Wednesday, March 20, 2013

ANIMAL: Maynard

Exitazo en Reino Unido. Intento de traspasar fronteras a otros países. ¿Desventajas? La edad, el físico, la música facilona; se rechaza últimamente todo producto que se pueda antojar repetido; en este caso, algunos lo comparan con Justin Bieber, aunque es obvio que ni se parecen, y que lo de categorizar o clasificar no es cosa buena. Y para refutar el vicio de clasificar, utilizaré yo una clasificación: si es británico, es diferente.
LETRA DE ANIMAL EN ESPAÑOL
Busco a una chica que he visto, pero ahora no está. Se siente bien a pesar de lo mal que me trató. Ella sabe lo que quiero pero no es buena conmigo. Ella consigue lo que quiere cuando me toca. Tendría que haberla conocido mejor, pero me quitó el autocontrol.
Te dejo robarme el corazón como un delincuente; no me harás creer que soy el único; agárrame del cuello y no te vayas; destrózame tanto que termine rogándote más; te dejo desgarrarme como un animal.
Sé que me acerco peligrosamente a la estela de los corazones rotos; espero que regrese para terminar lo que empezó. Nunca le veo las garras hasta que me toca. Me tiene cogido tan fuerte que se me hace difícil respirar. No le gano la partida, pero me hace sentir tan bien que no me importa la derrota.
Puedes desgarrarme como un animal, como un animal. Llévame a lo oscuro y nunca te vayas; me gustas más cuando me engañas como un animal.
 
RÍO DE JANEIRO, 1999. LA URUGUAXXA O MANTIS RELIGIOSA.
Fuera del club, el sol amenazaba con devolvernos a la puta realidad. Mis amigos se habían vuelto al hotel. Algunos solos y borrachos, otros con pareja y borrachos. Decidí quedarme en aquel antro donde yo me movía como un elefante en una cacharrería, pero allí sentado junto a la barra no llamaría la atención. En mi decisión pesaba la certeza de que algo estaba por venir, y no quería perdérmelo por nada del mundo.
La camarera se acercaba a donde yo estaba y con un trapo sucio ensuciaba homogéneamente toda la barra, haciendo círculos al mismo ritmo que circulaba sus caderas y me miraba desafiante. Parecía entrenada para hacérmelo. A MÍ. Terminó la limpieza y decidió ensuciar un poco más subiéndose en la barra y pisando fuerte con sus tacones, se marcó un baile del que yo sólo vi más círculos que olían a sexo, y lametazos a una barra de hielo mientras sonreía a un grupo de alemanes que se animaban a pegar porrazos en la barra. Yo quedé aturdido, sin saber si yo también debería haberme unido al rito de los golpes, pero como de vez en cuando me regalaba una mirada, acompañada de un lametazo a su gigante barra de hielo, apenas me quedaron reflejos para alzar la mano, y dejarla caer sin ganas sobre la barra. Empecé a dibujar círculos a mi alrededor, círculos de su boca en mi miembro, con su lengua fría, dibujando miradas de entrega absoluta, de dominio hacia quien había dominado todas las miradas de la noche. En un portugués algo extraño, la escuché decir: ¿Nunca os la han chupado con la boca fría? Y los alemanes reían y reían y sus voces luchaban a ver cuál resultaba la más contundente. Y como obedeciendo mis órdenes subliminales, la camarera se arrodilló y colocó el helado en un vaso vacío para darle sus últimos lengüetazos antes de aniquilarlo. Me miró perversa. Sentí que el siguiente sería yo. Apuré mi güisqui, y me dirigí al servicio a expulsar el penúltimo, y la cabeza empezaba a martillearme en protesta. El retrete apestaba, pero me quedé allí más tiempo del necesario pensando en los ojos gatunos de la camarera, y los hice míos durante un minuto, dueño absoluto de su boca fría y de su mirada esclava.
Salí abrochándome los botones de mis vaqueros, y en el pasillo LA encontré, pero no quisimos desviar nuestro destino y nos dejamos tropezar. El alcohol y el estupor me hacían verlo todo a cámara lenta. Eh, ¿acaso no ves por dónde vas? me decía arrastrando las palabras y abrochándome el último botón. Sonreí, y me quedé en silencio, sintiendo el infinito placer de su mano a milímetros de mi visible erección. ¿Argentina? Alcancé a decir. No, uruguaxxa, Montevideo. Ahá, provincia de Argentina, y la uruguaxxa me miró con tanto desprecio que consiguió desvanecer la excitante promesa de un placentero futuro. Lo siento, no ha tenido gracia. Ah, no te preocupes. Xo imaginé que tú eras otro gringo por la boca abierta de bobo que ponés. Y ella misma se encargó de cerrármela, posando sus largos y finos dedos en mis labios y en mi mandíbula. Y ella misma me llevó al lavabo donde estuve, conduciéndome de la mano, y caminando sobre sus tacones con la certeza de quien camina al paraíso sin tener que pedir permiso. Me volvió a desabrochar los botones y me la sacó para compartir el frío de la barra de helado, y al comprobar que babeaba, me miró como preguntando por el condón que guardaba en mi bolsillo. Ella misma me lo colocó, y por fin me hice dueño de su mirada esclava. O así lo sentía yo, victorioso. Desde esa posición, apenas podía poseer su cuerpo, y me conformé con empujar su cabeza hacia mí, con la esperanza de que se olvidara de su barra de hielo, y apurase la mía, ayudándome con apretones suaves en su cabeza y con furiosas embestidas de mis caderas. Notó contracciones y sacó su boca inmediatamente de mí.  Se bajó la falda, y se colocó desnuda sobre mi miembro, apoyando sus pies y sus manos en las cuatro paredes. Era una tela de araña girando en torno a mí. El placer era tan intenso y extenso (pues había traspasado lo genital) que empecé a gemir con desesperación, pero la mantis hizo una nueva contorsión sin salir de mí, para taparme la boca con sus manos, y me susurró: si mi jefe nos pixa, te cortá las pelotas, y continuó bañándose en mí con perfección, hasta que decidió satisfacerse del todo haciendo círculos otra vez dentro de ella, y tapando mi boca con sus manos, y tapando la suya con mis vaqueros, y provocando un mareo sublime en mi cabeza, que pedía aire a gritos antes de desvanecerme.
Y a medida que me venía, notaba como mi conciencia empezaba a desdibujarse aquejada de falta de oxígeno. La uruguaxxa me prestó su aliento, pero me quedé medio acostado sobre el apestoso retrete, viéndola vestirse, sintiendo que se volvía a la barra para seguir ensuciándola, y allí me dejó pasmado, enredado en el postorgasmo de una tela de araña. Devorado.
Al día siguiente volví. Pregunté por ella pero nadie me dijo nada, y no parecían echarla de menos, y volví a aquel servicio a revivir el polvo más alucinante de mi vida, con la sensación amarga de que hay cosas que sólo pasan una vez. Irrepetible, sentirse animal, casi morir de sexo víctima de una mantis. Animal.
 Otro dèjá vu. La sensación de encontrar durante un rato a la persona que más te haga retorcerte de placer, y no comprender por qué, por qué el paraíso se redujo tanto en el tiempo...

                                                             JOAQUÍN SABINA
 
 
 
Mantis religiosa
 

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