Hay canciones intocables. Otras se pueden tocar. Hay canciones que, como el vino, mejoran con los años. Si alguien se atreve a tocar ésta, podrá hacerlo bajo una única condición: mejorarla. Y oído lo oído, será un auténtico reto.
El maestro de ceremonias fue Miguel Bosé, que nos la presentó en 1992 como primer sencillo del disco de estudio Bajo el signo de Caín. La compusieron el mismo Bosé, Lanfranco Ferrario y Massimo Grilli.
Para la edición internacional del álbum, se editó una versión en italiano titulada "Si Tu Non Torni". Pero también puedes escuchar una versión en francés (Ne me reviens pas) y en inglés (They're only words).
El flechazo
El día en que Lourdes vio a Raúl sentado con su ordenador, su amiga Sonsoles hizo que la acompañara al servicio, ese juego de chicas sobre ir juntas a hacer pis, quién lo inventó, quién lo inventó que sólo sirvió para que cuando Lourdes saliera del servicio, Raúl hubiera desaparecido. Lourdes no culpó a Sonsoles, faltaría más, su amiga del alma que siempre estaba al pie del cañón y bajo el quicio de la puerta para prestarle suavizante, o para prestarle algún vestido, que a ella la plancha se le acumulaba en la tabla. Las pupilas dilatadas de Lourdes escanearon el escenario: Raúl no estaba, ni su ordenador, ni los corazoncitos imaginarios que su estómago dibujaba en cien metros a la redonda. Lourdes buscó al final del pasillo el cabello de Raúl acostado en su cuello, sus atuendos informales, a Raúl que aún no tenía nombre, y a ella misma, que dejaba de ser Lourdes y empezaba a ser Raúl, pero aún no lo sabía. Recorrió el pasillo como metida en una lengua de vaca infinita, y rumiaba el momento, el momento, y el momento de ahora o nunca le parecía una lucha contra el destino para inaugurar un nuevo universo en el que tuviera que inventar el nombre de todas las cosas, inventar un nuevo color que sólo ella había visto, y un nombre, un nombre para él, Raúl. No era mucho pedir encontrarle, y allí estaba Sonsoles, que suavizaría su desespero y le prestaría el traje de Inspector Gadget para averiguar quién era, adónde iba y cómo se llamaba: Raúl.
Lourdes lanzó tweets de amor por todo el universo, lenguas de vaca que captaran la atención de Raúl, gancheto corazones para atraparlo en sus pupilas, en sus entrañas, en todos los pasillos infinitos que condujeran a su paraíso.
Raúl respondió. Nunca una mujer lo había halagado tanto. Un mexicano afincado en Estados Unidos, heredero de una fortuna que aunque hacía aguas por todos lados, resultaba un pastel a todas luces apetecible. Para él. Porque Lourdes sólo quería amor, del puro, del ingenuo, del que ofrece sin pedir, del que necesitas expresar sin temor al zarpazo del rechazo, que es más grande el sentimiento que sus daños colaterales.
Raúl dijo sí. Algún día volvería a España. Mientras tanto, se enseñaron los mundos y otros miembros mediante el dios Skype, y los pasillos se inundaron de grafitis callejeros donde sólo cabían dos nombres y ningún mundo. Raúl y Lourdes. Lourdes y Raúl. Shhhh, pero no se lo digas a nadie, que si el mundo se entera de tanto amor, querrá destruirlo para convertirlo en otro tipo de energía, que ya sabes lo que pasa con la energía, que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma...
En el año 2006 se destapó la cosecha del 92, y el dúo Sin Bandera lo incluyó en su álbum "Pasado":
Mientras, Amaral, junto al cantante mexicano Chetes, hacía un inigualable cover para la película también mexicana Efectos Secundarios, y que no incluyo aquí porque al parecer está bloqueado en España :(
Así que al año siguiente, Miguel Bosé reivindicó su propia cosecha y la incluyó en Papito, a dúo con Shakira, sin saber que (para los shakiradictos) le entregaba a Ella la mitad de la canción. El susurro de Shakira al principio contestando una llamada lejana que parece rebotar en el infinito (sí, Miguel??), su voz mucho más suavizada que en el resto de las canciones, y sus gritos desconsolados del final, hacen de la canción, un auténtico hito en el pop puente entre España y América Latina.
El amor: a los apóstoles se les olvidó mencionarnos.
Con las cartas en la mesa (nombres, edades, trabajos, aficiones, escritores y músicos favoritos, preferencias sexuales y culinarias y muchos otros palos de la baraja), comenzaron los te quiero, las promesas del retorno a España de Raúl, pero sobre todo y ante todo, la sensación de que el universo se había vuelto a formar tras el caos del pasillo en forma de lengua de vaca. En Raúl y Lourdes no cabía otro universo más que el conjuro de sus pupilas, las miradas yendo y retornando y engordando y alimentando en gerundio el sexo y prometiendo y deseando y en gerundio viviendo el futuro que llegando cada día en gerundio alimentando. Lourdes perdiéndose en la barba de Raúl, y no sabiendo si él se está dando cuenta que se pierde en otro bosque y escuchándose gimiendo cerrando las ventanas de sus cuartos y así encerrando sus vidas en la pantalla del ordenador, y volviendo a empezar, mañana que es gerundio, y perdiéndose, más que perderse Lourdes no quiere perderse, sino cerrando los ojos, imaginando, siendo, devorada, hasta que su nombre, amando, no se pronuncie de otra forma que no sea r-a-ú-l. Si te tengo esta noche, convierto tus rodillas en mi cielo, y apagando el skype, batería, mierda, dónde he puesto el cargador, no me quedan megas, cabrones los de las compañía telefónica, necesitas tarifa plana, y los deseos chocando, en gerundio, muriendo, desapareciendo, como el mosquito que se estampa contra el coche a cien por hora.
Suena el teléfono. ¿Sí? ¿Raúl?
La llamada
Algo en el tono de él. Demasiados intervalos de silencio. Qué pasa. Sé que hay algo que no alcanzo a comprender. Empieza mi nerviosismo, mi absentismo laboral, empieza a marearme la lengua de vaca, el universo se ha enterado de lo nuestro, de repente somos parte del viejo o del nuevo testamento, empiezo a temblar, empiezo a llorar, empiezo por ti, Sonsoles abre la puerta...
- ¿Qué ha pasado, mi niña?
- Ahhh, no lo sé, me dijo que no podía hablar, no lo sé. Hay algo en él que no me cuadra.
Sonsoles la abraza pero Lourdes no se deja atrapar por el cariño de su amiga. Hace tiempo que en su universo no caben más que las manos de Raúl.
- Mira- le dice Sonsoles, que se vuelve solemne- tengo una amiga, ya sabes, Vanessa, ella se fue a Nueva York con un chico. No lo pensó dos veces. Tú tienes que hacer lo mismo. Estáis en un punto muerto, y tenéis que veros, sentiros, saber qué hay de cierto en todo esto.
Pero en el universo de Lourdes no cabe el mañana. Cabe el aquí y el ahora. Los silencios de la llamada. La prisa. El tono distante. Algo cambió. Lo sabe, porque lo conoce. Arden los elementos en ella, las cosas pierden el nombre, el cielo se ha roto, y el mundo se ha vuelto participio.
Llama y el teléfono está apagado. Los mares amenazan con secarse. Lourdes se ha tapiado al fondo de algún recuerdo. No tiene perro ni horizontes que espiar, pero su voluntad se ha hecho pequeña, y la lleva a la cama, al insomnio y al hambre. Se han quedado los desiertos, y de vez en cuando vuelve a marcar el número de él por si algún latido le queda a esta tierra, y esa estrella que se ve por la ventana, ¿no la ves? mira hacia tu oeste, se llama Venus, y ya sabes... no es una estrella, sólo es un planeta, ¿no te avisó la Biblia?Sólo quiero que te cuente cómo estoy, y sepas lo que hay...estoy aquí...¿no ves? ¿no ves?
Y de tanto pedir al cielo que Raúl abriera los ojos para verla, Lourdes dejó de ver el universo para ver lo que su mente quiso ver...


El amor: a los apóstoles se les olvidó mencionarnos.
Con las cartas en la mesa (nombres, edades, trabajos, aficiones, escritores y músicos favoritos, preferencias sexuales y culinarias y muchos otros palos de la baraja), comenzaron los te quiero, las promesas del retorno a España de Raúl, pero sobre todo y ante todo, la sensación de que el universo se había vuelto a formar tras el caos del pasillo en forma de lengua de vaca. En Raúl y Lourdes no cabía otro universo más que el conjuro de sus pupilas, las miradas yendo y retornando y engordando y alimentando en gerundio el sexo y prometiendo y deseando y en gerundio viviendo el futuro que llegando cada día en gerundio alimentando. Lourdes perdiéndose en la barba de Raúl, y no sabiendo si él se está dando cuenta que se pierde en otro bosque y escuchándose gimiendo cerrando las ventanas de sus cuartos y así encerrando sus vidas en la pantalla del ordenador, y volviendo a empezar, mañana que es gerundio, y perdiéndose, más que perderse Lourdes no quiere perderse, sino cerrando los ojos, imaginando, siendo, devorada, hasta que su nombre, amando, no se pronuncie de otra forma que no sea r-a-ú-l. Si te tengo esta noche, convierto tus rodillas en mi cielo, y apagando el skype, batería, mierda, dónde he puesto el cargador, no me quedan megas, cabrones los de las compañía telefónica, necesitas tarifa plana, y los deseos chocando, en gerundio, muriendo, desapareciendo, como el mosquito que se estampa contra el coche a cien por hora.
Suena el teléfono. ¿Sí? ¿Raúl?
La llamada
Algo en el tono de él. Demasiados intervalos de silencio. Qué pasa. Sé que hay algo que no alcanzo a comprender. Empieza mi nerviosismo, mi absentismo laboral, empieza a marearme la lengua de vaca, el universo se ha enterado de lo nuestro, de repente somos parte del viejo o del nuevo testamento, empiezo a temblar, empiezo a llorar, empiezo por ti, Sonsoles abre la puerta...
- ¿Qué ha pasado, mi niña?
- Ahhh, no lo sé, me dijo que no podía hablar, no lo sé. Hay algo en él que no me cuadra.
Sonsoles la abraza pero Lourdes no se deja atrapar por el cariño de su amiga. Hace tiempo que en su universo no caben más que las manos de Raúl.
- Mira- le dice Sonsoles, que se vuelve solemne- tengo una amiga, ya sabes, Vanessa, ella se fue a Nueva York con un chico. No lo pensó dos veces. Tú tienes que hacer lo mismo. Estáis en un punto muerto, y tenéis que veros, sentiros, saber qué hay de cierto en todo esto.
Pero en el universo de Lourdes no cabe el mañana. Cabe el aquí y el ahora. Los silencios de la llamada. La prisa. El tono distante. Algo cambió. Lo sabe, porque lo conoce. Arden los elementos en ella, las cosas pierden el nombre, el cielo se ha roto, y el mundo se ha vuelto participio.
Llama y el teléfono está apagado. Los mares amenazan con secarse. Lourdes se ha tapiado al fondo de algún recuerdo. No tiene perro ni horizontes que espiar, pero su voluntad se ha hecho pequeña, y la lleva a la cama, al insomnio y al hambre. Se han quedado los desiertos, y de vez en cuando vuelve a marcar el número de él por si algún latido le queda a esta tierra, y esa estrella que se ve por la ventana, ¿no la ves? mira hacia tu oeste, se llama Venus, y ya sabes... no es una estrella, sólo es un planeta, ¿no te avisó la Biblia?Sólo quiero que te cuente cómo estoy, y sepas lo que hay...estoy aquí...¿no ves? ¿no ves?
Y de tanto pedir al cielo que Raúl abriera los ojos para verla, Lourdes dejó de ver el universo para ver lo que su mente quiso ver...







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