se apaga, por ser la cordada que nunca se mira los pies. Gracias.





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