Sigo desgranando el álbum de La Oreja, En Primera Fila, que, os recuerdo, no sólo contiene El primer día como canción inédita, así que os invito a regalarlo o auto-regalároslo para estas Navidades, aunque como dice una página que he leído (jenesaispop.com), los fans de la Oreja se las ven y se las desean para comprar todo lo que sacan y re-sacan, en directos, recopilaciones, primeras y últimas filas. Aquí tenéis la letra, algo distorsionada, del cuarteto Leire-María-Natalia-ukelele.
La María de Leire y Natalia llega tarde a casa con la bruma del mar, sin rumbo, insomne y confundida. La rabia enroscada que trae no la ha cogido en la calle de forma fortuita, sino que la trae incrustada en el alma, que debe de ser ese sitio donde duele dentro. Y para no despertar a la noche, entra despacito en casa, sin hacer ruido, para que la magia no se esfume, que ella sabe que lo que va a vivir es mentira, es mentira, pero prefiere mil mentiras a su sola verdad; ésa donde se le enrosca la rabia, donde siempre es de día, donde no existen sueños, esa verdad no la quiere. Y aparece en casa como un fantasma, expulsada sin empirismo alguno de un bostezo de la luna, o de la media vida que a la visión impone esta niebla de diciembre. Despeinada, descalza, como Eva, corre hacia él como la primera mujer corrió al primer hombre y viceversa, a fundirse en sus brazos, porque sabe, o eso dicen, que el amor verdadero llega antes de los treinta, y lo toca, de noche, y se tocan, como nunca nadie lo hará, como aquella canción que una vez cantaron juntos que decía que el amor verdadero es tan sólo el primero, y así, contándose mentiras y adivinanzas variadas, se saben juntos, como siempre jamás, jamás, jamás. María se ruboriza porque el amor le sigue dando vergüenza, por algo tienen el récord del mundo en quererse, como decía aquella otra canción que cantaban por la mañana, cuando estaban vivos, y no se citaban de noche, en la bruma. Él la tranquiliza porque ella quiere que lo tranquilice, ya sabes que creamos sueños a nuestra medida, como zapatos el zapatero, y trajes el sastre, que cuando nos hacen un vestido sin costuras, deshilachado y espantoso, terminamos desnudos, y los llamamos pesadillas. Por eso, porque ella así lo desea, él le promete que todo irá bien, que las flores volverán a crecer en donde ella ahora llora, justo en ese punto kilométrico donde él dejó de ser visto. Con vida. La madrugada empieza a caer y ella permanece de pie, con la chispa, la magia, el recuerdo y la imaginación adecuados para llevarlo a su ventana. La vida -la muerte- le dan esa apariencia de habitar una emboscada, de andar entre el recuerdo, la vida, y el presente, la muerte. De él, el primero, el único, el irrepetible. Porque amar también es ser amada, y nadie le decía ni le dijo ni imperfecto ni perfecto, ni le diría, ni le dirá, ni futura, ni incondicionalmente, nadie como él, bostezaba unas palabras tan simples y honestas como... qué bonita es.
La noche, la niebla, la bruma y la luna empiezan a decir adiós, y la flor de la imaginación se va cerrando, se va cerrando, y no caben ni las vocales en los tequieros, que ya es de día, y es mentira que él esté, que es invierno, y es verdad que él se fue, que María ya no se mira en los charcos, porque ya no quiere saber si es bonita, porque él se fue, a las diez, un trece de marzo, y ella espera, espera, espera, pero es de día. Y no volvió.
Dedicado a todos los que esperan, que somos el 99.99 por ciento de la población. A ti, chico empollón, que te pasas media vida en tu habitación, y aún esperas a que tus padres te digan lo orgullosos que están de ti; a ti, chica guapa, que ya has adelgazado tres kilos y tus amigas aún no se han percatado; a ti, mujer, que trabajas a dos velocidades y esperas a que tus chicos un día te hagan desentenderte de lo que sin que nadie lo haya dicho en voz alta, se te ha asignado. A ti, que esperas un te quiero. Y a ti, que esperas lo que no puede venir.
María bien pudiera llamarse Sandra, como tú, que te quedaste esperando una noche de verano. Y nadie te puede acusar de que no has hecho intentos por rehacer tu vida; que nada más marcharse él a las diez de la noche te dedicaste a poner vuestro piso tal y como él quiso, con vuestras fotos en los conciertos de Madonna, con vuestros trofeos de tener el récord del mundo en quereros, pero no funcionó. Has hecho pilates, yoga, y últimamente te ha dado por el zumba, y ni por esas. Te hiciste adicta a leerme, tú, que presumías de no haber cogido un libro en tu vida, y luego llegaron García Márquez, Neruda y los demás, pero nadie, ni yo, ni nadie, te abrazábamos ni te abrazaremos como él. Pero nadie podrá acusarte de no haberte levantado, aunque te vuelvas a caer.
Porque lo sé, Sandra, o María, o como quieras que te llames, que la carne duele, que es ese pinchazo la insignia de lo que pudo ser y no fue, de los futuros rotos a tijeretazos del destino, y ahí, justo ahí, donde duele, está el alma, la tuya y la suya. Que esas manos tuyas se te vuelven cartón, de buscar con afán cada uno de los pelos de su pecho, buscando a tientas, a oscuras y ciega, buscando para no encontrar nada, lástima que no se puede, lástima que no se encuentra, lástima también, y qué hacemos, te digo, qué hacemos, si ni yo tengo las palabras ni el remedio, ni yo ni nadie, lástima, también. Y tú quieres que él sepa que el anillo que te entregó lo guardas entre tus faldas, que no puedes lucirlo, porque no tienes dedos de buscarlo a tientas, ni manos de buscarlo a oscuras, pero que lo guardas entre tus faldas, para que el destino no se lleve ni uno solo de tus recuerdos, ni uno solo de tus honores, y de los records de quereros como nadie en el mundo, y para acabar con mentiras, y más mentiras, lástima también, quizás hoy vuelvas, por ser diciembre.
A Sandra Puis.





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