Es guapa, muy guapa, de hecho excesivamente guapa, pero no la elijo por eso, sino por su canción, porque estuve dudando si elegía su anterior We are never ever ever getting back together, pero tenía un defecto muy triste. ¿No te ha pasado que conoces a alguien y piensas -Qué simpátic@- pero cuando llevas un rato hablando con él/ella te dices -Agh, qué pesad@- y eso es lo que me pasó cuando escuché ever ever ever ever por enésima ever, perdón, vez. I knew you were trouble, en cambio, me resulta más melódica, más suave. Taylor Swift nos cuenta todo un clásico: chica guapa conoce a malote atractivo, que la lleva por el mal camino, hasta que por fin reacciona y se da cuenta de que sólo le trae problemas; supongo que a este guapo le dirá también aquello de "nunca, nunca jamás vamos a estar juntos otra vez", pero en este caso parece que se ha quedado con ganas de más, aunque sea para mandarlo muy, muy lejos.
Taylor Swift hablando al principio: Creo, creo que... cuando todo se ha acabado, todo te vuelve como en flashes, ¿sabes? Es como un caleidoscopio de recuerdos, simplemente todo vuelve, pero él nunca. Una parte de mí supo desde el momento en que lo vi, que esto pasaría. No es por algo que él dijera o que hiciera; era como una percepción que acompañaba al momento, y lo peor de todo esto es que no sé si me volveré a sentir así, pero no sé si debiera... Sabía que su mundo se movía demasiado rápido, que ardía demasiado, pero yo me decía... ¿cómo puede el demonio estar empujándote hacia alguien que parece un ángel al sonreír?. Quizás él lo sabía cuando me vio.
Supongo que simplemente perdí el equilibrio. Creo que lo peor de todo no fue perderlo a él, sino perderme a mí.
Taylor Swift canta: Érase una vez, hace unos cuantos errores, me tenías en el punto de mira, me pillaste sola, me encontraste, me encontraste, me encontraste. Supongo que no le diste importancia, y supongo que eso a mí me atrajo, pero cuando me enamoré de verdad, tú diste un paso atrás, sin mí, sin mí, sin mí.
Ya hace tiempo que se fue, pero cuando está cerca de mí, me doy cuenta de que la culpa es mía. Porque sabía que eras un problema cuando entraste, y la culpa la tengo yo. Me empujaste a lugares donde nunca he estado, y ahora yazco en este terreno frío y duro, problemas, problemas, problemas, ... Sin disculpas; él nunca te verá llorar, disimula para que él no sepa que él es la razón por la que te estás ahogando, te estás ahogando, te estás ahogando...
Y dicen por ahí que seguiste adelante, otra muesca en el cinturón (otra chica más) es lo que yo voy a ser siempre, y ahora lo veo, lo veo, lo veo...Hacía tiempo que se fue. Me estaba tomando el pelo desde el momento en que me conoció...
Cuando tus peores miedos vengan arrastrándose (reconociendo) que nunca me quisiste, ni a mí, ni a ella, ni a nadie, ni a nada...No sé si uno sabe quién es hasta que se pierde a sí mismo...
LA ENORME LUNA DEL ASCENSOR: MARÍA
Ojalá María hubiese alquilado un piso diferente, aunque fuera en la misma calle, pero en otro edificio. Hay que ver lo que es el destino... y lo que te puede hacer la luna del ascensor. Y es que María vino a Barcelona con la idea DE NO MÁS DRAMAS EN SU VIDA, SÓLO COMEDIAS, pero a cambio se encontró con la tragedia de la enorme luna del ascensor.
Al subir por primera vez, María se adivinó guapa, alta, esbelta, y se sonrió a sí misma en un juego de sonrisas infinitas, sólo posibles con el móvil apagado. Limpió el piso de arriba abajo, por supuesto con el móvil apagado. Se duchó y planchó el que sería su vestido para la entrevista con la chica de la editorial. Antes de irse a dormir, se tomó una dormidina para relajar su conciencia, y encendió el móvil. Veinticinco llamadas perdidas de Carlos. María lo llamó y le dijo rotunda que había llegado la hora de trabajar duro, que muy pronto se verían de nuevo.
Al día siguiente, Lola, la jefa de la editorial le dijo que no podía empezar aún como correctora, pero que, con semejante currículum, le daba una semana para traerse una buena historia, una de mujeres, femenina, escrita por y para mujeres. Y María se fue pensando en que podría disfrutar durante siete días de su ciudad favorita, con permiso de la luna del ascensor.
Mientras subía al cuarto piso, miró el móvil con cierta preocupación. No tenía a quien llamar. Y en la luna del ascensor vio una mujer sola, con la piel pálida, que de repente había dejado de sonreír. Y la soledad tiene un efecto inmediato en María; sus habilidades culinarias se desvanecen y recurre entonces a los platos congelados, que llenaron el piso de humos, que le invitaron a bajar al súper por una botella de güisqui, que sustituyó la dormidina de la noche anterior, y que dejaron su piel aún más pálida.
Al tercer día, María se despertó enérgica. Volvió a limpiar, y se volvió a vestir de fiesta. Bajó en el ascensor y sonrió tímidamente, pero la luna del ascensor permaneció indiferente. Comenzó a caminar por la Travessera de Gracia, y llegó a un punto desconocido. Estaba cansada. Se metió en la boca del metro como hoja arrastrada por la lluvia hasta las alcantarillas. Lesseps. Todavía recuerda la parada de metro a pesar de que María jamás ha vuelto a Barcelona. María observó parejas, jovencitos con mochilas, señoras mayores que reprobaban su escote, maduros descarados, y sí, espejito del ascensor, aquí sí, all eyes on me, pero no me interesan.
El vagón se para. La gente se cruza saliendo y entrando, y entre los que entran y salen, entra él, él, ÉL. Un hombre joven, con deportivas, cara de niño, menudo, seguro más bajo que ella, nariz chata, peinado militar, ojos, ojazos azules. Está buenísimo; no, no lo está: sólo son sus ojos. Lo mira. Lo busca. Se hace notar. Él responde y la mira durante segundos imborrables ya. El vagón vuelve a parar. La gente se arremolina otra vez en torno a la puerta-desagüe; ella alza la cabeza para mirar qué hace. Las personas-hoja se arremolinan en la puerta y se chocan las unas con las otras, descontroladas por el vigor de la prisa que las empuja irracionalmente. María se sale del vagón angustiada. No ve al chico de los ojos azules, y la luna del ascensor refleja la imagen del chico desconocido en las neuronas de María, pulverizando su delicado estómago, pues un individuo anónimo le acaba de recordar que está sola, sola e infeliz. El individuo ya no está, pero permanece en su campo de visión, y te hace sentir tan mal, sí, tan mal, porque te recuerda que eres infeliz, que tienes veintiocho años, y que sigues a la deriva, en medio de un mar muerto, sin rumbo ni destino.
Salió a la superficie a coger aire. Ya tenía tema para la editorial: el encuentro del fenotipo por casualidad. María ya lo había experimentado antes, pero no con tanta intensidad. La cuarentona de la editorial seguro que objetaría al tema, porque quería un mundo exclusivamente femenino, no una niñata enamoradiza a la que se le erizase el vello cada vez que viera un tío guapo de ojos aniñados y con un anillo en su anular, un anillo en su anular. María se enamora un poco más.
Volvería a la misma hora al día siguiente, para provocar un encuentro, para llevárselo a su piso de alquiler, que olía a fritanga de soledad. María finalmente regresó a casa; solicitó el ascensor, y la luna del ascensor le regaló cientos de imágenes de aquel fenotipo abrazándola y haciéndole el amor, y de tanto amor en el espejo tuvo que quedarse tumbada en el sofá, digiriendo un Valium de cena, y acariciando una vez tras otra la pata de la silla más cercana.
Al cuarto día en Barcelona, volvió a levantarse con ganas. Se acicaló. Se calzó con tacones muy altos, y dibujó sus curvas con ayuda de su falda favorita. Saludó a la luna del ascensor exhalándole su aliento medicamentoso, y sobre sus propios vapores, escribió ADAM, con m, y ambas, la luna del ascensor y María, bautizaron al primer hombre de la tierra.
-Hola, dijo Adam por fin, después de que María lo encerrara en su mirada durante segundos.
-Hola, contestó María, satisfecha como una niña malcriada.
-¿Vives cerca de aquí?
- Sí, relativamente.
Y Adam se dio la vuelta, como metiéndose algo en el bolsillo. Segundos después, Adam soltero se reincorporó a la conversación.
- ¿Cómo te llamas?
-David- contestó Adam.
-Eva- mintió María.
Así que Adam y Eva se encaminaron al apartamento de María como si hubieran reencontrado el camino hacia el paraíso, y hubieran aprovechado que Dios se estaba echando una siesta, y podrían pasar. Eva se miró en la luna del ascensor mientras probaba la boca de Adam, y notaba su cuerpo abriéndose para recibir al primer hombre de su vida. Eva se mentía con lucidez, y la enorme luna del ascensor permanecía en silencio. Eva le mostró su cama, su cuerpo por dentro y por fuera, y disfrutó de Adam guapa y radiante, como la luna del ascensor nunca le había dicho que era.
Al quinto día, María despertó sola.
Adam volvió. E hicieron el amor una y otra vez, una y otra noche. Pero las noches no tenían lucero. Y María despertaba sola, y fea, y con la nariz cada vez más larga.
Eva nunca preguntó. Sólo se dejó llevar. Hasta que Eva se acordó de su nombre y decidió seguirlo. No sería difícil: la enorme luna del ascensor le indicó el camino a Urquinaona, tras Adam, que recorría Barcelona en el vagón delantero.
Adam efectivamente salió en Urquinaona, y aligeró sus pasos hacia un enorme parque encajado entre los edificios. Adam saludó con entusiasmo a una niña que jugaba en el parque, y le hizo un gesto menos entusiasta a la mujer que ocupaba el banco de vigilancia. Adam se retiró con otro beso a la niña, y María, en silencio, se acercó a la niña y a la mujer del banco, hasta que pudo escuchar su voces:
Mamá...
Dime, mi niña.
Tengo miedo.
¿De qué mi vida?
De la madrastra del cuento.
Y María la bruja regresó al ascensor, escondida en sus gafas de sol, que no le sirvieron al entrar al edificio, donde la enorme luna del ascensor le repetía que estaba sola, sola, e infeliz, pero que debía quedarse en Barcelona y trabajar en aquella editorial donde todavía no había trabajado , y quizás volviera a encontrar un fenotipo por la calle, o en el metro, o en cualquier bar, de mirada felina, solo o acompañado, soltero o casado, que le recordase, por si lo había olvidado, que no era feliz, feliz, feliz, y la negativa iba y venía de una pared de la habitación a la otra, como un moscardón atrapado en un ascensor, enloquecido al ver su imagen reflejada en el espejo.
Cuatro cientas cincuenta y siete llamadas perdidas después, María llamó a Carlos con lágrimas de bruja buena, y le confesó que no estaba trabajando, que se había quedado sin dinero, y que si sería tan amable de venir por ella en coche. Le tenía miedo a los espejos del tren.
Taylor Swift ya ha superado ese mal trago, y ahora celebra que tiene 22, tan feliz y protagonista ella. Salió a la superficie a coger aire. Ya tenía tema para la editorial: el encuentro del fenotipo por casualidad. María ya lo había experimentado antes, pero no con tanta intensidad. La cuarentona de la editorial seguro que objetaría al tema, porque quería un mundo exclusivamente femenino, no una niñata enamoradiza a la que se le erizase el vello cada vez que viera un tío guapo de ojos aniñados y con un anillo en su anular, un anillo en su anular. María se enamora un poco más.
Volvería a la misma hora al día siguiente, para provocar un encuentro, para llevárselo a su piso de alquiler, que olía a fritanga de soledad. María finalmente regresó a casa; solicitó el ascensor, y la luna del ascensor le regaló cientos de imágenes de aquel fenotipo abrazándola y haciéndole el amor, y de tanto amor en el espejo tuvo que quedarse tumbada en el sofá, digiriendo un Valium de cena, y acariciando una vez tras otra la pata de la silla más cercana.
Al cuarto día en Barcelona, volvió a levantarse con ganas. Se acicaló. Se calzó con tacones muy altos, y dibujó sus curvas con ayuda de su falda favorita. Saludó a la luna del ascensor exhalándole su aliento medicamentoso, y sobre sus propios vapores, escribió ADAM, con m, y ambas, la luna del ascensor y María, bautizaron al primer hombre de la tierra.
-Hola, dijo Adam por fin, después de que María lo encerrara en su mirada durante segundos.
-Hola, contestó María, satisfecha como una niña malcriada.
-¿Vives cerca de aquí?
- Sí, relativamente.
Y Adam se dio la vuelta, como metiéndose algo en el bolsillo. Segundos después, Adam soltero se reincorporó a la conversación.
- ¿Cómo te llamas?
-David- contestó Adam.
-Eva- mintió María.
Así que Adam y Eva se encaminaron al apartamento de María como si hubieran reencontrado el camino hacia el paraíso, y hubieran aprovechado que Dios se estaba echando una siesta, y podrían pasar. Eva se miró en la luna del ascensor mientras probaba la boca de Adam, y notaba su cuerpo abriéndose para recibir al primer hombre de su vida. Eva se mentía con lucidez, y la enorme luna del ascensor permanecía en silencio. Eva le mostró su cama, su cuerpo por dentro y por fuera, y disfrutó de Adam guapa y radiante, como la luna del ascensor nunca le había dicho que era.
Al quinto día, María despertó sola.
Adam volvió. E hicieron el amor una y otra vez, una y otra noche. Pero las noches no tenían lucero. Y María despertaba sola, y fea, y con la nariz cada vez más larga.
Eva nunca preguntó. Sólo se dejó llevar. Hasta que Eva se acordó de su nombre y decidió seguirlo. No sería difícil: la enorme luna del ascensor le indicó el camino a Urquinaona, tras Adam, que recorría Barcelona en el vagón delantero.
Adam efectivamente salió en Urquinaona, y aligeró sus pasos hacia un enorme parque encajado entre los edificios. Adam saludó con entusiasmo a una niña que jugaba en el parque, y le hizo un gesto menos entusiasta a la mujer que ocupaba el banco de vigilancia. Adam se retiró con otro beso a la niña, y María, en silencio, se acercó a la niña y a la mujer del banco, hasta que pudo escuchar su voces:
Mamá...
Dime, mi niña.
Tengo miedo.
¿De qué mi vida?
De la madrastra del cuento.
Y María la bruja regresó al ascensor, escondida en sus gafas de sol, que no le sirvieron al entrar al edificio, donde la enorme luna del ascensor le repetía que estaba sola, sola, e infeliz, pero que debía quedarse en Barcelona y trabajar en aquella editorial donde todavía no había trabajado , y quizás volviera a encontrar un fenotipo por la calle, o en el metro, o en cualquier bar, de mirada felina, solo o acompañado, soltero o casado, que le recordase, por si lo había olvidado, que no era feliz, feliz, feliz, y la negativa iba y venía de una pared de la habitación a la otra, como un moscardón atrapado en un ascensor, enloquecido al ver su imagen reflejada en el espejo.
Cuatro cientas cincuenta y siete llamadas perdidas después, María llamó a Carlos con lágrimas de bruja buena, y le confesó que no estaba trabajando, que se había quedado sin dinero, y que si sería tan amable de venir por ella en coche. Le tenía miedo a los espejos del tren.





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