Wednesday, September 11, 2013

ATLAS: Coldplay

Mira (y escucha) con qué ha vuelto Coldplay después de que hayan pasado dos años desde la publicación de su último álbum Mylo Xyloto. Se llama Atlas, y aparecerá en la película En Llamas, secuela de Los Juegos del Hambre.
 
     Atlas arranca con piano, mostrando un Coldplay más intimista que en sus épicas anteriores, y va increscendo a medida que la canción avanza. Algunos la aplauden por alejarse de las formas comerciales de sus últimos trabajos (se refieren a Rihanna y cía) y otros la aplaudimos porque haga lo que haga la banda de Chris Martin, nos va a gustar. Veamos qué nos cuentan en español, teniendo en cuenta que la canción está hecha para una película que no veremos hasta finales de noviembre. 
"Algunos vieron el sol,
otros vieron el humo,
algunos oyeron las armas,
otros se inclinaron en reverencia.
A veces el alambre debe tensarse para (crear) la nota.
Atrapados en el fuego, dicen - oh, estamos a punto de explotar-
Me haré cargo de tu mundo, me haré cargo de tu mundo.
Algunos muy lejos,
otros buscan el oro.
Dragones para matar.
El cielo que esperamos
está justo al subir la calle.
Enséñame el camino, señor,
que estoy a punto de explotar.
Me haré cargo de tu mundo, me haré cargo de tu mundo,
me haré cargo de tus heridas.
(la traducción, como casi siempre, no es literal y he sacrificado la literalidad por darle un poco de sentido).
Pues bien, has de saber que la letra está inspirada en el Titán Atlas, que proviene de la mitología griega, pero está hecha para el argumento de la peli. Yo me voy a quedar con el mito, porque lo disfruto, y me gusta compartirlo con vosotros.
Cuando los titanes fueron derrotados por los dioses, Zeus condenó a Atlas a cargar con el cielo por toda la eternidad:
 
                                   

   La eterna misión de Atlas tendría lugar en lo que ahora es el noroeste del continente africano y las tierras del Estrecho de Gibraltar. Allí Atlas custodiaba las manzanas de oro que Gea había entregado como regalo de bodas a Zeus y Hera. Una versión de la historia dice que Heracles intentó engañar a Atlas para entrar a coger unas manzanas, pero Atlas, desconfiado, le dijo que él mismo iría por ellas mientras que Heracles le sostenía el firmamento. Una vez que Atlas volvió del jardín con manzanas de oro, ofreció a Heracles llevarlas él mismo a Euristeo, para poder así librarse de tan pesada carga. Heracles fingió estar de acuerdo con la idea, pero engañó a Atlas pidiéndole que sujetara un momento el cielo para colocarse  el almohadón en el cuello. Heracles salió corriendo con las manzanas, provocando el lamento eterno de Atlas que quedó convertido en piedra. 
CURIOSIDADES:
- La cadena montañosa al noroeste de África lleva el nombre de Atlas por razones obvias.
- Por sostener la cabeza al articularse con el hueso occipital, la primera vértebra cervical (C1) lleva el nombre de Atlas en honor al Titán.
- Como casi siempre, la realidad se confunde con el mito, porque existió un rey en Libia que fue un extraordinario astrólogo y que descubrió la esfericidad de las estrellas. En honor a este rey, se creó lo que hoy conocemos como el mapa físico o político mundial.
 
BEATRIZ Y EL PESO DEL CIELO

Bea tenía la dualidad propia de los espejos oblicuos. Se veía guapa si se miraba de frente, pero se veía fea si se miraba de lado. Si una cámara indiscreta la grababa en una fiesta de cumpleaños de alguna de sus sobrinas, se repudiaba. Si estaba sola frente al espejo de su cuarto de baño, se convertía en chica stripper con ella misma como público. Su padre había acabado con la dualidad de los espejos oblicuos, pues la oblicuidad siempre daba lugar a la incertidumbre: ¿soy guapa o soy fea? Dime espejito, ¿a qué soy yo la más guapa del barrio? pero un día, como os cuento, su padre acabó con la dualidad con un vaticinio: a ti los hombres se te acercarán por nuestro bolsillo, porque hija mía, no tienes nada bonito. Y así fue. El primer hombre que se le acercó la conquistó con arrumacos adolescentes, y robándole la virginidad en un sitio de ensueño. Raúl, que así se llamaba el Dios, se llevó a la titánica Beatriz al principado de Mónaco, pues soñaba con ver carreras de coches allí, y así fue como Bea le fundió la primera tarjeta de crédito a su padre. La primera y la última. Bea volvió con un bebé en el ombligo, sin dinero en la tarjeta, y sin Dios griego que la volviera a llamar. Desaparecido por el camino.
Los hermanos de Bea la encadenaron al reproche eterno. Sus padres la encadenaron a las reglas de casa: sin dinero propio a cambio de ofrecerle techo y biberones para Beatriz Segunda. Las cadenas de Beatriz se hicieron más firmes a medida que Beatriz Segunda agrandaba su barriga de manera inversamente proporcional a las posibilidades que Beatriz Primera tenía de conseguir un trabajo y tener vida propia, no prestada. Su padre, el vaticinador, sufrió un infarto cerebral que lo mantuvo años en la cama. Su madre, cómplice, perdió el calcio de sus huesos y éstos se rompieron en efecto dominó. Beatriz Primera asumió su papel de cuidadora para sostenerle el cielo a sus padres hasta que ellos lo pisaran por sí mismos. Pero qué larga fue la espera. Fue tan larga que Beatriz Segunda encontró un príncipe de verdad y huyó del castillo. Fue tan larga que los espejos dejaron de ser oblicuos y regresó la certeza. Beatriz, eres fea, por muchas ganas que tengas de que un hombre guapo te quiera. Y es que a Beatriz le gustaban los hombres guapos. No sabía querer, como dicen, sin ver lo superficial, y a los hombres barrigudos, o arrugados, o calvos, o lisiados, o tartamudos, o desproporcionados, no sabía amarlos. Beatriz quería un hombre fornido que se la llevara a un hotel de otro principado, que le susurrara al oído, cómo me gustas, cómo me ponen tus tetas, me encanta cómo gimes, y que pudiera besarlo en la boca, y si lo besaba en la boca es porque era, de hecho, era, muy guapo.
Por eso a Beatriz se le escapó la vida de las manos. Unos vieron el sol, otros vieron el humo; algunos escucharon las armas, otros se inclinaron ante tragedias. Beatriz no vio nada, porque de día sostenía el cielo para sus padres, y de noche sostenía el cielo de sus sueños que no llegaban. Al quinto año de sustento de cielo, Beatriz se vio jorobada, y decidió ir a la Seguridad Social para que algún médico le devolviera una espalda recta. Nadie lo hizo. Cuando bajó a la farmacia para comprar pañales -al principio se los recetaban, pero con la crisis se los hicieron pagar por pasarse del límite en la renta-, una vecina le recomendó un fisioterapeuta que trabajaba en la esquina. Beatriz pidió cita con el doctor Heracles, o eso decía la placa en el rellano. Beatriz, asombrada por la voz envolvente de Heracles, se quitó la ropa, de la misma manera que se la quitaba cuando sus espejos eran oblicuos, y se dejó tocar por Heracles, que la condujo por la Vía Láctea. Heracles la llevó por la tierra volcánica de Marte, la rodeó con anillos de Saturno, y con la promesa de aguantarle el cielo, que a ella le dolía la vida, la llevó más allá, más adentro, más adentro, más lejos de lo que sus deseos de princesa guapa pudieron nunca imaginar, y alcanzaron la constelación de Canis Maior, ésa que apuntando el cielo y dibujando líneas imaginarias entre las estrellas, parece un cachorro, como el hijo que Beatriz Primera quiso tener, que quería un hombre que la venerara tú, que me he pasado la vida sola, y no es tarde para cerrar los ojos y ver como mis deseos se cumplen. Beatriz se convertía en millones de cuásares a medida que Heracles le susurraba al oído lo mucho que le gustaba el sexo con ella, combinación explosiva la de la vagina y el oído, pues mientras por un orificio la penetraba, por el otro la perforaba de placer con tequieros y promesas: hay que tensar la cuerda para crear la música perfecta. Beatriz estaba atrapada en el fuego del deseo, a punto de explotar, y el doctor Heracles, o eso decía el letrero, le prometió llevarle el mundo, hacerse cargo de él, que a ella, sola, le pesaba demasiado. Pero el vaticinio de su padre, y su propia desconfianza, a veces la mantenían alejada de las estrellas, que hay gente que sólo busca el bolsillo, y yo no estoy para matar dragones, a mi edad, que el espejo nunca es oblicuo por mucho que Heracles me muerda los lóbulos de las orejas.
Heracles un día llegó cabizbajo y se sentó frente a Beatriz, que sostenía el cielo de madre y padre, con pañales, purés y soledad. Beatriz adivinó que algo le ocurría a su Dios y le hizo mimitos para sonsacarle. Heracles tenía una deuda tremenda con un socio con el que años atrás había montado una clínica que se vino abajo en 2011, que con la crisis la gente ya no se recomponía los huesos. Beatriz sintió a Heracles girando debajo de la palma de su mano, le dijo que ella podía ayudarle a solventar esa deuda. Heracles se sintió tan agradecido ante la bondad de Beatriz, que prometió casarse con ella, que era el amor de su vida, que estaba tan agradecido a las constelaciones por haberla conocido a Ella, precisamente a Ella. El cielo que esperamos está allá, subiendo la calle, enséñame el camino. En efecto, sólo tenía que subir un poco la calle para llegar al banco, con la firma autorizada de ella y sacar los cincuenta mil euros que necesitaba. Vaticinio. La memoria fue eficaz y Beatriz soltó la mano de sus padres y le dijo a Heracles que ella misma iría por el dinero; él sólo tendría que aguardar allí, en casa, su casa, sosteniendo el cielo.
Beatriz se vistió despacio, con brazos libres, se dirigió a la sucursal y salió discreta del banco, con los oídos colmados (yo me encargaré de tu mundo, yo me encargaré de tu mundo, yo me encargaré de tus dolores también) y los espejos inclinándose ante ella para mostrarle su lado más bello. Subió las escaleras hasta el tercero, la que había sido su casa y ahora también de Heracles. Él la recibió de rodillas y le besó las ingles con agradecimientos caninos. Ella se sintió la dueña de su destino. Él le pidió que se vistiera de blanco, que él iba a pagar la deuda en diez minutos. Aquella noche cenarían en el chino favorito de Beatriz. Vuelvo enseguida cariño, que ahora seré yo quien dirija tu mundo.
Beatriz se bañó sin prisas. Se quedó desnuda encima de la colcha y se miró las manos vacías y los hombros hinchados. Sabía que Heracles no iba a volver. Comprobó su huida con una llamada. El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Se puso un camisón, y les gritó con cariño a los padres: ¿qué van a cenar mis papis???? Su mamá, cómplice, cogió las manos de Beatriz, y la miró con pena. Beatriz le respondió fugaz: ¿qué te pasa mi niña? Sabes que yo voy a estar aquí siempre, sosteniéndote el cielo hasta que lo pises tú sola, mi vida.
 
 
 
 
                            

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