Tuesday, January 29, 2013

DÓNDE ESTÁN CORAZÓN: Coti

Son ya demasiadas las veces en que una canción de Coti se me ha colado muy adentro y me ha recordado a algo; y son ya demasiados los éxitos como para no incluirlo aquí, y son muchas las personas que me siguen desde Argentina como para no incluirlo y dedicarla especialmente a vosotros, todos los que me leéis desde allá, que me siento orgullosísimo de eso y no pararé de decirlo. Y no es que dude en hacerlo porque no la considere una de las mejores, sino por pura cronología, ya que Coti lanzó este trabajo en junio de 2012, y la canción no es nueva, pero digamos que se sigue escuchando (al menos en Cadena Dial), y aquí lo tenemos, como suele hacer, tocándonos el alma con su lírica y recurriendo en este caso a otro tópico: el Ubi Sunt, dónde están, dónde están las cosas buenas del pasado que ya no las veo; otro defecto del ser humano, que siempre piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, y se pasa media vida añorando el pasado, y la otra media esperando el futuro, y apenas le queda nada para disfrutar del presente, más que el que recuerde en el futuro, y el que proyectó en el pasado, casi nada.
Nada fue un error cuando te presentaste en España con Julieta Venegas y Paulina Rubio hace ya ocho años; y Perdóname, Nena Daconte, pero me quedo con Tu Nombre, no, el tuyo no, el de la canción, que me hizo repetir mentalmente otros nombres que me sabían muy dulces, para cantarlos una y Otra Vez, y decirte que Antes que ver el sol, prefiero escuchar tu voz, oh!! y que nunca más seamos dos extraños.


DÓNDE ESTÁN CORAZÓN
A veces uno añora el pasado porque es incapaz de ver ni el futuro ni el presente. El tiempo se te ha parado; te has quedado atrapado en un cuerpo que ya no es el tuyo, un cuerpo que ya es de quienes te lo han roto, porque a ti te molesta, porque no te sirve para disfrutar de él, sino para mantenerlo ahí despierto, limpiándolo, dándole de comer, satisfaciendo sus necesidades, sin poder prestar atención a las tuyas, y ahí te quedas, mientras los demás preguntan dónde están tus sonrisas, corazón, dónde están tus charlas y tus complicidades, y tú sabes que nunca más volverán, que no, que ya no volverán, porque unos hijos de puta te las han robado. Para siempre.

ANA Y SU MURO

En la madrugada, Ana abre los ojos. Un extraño muro le impide que las cuerdas vocales destapen los gritos que hierven en su interior. El muro de hormigón que es su cuerpo no le impide sentir el desasosiego que amenaza con romperlo, pero nunca lo hace, nunca. Y ya está cansada de albergar tantos gritos.
El muro de hormigón. Casi siempre lo odia. A veces lo ama.
Casi siempre lo odia. De noche, mientras mira a su marido, Jaime, durmiendo como un bebé, Morfeo la deja a ella allí tirada en medio de la terrible oscuridad y el terrible silencio que deja que sus gritos se le cuelen hasta los ojos. Intenta mover sus brazos para acaricar la espalda de su marido, pero las órdenes de su cerebro se estampan una y otra vez contra el maldito muro. Nota un ligero cosquilleo en la vejiga, y recuerda vagamente la sensación de querer hacer pis. Después, la sensación se esfuma, como agua evaporada en una pared de cemento bajo el sol. Entonces, llega el ahogo, un ahogo ficticio que le acelera el corazón, que le hace abrir la boca en busca de oxígeno y aprieta los dientes hasta que le chirrían, y concluye por fin que todo debe de ser su imaginación, porque en esos ataques tan silenciosos fuera de ella, pero tan ruidosos por dentro, nunca se muere. Y ya está cansada de albergar tantas esperanzas rotas.
El ahogo se calma y llega el martilleo en el pecho, aunque es un martilleo rítmico, dulce a veces, que le hace anhelar un llanto feliz. Pero no puede, no puede llorar. Tampoco puede llorar. Y el llorar de sus ojos quizás reviviera esa tierra baldía, y quizás alguna planta creciera por fin en ella, para que su alma hablara y los ruidos por fin cesaran. Jaime siempre se lo decía: hay que echarlo todo mi vida, la alegría, la tristeza, la esperanza o la desesperación, que si no, se nos queda todo ahí revuelto y nos dan ganas de vomitar. Pero Ana no puede con el muro. Ana no puede llorar y Ana desea llorar con toda su alma; llorar, llorar, llorar ruidosamente como un bebé, volver al nacimiento mismo y disfrutar berreando del saludo a la vida. Sus entrañas mismas tocándole la cara. El placer de respirar profundo como los niños después de un berrinche, el postorgásmico llanto. La sensación de que un dolor o una emoción profunda fueran eruptadas de su cuerpo le parecían sublimes. Lágrimas. Lágrimas voraces y saladas como el agua del mar. Lágrimas frías y lágrimas cálidas. Lágrimas que enturbiaran sus ojos o que le devastaran su maquillaje, lágrimas sinceras o lágrimas de cocodrilo. Lágrimas. Jaime se durmió de noche y Ana se durmió de día, exhausta de tanto empujar el muro. Jaime la miró a ver si sonreía, preguntándose dónde estaba su risa, qué había sido del pasado que jamás retornaba, los besos y las caricias y su cara de felicidad, que no sabe dónde están, corazón.  Ana-dormida-de-día sólo quería llorar. Llorar.


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