Monday, August 5, 2013

DESFACHATEZ: Fangoria

Si hace un año me cuentan que me iba a gustar Fangoria, y que iba a estar escribiendo sobre ellos, pues no me lo habría creído, pero, bueno, así es la vida. Os hablé de su disco en la entrada de Dramas y Comedias, y aunque se supone que deberían haber sacado ahora una canción que no fuera azul (el EP pop), han hecho lo más sensato-económico, tirar de lo comercial. Y para mí han dado en el blanco. Desfachatez es otra canción producida por Guille Milkyway, y la acaban de lanzar en versión digital junto a dos remezclas: The Sound of Arrows European Holiday Remix, y Super Remix.
Parten con ventaja, ya lo sabéis si vivís en España, pues han contado con un reality propio en el que el marido de ella, Mario Vaquerizo con su Me encanta, y ella misma con Desfachatez, han hecho que estemos al corriente de todos los detalles de la grabación.
Dicen que en el reality, Nacho Canut confesaba no enterarse de nada sobre el vídeo que estaban grabando, pero que él se fiaba por completo. Y no es para menos (lo de no enterarse, lo de fiarse él sabrá), porque el vídeo es oscuro, con una Alaska  en plan ángel caído representando la muerte, pero magnético como la canción. Marçal Forés, director del videoclip, ha hecho mejor trabajo que Amenábar con Mario Vaquerizo, y es que la artista es ella, y no se le pueden pedir peras al olmo, con permiso de la Botella.
 
           
Teresa y mi desfachatez     
 
Conocí a Teresa sofocando meandros de agua estancada. Compraba el sueño con pastillas y mi cariño con halagos. Los dos nos dedicábamos a romper palabras y recomponerlas en extrañas realidades para que nuestras propias vidas no se nos hicieran trizas enredadas en el cabello que se deja caer en la almohada. 
Me besaba los oídos con susurrados secretos y yo sentía estruendos de loba herida. Se despellejaba ante mí poco antes de comprarse el sueño y yo notaba al otro lado del teléfono sus besos desvaneciéndose en el silencio forzado por mí. Dormía.Yo volvía a respirarte sólo a ti, a comerme tu libertad, a devorarte de un solo mordisco, a conocerte sin miedos, a lamerte a cataratas y robarte lento con dolor soportable la carne el oído los labios tu mundo entero. Corría hacia el mar. 
   Teresa despertaba temprano, cuando yo todavía olía a ti. Saludaba con energías renovadas asegurándose de que la tormenta de la noche anterior no me hubiera hecho huir al monte, a buscar más rayos, y conforme el día avanzaba, se levantaba la falda para aguar sus aguas quietas y hacerlas correr; se me arrodillaba y me levantaba los pantalones para que la ayudara en ese objetivo suyo de llegar al océano, enseñándome afluentes que por fin la desbordaran y la encumbraran allá en lo bajo. Quería mar. Y quería llegar rápido. Estaba el que la privó de libertad, el que vaticinó que nunca llegaría más allá de las rocas, el que marcó su piel con alguna mano larga, el que marcó su alma con insultos y el que marcó su vientre con un hijo. Tres en uno. Fue el peor.
Luego estaban los de la desfachatez. Uno: un chulo. El otro: un idiota.
El chulo la sacó deprisa a un mar de mentiras y ella fue complaciente con tobillos alzados, ombligos oblicuos, presa no de él, sí de la soledad.
 
El idiota, el de la mayor desfachatez, la conocía de tiempo. Era su último cartucho. Un retorno. Volverlo a meter en casa. Enfrentarse con su hijo. Recordar que llamó a su hermana para reclamarle los servicios prestados. Volver a meter en casa un ego disfrazado de femineidad. Recordar la llamada de la vergüenza y la deshonra de la deshonra, a ojos de su madre nunca tuvo honra (ay hija, no vistas como una puta, no deberías haber dejado al padre de tu hijo, que no creo que te pegara tan fuerte, que tú eres muy fantasiosa).
La soledad de Teresa empujó al idiota de nuevo a casa. Teresa le preparó la cena y el idiota empezó a comer sin ella. Teresa fregó los platos y lo encontró tumbado en el sofá pasando el dedo sobre la mesita auxiliar en señal de nena-sigues-siendo-tan-guarra-como-siempre. Así que Teresa prefirió ahogarse de sed y fulminó con ira la renovación de aquella segunda oportunidad para el idiota.
A ojos de ella le quedaba yo para echar a andar su río ruidoso. Yo, acostumbrado a asirme a tus ojos negros y vomitar amor por los cuatro costados todos cardinales, le escupí mis secretos en la boca. Yo acababa de ser océano y me asustaban sus alturas allá en lo bajo. Me invadí de tu distancia, me arropé con tu sudor frenético y ficticio y jugué a tu juego favorito.
Un día me enteré de que Teresa volaba como el Amazonas, abrazada de saliva y semen. Miré a mi alrededor y no avisté agua. Añoré entonces sus partes blandas, sus besos en mi ombligo, sus labios ávidos, las que no apunté, los que no me dio, los que no se acercaron a mis ojos ciegos. Y sentí la sequedad de tus tequieros. Otra vez. Pero siempre me quedo contigo, acostumbrado a nuestras cinco piernas, a tu dejarte invadirte, a tus palabras de caracol que van dejando baba hasta en las ingles.
De Teresa añoro las partes blandas que no palpé, las ilusiones rotas que no pegué con saliva de besos lindos, y la que pudo enjuagarme el cuerpo, devolviéndole favores con tejidos de corazones nuevos.
Así que te dedico este escrito Teresa, porque ahora eres mi amiga sin serlo. Eres más. Qué desfachatez la tuya y sobre todo la mía, que miro tu océano desde este altiplano tan seco, o mejor dicho, lo imagino, que ni siquiera me whatsapeas para contármelo. A ti también te quiero, y lo sabes.
 


                                  


  
  


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