Wednesday, August 7, 2013

LOVE ME AGAIN: John Newman

Desde que los invasores normandos establecieran su ley en lo que ahora era el condado de Sussex, nunca Inglaterra había sufrido una amenaza como la que llevaba padeciendo los meses de verano de 1940. Los pájaros negros de acero de Luftwaffe arrojaron toneladas de bombas sobre la capital de Inglaterra y miles de londinenses vieron sus casas desplomarse como castillos de naipes desbaratados por fuegos inhumanos por muy humana que fuera su autoría.
En septiembre le tocó el turno al 37 de Mecklenburgh Square, donde vivían los Woolf, así que decidieron mudarse a Rodmell, una aldea situada a pocos kilómetros del Canal de la Mancha. Pero allí tampoco se libraron de los pájaros de acero que les apedreaban sin piedad. Las explosiones eran tan fuertes que incluso reventaron los cauces del río Ouse, por lo que Virginia y Leonard se vieron obligados a sacar el agua de sus casas. En otra ocasión, el fragor de la batalla obligó a Virginia a arrojarse sobre el césped del jardín, pensando otra vez en la muerte. Y digo otra vez porque no fue la primera. Llevaba haciéndolo durante casi toda su vida.
Virginia veía estética hasta en las balas trazadoras de los cazas, y se dejaba sorprender por la impavidez flemática de los londinenses que se seguían vistiendo de tweed, pasara lo que pasara. Virginia incluso llegó a sentirse patriota gracias a la guerra, quién lo iba a decir, que se pasó la vida diciendo que el patriotismo era una expresión más del machismo. Las arengas radiofónicas de Winston Churchill debieron de ser muy convincentes. E incluso se sintió socialista, quién lo iba a decir, ella, acostumbrada a estar rodeada de fabianos, socialistas e inconformistas del círculo Bloombury, y a todos ellos los despreció a propósito o sin querer. A Virginia la guerra le provocó muchas cosas, pero no el deseo de irse.
 
                       

 
Su mal estaba tatuado en sus genes, corriendo por cada una de sus arterias, un mal en sístole volviéndosele a meter en el corazón, y en diástole expandiéndosele por el cuerpo para volver a sístole y otra vez a diástole. Amaba a su familia de manera enfermiza. Incluidos sus  hermanastros proclives al incesto, jugadores a médicos, investigadores de la virginidad adolescente de Virginia. Ahí también pudo estar su mal. O a lo mejor en el genio del artista: en la locura de la creación encarnada en artista. Pero no en la guerra.
Buscando el origen del mal que la empujaba to the other side (al otro lado), pensó en preguntárselo a Segmund Freud, al que le publicaba sus traducciones en su propia casa editorial. Tenía muchas preguntas: ¿acaso era por sus instintos lésbicos? ¿o era por su decidida pero inconclusa voluntad de alcanzar el orgasmo aunque fuera a través del dolor? ¿era por su esterilidad? ¿por la infancia de la que nunca disfrutó, encerrada sin escuela y rodeada de institutrices que la educaron? ¿ o era simplemente un problema de excesos o defectos químicos en su cerebro? Pero Sigmund le pareció un tipo oscuro, mucho menos interesante que sus obras, por lo que dedujo que debía guardarse en el bolsillo sus signos de interrogación.
Leonard soportaba sus insultos e improperios cuando entraba en crisis como los ingleses soportaban las bombas hitlerianas. Leonard era lo mejor que le había pasado en su vida, y así se lo hizo saber antes de meterse piedras en los bolsillos y meterse en río Ouse. Leonard soportó estoicamente saberse no tan amado como su quería Vita, ni ser el  punto de complicidad que conformaba su hermana Vanessa Bells. Ni ser tan respetado y admirado como sí lo era Ethel Smyth. Leonard fue el único en acompañarla hasta el final...
 
(ésta fue la última nota de Virginia, dirigida a Leonard. El texto lo he copiado de la Wikipedia)
 
Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo. V.[16]
 
Fue por Vita y para Vita que escribió la mejor carta de amor escrita jamás. Leonard tenía un corazón a prueba de bombas.  Leonard nunca habría preguntado aquello de I need to know now, (necesito saberlo ahora, necesito saberlo ahora), porque Leonard nunca had done wrong (no se había portado mal), pero ella sí quiso saber si lo que le ocurría, obedecía a experiencias vitales o a una simple descompensación química. Tenía prisa. Porque sabía que el reloj antibiológico corría en su contra. No pudo saberlo. O sí. Se fue al río. Con piedras en los bolsillos.

John Newman, Love Me Again.
                             
 

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