Sonsoles es otro perfil de baja intensidad de la generación zeta. Trabaja en la lavandería de un hotel en Benidorm, y se ha quemado las manos varias veces. Es el precio que paga por haberle vendido el alma al banco, y estar atada, en cadena perpetua y hereditaria, a una hipoteca de cuatro cientos cincuenta y pico euros. En su perfil de Twitter, Tumblr y demás, como cualquier otro Dorian Gray de cromo, muestra sus manos limpias e invariables en señal de victoria, y pocos saben que las tiene quemadas, rotas y derrotadas, pues no muchos tienen tiempo de verla, si es que sus jornadas laborales no tienen límites ni piedad. Pero aún peor: nadie sabe que detrás de esa imagen de choni costera y provocativa hay un corazón sincero que avisa a los entes ajenos de escandalosas equivocaciones a su juicio, claro. O dicho de otra manera: que Sonsoles no se calla ni debajo del agua, que mete la pata, que más de una vez le han entrado moscas, y que más de una vez ha deseado haberse mordido la lengua antes de que su boca-chancla escupiera impertinencias. Llamémosle honestidad imprudente, como lo acontecido ayer mismo en la habitación 215 de su hotel en Benidorm, cuando de fondo sonaba una canción inolvidable: Everybody's Changing de Keane.
HONESTIDAD IMPRUDENTE
El viejo se ha colocado la pajarita de la manera aquella que su pulso le ha dejado. Se ha sentado en el retrete a hacer pis para que la vejiga no lo moleste en toda la velada. De toda la vida ha sido un galán, y no va a dejar de serlo ahora, aunque no cree Manuel en lo de genio y figura hasta la sepultura, y suele adelantar la desaparición de la genialidad hasta los momentos en que la vejiga lo traiciona. Pero no va a dejar de ser un galán, y menos ahora, por mucho que le fallen las rodillas, las cervicales y los síndromes de que no todo es el colmo, los síntomas de desapego, y los fraudes matrimoniales. Por eso ha esperado con paciencia y esfuerzo hasta que su mujer llegara y le ha apartado la silla, para que ella, por supuesto, tomara asiento antes que él. ¿Sabes? Hoy me acordé de nuestra primera cena juntos. Por aquel entonces te daba vergüenza que te hiciera carantoñas en público, y ahora te sigue dando con la excusa de que somos mayores y esas cosas son para jóvenes. El viejo Manuel ha mojado sus labios en un Rioja y le ha insistido a Esmeralda para que beba, que los días inolvidables vienen acompañados de un buen vino. Pero vista la copa intacta, Esmeralda no ha probado de ella. A Manuel se le tuerce el labio inferior, en señal de reproche disimulado cuando recuerda que aunque Esmeralda vague por sus propias tierras, él siempre está ahí, se sigue sintiendo igual que el primer día, enamorado, repite conmigo, enamorado, sí, de ti, que ni ha movido un peón desde que hace tantos años comenzaran la partida, que igual le bebe la baba de caracolita al pasar, que le recoge el polen a la reina Esmeralda como la abejita más humilde. Y mientras ella patina por la vida, moviéndose en diagonal y haciendo del juego un caos. Jaque. Dice la gente que desde que te sacaron medio muerta de aquella habitación de hotel, gritando a dos vientos tu amor por aquella mujer que se parecía a Brigitte Bardot, saliste del armario, a tu edad, y yo, viejo tonto, me metí en la despensa de la vergüenza. Qué sabrán ellos, con lo que yo te quiero a ti. Qué sabrán ellos de nuestros pecados, que tuvo que morir Dios hace dos mil años para redimirnos a ti y a mí, y qué sabrán ellos de nuestros ladridos de perro, que los perros ladradores también muerden. Qué sabrá la gente, con tanto como te quiero mi vida, y tú a mí, pero bebe, mujer, bebe, que todavía no has probado bocado ni mordido mis labios, tú, siempre tan reticente. Tú sabes que esta noche es nuestra y que aunque todo el mundo esté cambiando, yo intento mantenerme en el juego, amputado de mente y pulso, y con ojos gravitando en tus pupilas, con tanta fuerza de gravedad, que nada ni nadie me harían bajarlos. Bebe, que no comes ni bebes nada últimamente, y el buen vino es la llave de los estómagos más cerrados.
¿Sabes? Yo siempre lo supe, mi reina, lo de tus gustos sexuales, mi niña, pero sabía apartarme para que tú caminaras por tu tablero a tus anchas, que bien es cierto que el hombre es el único en tropezar tropecientas veces con la misma piedra, que la excusa al sexo primero fue la soltería y tu ánimo de llegar virgen al altar, luego los miedos, luego las hijas y el tiempo escaso, y después la vejez. Bebe mujer, bebe, para pasar este mal trago, que ya era hora que yo confesara tu secreto en voz alta y sin que me temblaran la garganta ni la manzana de Adán, ni las uvas de mi ira. Levántate y bailemos mi vida. Tú sabes que siempre he mirado tus ojos verdes como quien encuentra un oasis en el desierto, y que la piel que se asoma por los botones apretados de tu blusa, es como el mar de mis deseos, da igual que tenga veinte, que cincuenta que ochenta. Baila conmigo corazón, que los peces no mueren siempre por la boca, a veces mueren por sus actos, bailemos, sí, que aunque mañana no madruguemos, Dios no nos iba a ayudar igualmente a escalar esta vejez intrépida. Bebe un poquito y baila, Esmeralda.
Es entonces cuando Sonsoles, la de la honestidad imprudente, aparece en mitad de aquel baile de voces que no encuentran oídos donde caer, y le dice al viejo: señor Manuel, mire usted, no es que yo sea nadie para decirle lo que tiene que hacer, pero yo con las injusticias es que no puedo, y el hotel, sabiendo que usted no está utilizando una cama de matrimonio, ni cena para dos, ni desayuno con diamantes ni la madre que los parió, se lo están cobrando a usted todo, dos veces. Que en esta habitación está usted solo, señor Manuel, que los abuelillos del Imserso afirman que su mujer murió el pasado mes de abril, en otra habitación 215 de otro hotel, y otra costa, y que aunque usted no quiera entrar en razón, yo no voy a tolerar que le cobren todo dos veces. Y ya está. Sanseacabó.
La gravedad y la honestidad imprudente de Sonsoles mandaron las pupilas de Manuel al subsuelo, y comprendió entonces que hasta los perros que mueven la cola, saben morder.





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