Mimi llegó cansada. Le pesaban los zapatos cansados de sostener la gravedad. Le pesaba el cielo sin estrellas, posado sobre sus sienes. Le pesaban los anillos de Saturno y los iba perdiendo en cada paso. Mimi abrió la puerta y se tragó de golpe el "ya estoy aquí" ensayado en el ascensor. Desde que se trasladaron a Madrid para intentar ser anónimos, sus dos ojos se escurrían en sendas arrugas que amenazaban con hacerse infinitas, como el cielo sin estrellas y Saturno sin anillos. Mimi llegó cansada y se quitó los anillos. Los de los dedos. Los zapatos. De sus pies. Y vomitó el ensayado "ya estoy aquí" con un portazo y varios insultos a padre e hijo. El piso apesta. Las camas están sin hacer. Los platos sin fregar. Os habéis dejado una lavadora puesta durante tres días. Cerdos. Y por mucho que le pesaran los anillos sin gravedad, el cielo que caía, y el suelo tan cerca de las sienes, se despojó de sus prendas de mujer anónima, se ató el delantal, se remangó el suéter de andar por casa, y limpió y recogió toda la mierda que padre e hijo habían acumulado en su ausencia. En una caja de pizza leyó unas líneas que quizás Michael hubiera escrito para ella, pero la puta realidad no le permitió ver más que el lavavajillas esperándola y exclamándole, aquí estoy, soy tu solución...
Con el pisito limpio y ordenado, los gandules escondidos en sus habitaciones, y el silencio victorioso en aquel tercero a, Mimi terminó de quitarse toda la ropa y encendió el chorro de la ducha con los brazos estirados, apoyada sobre la pared, con la mirada fija en sus picaduras de mosquito, todas inexistentes, que en Madrid no te pican los mosquitos, y yo sigo sintiendo lo mismo, que me pican, que me pican, zumbando mi zozobra, dibujando mi vida en líneas zigzagueantes que llevan a ninguna parte, y aquí estoy, sin saber decir me voy, que he puesto una mosquitera en la ventana, pero los mosquitos me traspasan y me preguntan cuándo te vas a ir de aquí.
Tú, Michael, que llegaste a mi ombligo cuando ya no le quedaban anillos a Saturno, cuando Plutón dejó de ser planeta, cuando el sol nos consumió a todos y ya no éramos, ni tú ni yo, ni sombra de nosotros.
Me quedan los sueños, eso sí, no te escondas en ellos que son tan cortitos, no te escondas, por favor, que son tan chiquitos y apenas te toco.
Y ya sé que si me escapo te busco, y si me caigo te levanto, y si se me cae este cielo encima, no veré tus brazos extendidos para que no todos los anillos de Saturno se me estrellen en el cogote. Y ya sé que a veces no eres tú el de los sueños, pero cuando me despierto, eres tú a quien miro, y eres tú a quien imploro que no te me escondas en los sueños, que son tan cortitos, por favor, no te escondas, que son tan chiquitos y apenas te toco.
Y cuando de repente decido hacer la maleta, empezar por cuarta vez, que a la tercera no va la vencida, me mando callar, y me digo que aquí puede que haya mosquitos, pero ahí fuera hay vampiros, y yo sin crucifijos ni ajos ni sol. Y aquí tengo mis sueños, y al despertar imagino que sois alguno de vosotros los que los habitasteis, y es a ti a quien ruego que... no te escondas en ellos, en ellos también no.
Me miro al espejo cuando el vapor de la ducha lo ha escondido todo, que yo me escondo en las realidades para que tú no te me escondas en los sueños chiquitos, y cuando mi boca se hace paso entre las tinieblas del baño, se me escapan los deseos de la boca, toman forma en pompas de jabón, y a cada suspiro se estrellan contra la cisterna del retrete, abanderada ella de esta puta realidad. Pero me mando callar, que ya es de noche, y me has prometido que esta noche vas a venir a verme en mis sueños chiquitos, sí, por favor, que me lo has prometido, mira como tengo la piel, de tanto mosquito zumbando, de tantos deseos tirados al pozo, de tanta vida en zigzag.
Y al ponerme las zapatillas de señora, yo, que no me lo voy a creer nunca, me digo me voy, que aquí no hay amor, ni nada que nos una, pero me mando callar, que esta noche, ya casi no importa cuál de vosotros dos, alguien se va a acercar a mis telas, y me tejerá fundas de primavera, y Marte de rojo, y Saturno con anillos, y Plutón siendo un planeta. Que alguno de los dos, en las horas oscuras, me quitará las hojas y se meterá en mi mar, donde no viven mosquitos, hasta hacerme dormir, sin que nadie nadie nadie sepa dónde estoy, ni adónde voy, y si te posas, u os posáis en mí, hacedlo despacio, que yo os tragaré gruesa y profunda, haciendo de todos mis planetas una sola galaxia, que ya no me queda corazón ni anillos en Saturno, pero el sol se me expande dentro y no quiero que me encuentre sola esta insolación. Y si este dedo sabe hacerlo, venid los dos a mis sueños, a ver si lo hacéis mejor, que mi corazón ya no sabe de emociones, pero en mis días tristes mi imaginación fabrica sensaciones, y aquí estoy yo adelantándome a lo que habéis prometido hacerme esta noche. Y cuando por fin los planetas se estrellan en mis galaxias, y uno y dos y así hasta siete u ocho, o más, o muchos, siento que te vas a esconder en mi sueño, y decido que es mejor marchar, pero me mando callar, y me digo que me quedo, que no quiero vampiros, y quizás me equivoque y esta noche sí aparezcas, y me ancles a tus piernas, y me mandes callar, a mí y a esta soledad, a esta soledad y a mí, callar, callar.
Y me mando callar por si tú no lo haces en mis sueños chiquitos. Sshhhhhh, calla, y guardo la melancolía en el diario de un veintinueve de febrero, y me mando callar, con la valentía convertida en picadura de mosquito, shhhh, ojalá vengan pronto los sueños chiquitos, allí te espero, allí os espero, y comienzo a dormir, una nana me cantan los mosquitos sibilantes.
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Just My Imagination, The Cramberries (1999) y Deseos de cosas imposibles, LODVG (2003), reeditado en su actual álbum, En Primera fila, junto al argentino Abel Pintos.





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