De repente Carlos pensó en Marat, en la revolución y el cambio, en el viento del oeste que impusiera el otoño para asegurar una nueva primavera. Marat fue un jacobino al que asesinaron sus enemigos políticos, pero nadie tenía motivos para asesinar a Carlos. Ni siquiera María, la eterna y alexitímica María. Alexitimia. Podría tratarse simplemente de alexitimia: la hipertrofia de un sujeto que le impide reconocer en cualquier otro la posible expresión de su fenotipo. Narcisismo, vamos. Que María se quería a ella misma. María se revolcaba sola en la cama, se cogía a ella misma de las manos, y se veía a ella misma en el espejo donde se incrustaban para hacer el amor. Carlos no se veía ni encontraba entre las sábanas. La veía a ella agitada en fuerte marejada o en reflujo, sujetando los picos de la almohada para consultarse cuándo llegaría el orgasmo, buscando el colorín colorado antes de haber comenzado, buscando el número que falta en una suma ya resuelta, comprando el decorado de una casa que aún no ha construido. Buscaba el orgasmo a gritos, con voces del más allá, con órdenes de policía de tráfico, búsqueda inútil del tesoro no existente. María no sabía hacer el amor. Así que María le contó a Carlos el más terrible de los secretos: - Nene, no sabes hacerlo, sólo piensas en ti. - Pero si yo... - Yo, siempre yo, yo, yo, que todos los hombres sois iguales.
María tenía remedio para casi todo, no obstante. Una noche se presentó con unas bolitas Ben Wa, enlazadas entre sí por una especie de cuerda finísima y suave. Carlos inicialmente las rechazó de manera intuitiva, pues las dedujo enemigas. Pero accedió a metérselas una a una, notando como la chica se relajaba ante las inquietas bolitas. Carlos se sorprendió al encontrar las puertas de María de par en par, y en su deseo innato de puertas abiertas, se deshizo en llaves mágicas que quisieron jugar al escondite. María desapareció por la ventana como una ráfaga de aire. Carlos se fue a la nevera, y se tragó todo lo que encontró: embutidos, coca cola, chocolate, yogures, chocolate, leche y chocolate. Apenas vació el frigorífico, se vio de rodillas en el retrete escupiendo chocolate, leche, chocolate, yogures, chocolate, coca cola, embutidos, y pequeños Carlos que se caían al agua para desaparecer cuando tirara de la cadena.
De las bolitas Ben Wa pasaron directamente a los dildos de silicona. Carlos terminó viendo a María, que seguía sola en la cama, con dos penes peleando en su portal, el de plástico, y el suyo propio, confundiéndolos de tal manera que a veces creyó que los dos eran suyos, que de repente tenía dos pollas, tres brazos y cinco ojos. Y a tanto órgano había que darle de comer, por lo que Carlos abría las latas de conservas, los dulces, las magdalenas del desayuno, la nocilla, el chocolate, el chocolate con almendras y el chocolate negro y el blanco, y el chocolate. Y Carlos se iba al retrete sin tener ganas de ir. Pero iba, y de él salía medio supermercado y media vida. Pequeños Carlos que se desprendían del todo que era él. Y ya no era.
María optó por usar estranguladores de pene para que Carlos llegara a los caminos y descaminos, a las acequias y los carriles de servicio. Pero cuando Carlos, sin competidor aparente, tocó los menhires erguidos de María, de repente sintió que lo de estranguladores iba en serio, que algo le apretaba demasiado fuerte ahí abajo, que de repente le explotaría un orgasmo carmesí en vez de blanco. Así que Carlos se encerró en el cuarto de baño, sin esperar a que María se esfumara por la ventana, puso el agua de la bañera a hervir, y espolvoreó chocolate, para jugar a ser bizcochito y tragarse el chocolate, o jugar a que aquella era la casita de chocolate, y por fin alguien se lo comería a él, y no al contrario.
De repente lo vio. Carlos se vio arte.
Aquella sería la solución. Carlos no quería crear arte. Carlos quería ser arte. Necesitaría una gran sábana blanca, un tapiz verde, una pluma y mucho valor, pero tenía que hacerlo. Carlos era arte. Necesitaba músculos fibrados y cara delgada, pero quizás de aquello se encargaría el derramamiento de sangre.
Carlos ensayaba su obra cada día. Colocaba una cámara de vídeo y después contemplaba cómo quedaría su obra cuando se decidiera a irse. La amiga de María, Mary, le confesó un buen día que estaba preocupada por María, que estaba obsesionada con conseguir la clave de su cloud para leer la biografía que le habían encargado sobre un famoso torero. Carlos apenas entendió nada. María y Carlos trabajaban para la misma editorial y podían haber hecho esa biografía a medias, pero María no aceptó, y retó a su jefe para que escogiera la mejor de las dos. El jefe aceptó a regañadientes. Por eso Carlos no entendía que María quisiera leer sus escritos. Lo que es cierto es que Carlos ya no veía sólo a María en la cama. Veía a un enemigo. Más razones para irse.
Cuando María, aparentemente ajena a la nueva complicidad entre Carlos y su amiga Mary, se presentó con un rosario Thai, Carlos experimentó una auténtica penitencia pre-mortem. Carlos, sin perder la ironía, le preguntó a María al ver el rosario de seis bolitas si había decidido dedicarle más tiempo a Dios, a lo que María contestó mórbida que era su única salvación. Carlos le introdujo las bolitas a María al mismo tiempo que él empujaba para entrar, mirando a su alrededor sin escapatoria, desoyendo las palabras en un sobre recordatorio de su madre, carlos-deberías-hacer-más ejercicio, pero uno nunca escucha los consejos de su madre, que si Carlos estuviera más en forma, quizás habría conseguido tirar del cordel, sujetar el puente móvil en que María se había convertido, y al mismo tiempo dejar su órgano metido dentro de aquella brujita que repasaba intensivamente las vocales del castellano.
Claro que para penitencia la de María, cuando Carlos, vuelto arte, se hizo asexual y sometió a María a un período de abstinencia, para él dedicarse en cuerpo y alma al chocolate. María advirtió que su novio se había vuelto bulímico, pero pasaba demasiado tiempo intentando averiguar de qué hablaba Carlos en la biografía que preparaba sobre el torero.
Carlos, vaciado de Carlos, se tumbó por última vez en la bañera. Buscó una sábana blanca y bien grande que emulara la del Marat de David. Sacó maquillaje de una bolsa y se polvoreó la cara hasta que consiguió palidecer. Extrajo tres paquetes de chocolate en polvo y los vació en la bañera de agua hirviendo. La habitación la formaban tonos austeros y oscuros al estilo de David. Pulsó el on de la cámara y apretó las manos para que la imagen de la cámara ofreciese músculos definidos al espectador. Carlos tomó suficiente y se rajó lo suficiente como para irse. No hubo recuerdos de pasados en su último momento. Ni gente esperándolo en una nube. Sólo la sensación de ser arte. Carlos murió ciclotímico, bulímico y víctima de la alexitimia. Pero murió para nacer arte. O al menos aquella fue su última primera impresión.
Ocurrió el mismo día en que Jaime fue detenido por el asesinato de Mary O'Donson. El mismo día en que Jaime se meó y se durmió al ver a Mary perfectamente muerta y antiguamente bella al pie de las escaleras. Jaime no vio muerto a Carlos. No tuvo tiempo. Se dormiría antes de matar o no a Mary O'Donson.
Ocurrió el mismo día en que María se inventaba un viaje a Granada para quitarse de la cabeza el piojo que la animaba a matar a Mary O'Donson, su mejor amiga, por no comprender sus ansias de robarle a Carlos la biografía que andaba preparando.
Ocurrió el mismo día en que Mimi intentó huir a Linares después de cargarse o no a Mary O'Donson.
Ocurrió el mismo día en que Toni y Monir salieron de la habitación contigua al suicidio, casi después de casi hacer el amor. Ocurrió así. O al menos ésa es la impresión.
Ocurrió aquella mañana de abril de 2013. El mismo día en que empieza y acaba esta historia. Porque esta cueva tiene dos entradas, pero una única salida. O al menos ésa es la impresión.
Uno, dos, tres... cuatro! Talk Dirty
Carlos ensayaba su obra cada día. Colocaba una cámara de vídeo y después contemplaba cómo quedaría su obra cuando se decidiera a irse. La amiga de María, Mary, le confesó un buen día que estaba preocupada por María, que estaba obsesionada con conseguir la clave de su cloud para leer la biografía que le habían encargado sobre un famoso torero. Carlos apenas entendió nada. María y Carlos trabajaban para la misma editorial y podían haber hecho esa biografía a medias, pero María no aceptó, y retó a su jefe para que escogiera la mejor de las dos. El jefe aceptó a regañadientes. Por eso Carlos no entendía que María quisiera leer sus escritos. Lo que es cierto es que Carlos ya no veía sólo a María en la cama. Veía a un enemigo. Más razones para irse.
Cuando María, aparentemente ajena a la nueva complicidad entre Carlos y su amiga Mary, se presentó con un rosario Thai, Carlos experimentó una auténtica penitencia pre-mortem. Carlos, sin perder la ironía, le preguntó a María al ver el rosario de seis bolitas si había decidido dedicarle más tiempo a Dios, a lo que María contestó mórbida que era su única salvación. Carlos le introdujo las bolitas a María al mismo tiempo que él empujaba para entrar, mirando a su alrededor sin escapatoria, desoyendo las palabras en un sobre recordatorio de su madre, carlos-deberías-hacer-más ejercicio, pero uno nunca escucha los consejos de su madre, que si Carlos estuviera más en forma, quizás habría conseguido tirar del cordel, sujetar el puente móvil en que María se había convertido, y al mismo tiempo dejar su órgano metido dentro de aquella brujita que repasaba intensivamente las vocales del castellano.
Claro que para penitencia la de María, cuando Carlos, vuelto arte, se hizo asexual y sometió a María a un período de abstinencia, para él dedicarse en cuerpo y alma al chocolate. María advirtió que su novio se había vuelto bulímico, pero pasaba demasiado tiempo intentando averiguar de qué hablaba Carlos en la biografía que preparaba sobre el torero.
Ocurrió el mismo día en que Jaime fue detenido por el asesinato de Mary O'Donson. El mismo día en que Jaime se meó y se durmió al ver a Mary perfectamente muerta y antiguamente bella al pie de las escaleras. Jaime no vio muerto a Carlos. No tuvo tiempo. Se dormiría antes de matar o no a Mary O'Donson.
Ocurrió el mismo día en que María se inventaba un viaje a Granada para quitarse de la cabeza el piojo que la animaba a matar a Mary O'Donson, su mejor amiga, por no comprender sus ansias de robarle a Carlos la biografía que andaba preparando.
Ocurrió el mismo día en que Mimi intentó huir a Linares después de cargarse o no a Mary O'Donson.
Ocurrió el mismo día en que Toni y Monir salieron de la habitación contigua al suicidio, casi después de casi hacer el amor. Ocurrió así. O al menos ésa es la impresión.
Ocurrió aquella mañana de abril de 2013. El mismo día en que empieza y acaba esta historia. Porque esta cueva tiene dos entradas, pero una única salida. O al menos ésa es la impresión.
Uno, dos, tres... cuatro! Talk Dirty





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